
Periodista y Psicóloga.
Chile se volvió un país amnésico. Su memoria ha caído en la categoría peso pluma y ello no sólo obedece a las fallas en el recuerdo de sus ciudadanos. El entorno ayuda bastante a esa desmemoria. Los medios de comunicación tradicionales, los líderes políticos, los poderes fácticos, son quienes aportan en forma decisiva, sin duda, a incubar un alzheimer social masivo (guardando el debido respeto hacia esa enfermedad).
No es un fenómeno nuevo en la historia de la humanidad. Los países repiten sucesivamente sus errores porque olvidan más rápidamente de lo imaginable los costos de aquéllos. Guerras, hambrunas, masacres, invasiones, genocidios, se reiteran con inusitada y terrorífica rapidez ante los ojos incrédulos de los habitantes de nuestro planeta.
El mundo pareció olvidar a mediados del siglo XX el horror de dos cruentas guerras mundiales y siguió provocando o siendo testigo –según el punto de vista del que se mire- de numerosos nuevos conflictos bélicos. Después del horror que provocaron Hiroshima y Nagasaki, se perpetuó una escalada nuclear por parte de las naciones que dominan el globo, la que nos tiene a 8 mil millones de personas en ascuas. Un pueblo que vivió en sangre propia el genocidio lo repite menos de 100 años después contra una nación hermana en el Medio Oriente. Naciones que vivieron la vergüenza del nazismo y otros fanatismos similares, los promueven y alientan con desvergüenza. Y sus ciudadanos refrendan con sus votos la llegada de nuevos líderes de ese mismo brutal signo.
Latinoamérica, que vivió décadas florecientes de progresismo, respeto a la diversidad y ansias de cambios, ha elegido -durante el siglo que siguió a los Vietnam y los derrocamientos de las democracias por parte del Tío Sam, a líderes tan oscuros y peligrosos como Trump, Bolsonaro, Milei, por nombrar a los icónicos ejemplos de la amnesia reinante. Nuestro país quedó un tris de hacer su vergonzoso aporte cuando casi eligió a Kast.
La desmemoria chilena nos ha hecho borrar 17 años de una sangrienta dictadura y sus centenares de secuelas a partir del descarnado modelo económico que impuso a punta de fusiles, bandos militares y leyes espúreas. Allí están las privatizaciones de la salud, la educación y la previsión, entre las peores secuelas, que pasaron miles de millones de dólares a las arcas de los nuevos “capitalistas populares”, dejando a nuestro país virtualmente sin clase media, abandonada a su suerte. Solo quedó una ínfima clase alta, que se hace dueña cada año de un altísimo porcentaje del dinero chileno, y una extrema pobreza salvada de la muerte a punta de precarios subsidios estatales.
Así se vive en el Chile de hoy. Pero como la amnesia parece ser parte de la patología que contagio a nuestra república, nadie parece acordarse de los antiguos tiempos en los cuales se estudiaba gratis –siendo la educación el legado que se dejaba a los hijos-; se podía acceder a una vivienda digna; se podía trabajar en la industria nacional; se accedía a una jubilación decente, por nombrar solo algunos de nuestros antiguos derechos.
Hoy se vive la dictadura del dinero y de la ideología que ésta ha impuesto. No es gratuito que quienes más se enriquecieron durante la pandemia del Covid fueran aquellos que ya .lo tenían todo y que pudieron profitar a destajo de las limitaciones sanitarias que impuso esa enfermedad. Si alguien pudo mantener sus negocios abiertos fue el retail, que vendió todo lo que a los pequeños comerciantes de barrio se les prohibió, y que multiplicó sus ventas en forma geométrica a través de Internet. Así pudimos ver, por ejemplo, como los fabricantes de mascarillas hicieron fortunas y los artistas se arruinaron.
Esos tiempos negros del Covid solo agudizaron una brecha que ya conocíamos y contra la cual la ciudadanía, hastiada de tanta injusticia e inequidad, se había lanzado a denunciar en octubre de 2019.
Cuando los poderes facticos vislumbraron que en esa batalla podía estar en juego la columna que sostiene el sistema -la Constitución-, arremetieron con todo. Y comenzó una brutal campaña comunicacional, que hizo recordar la descarada intervención norteamericana para detener la elección de Salvador Allende en 1970.
Y todo ímpetu de cambio quedó en el olvido. Los chilenos fueron convencidos que recordar y querer tiempos mejores no era lo suyo. Que la Constitución de Pinochet, con las reformas de Lagos, era lo más a lo que podían aspirar. Lo otro era “octubrismo”, “estallido delincuencial”, “infantilismo de izquierda.
Luego siguió la arremetida contra el nuevo Gobierno de Boric. El presidente electo había sido impulsor del cambio constitucional y eso lo debía pagar caro. Desde el primer momento a su mandato se le quitó el oxígeno a punta de mentiras, descalificaciones, chantajes, todo bien adobado por un parlamento opositor, una prensa afín y un poder económico imbatible.
Los poderosos
Ya no están los tiempos para un David que vence a Goliat. La amnesia caló hondo y Goliat convenció a David que no hay tiempos mejores en el pasado. Que solo resta unirse al bando vencedor porque este es el poseedor de la verdad. Que es una “oportunidad” trabajar 11 horas diarias en un mall, que solo los poderosos tienen la facultad de ofrecer fuentes de trabajo y permitir el ascenso social de los desposeídos. Que estar en una Isapre es mejor que estar en Fonasa y que hay que entender que lo que les cobraron de más solo lo pueden devolver en 13 años en cómodas cuotas mensuales de $500 porque, sino corren en riesgo de “quebrar”…. Que si tu jubilación es de $200.000 es porque las AFP tienen tu plata a resguardo y la están haciendo trabajar para ti. Que si la banca te ofrece plata prestada es para ayudarte, no para obtener una rentabilidad astronómica que tu ni siquiera logras imaginar.
En los tiempos de Goliat, no te dan respuesta cuando te preguntas porque ya no puedes comprar una casa debido a las exigencias millonarias que te ponen. Ni por que no puedes tener hijos porque “el kilo de guagua” está muy caro, como se ha hecho común escuchar a los jóvenes que han desechado traer niños a este mundo porque la plata no les alcanza.
El sistema económico imperante no solo no te deja recordar. Tampoco te deja pensar. Te quiere ocupado y para ello inventa distractivos como las redes sociales que marcan tu pauta informativa cada hora del día con miles de noticias falsas; te ofrece shows vacíos como los realities, en lugar de programas culturales que nutran las neuronas; te convence que eres un “creador de contenidos”, cuando eres una simple y vulgar herramienta al servicio de sus negocios.
Vivimos un sistema que te repite hasta el cansancio que no surges porque “eres flojo”, sin considerar que te gastas al menos 4 horas en ir y volver de tu trabajo y que en la época navideña debes trabajar hasta las 9 y media de la noche para hacer más rico a los dueños del retail. Un sistema en que te convencen que la “responsabilidad social empresarial” busca ayudar a las pyme dándoles espacios en los malls cuando sólo se reduce a arrendarles, a precios millonarios, el metro cuadrado en una feria ambulante. Esos “gestos” también les sirven a los poderosos para poner 4 líneas en sus memorias anuales respecto de su “significativo apoyo a los emprendedores”.
Quizás nos pusimos amnésicos porque no queremos recordar que perdimos la guerra, como en otros momentos de la historia de la humanidad lo hicieron otros ilusos y soñadores. Perdimos todas las últimas batallas. No ganaron los buenos, como en las películas gringas. Ganaron los malos, que se adueñaron de nuestros sueños, de nuestras ilusiones, de nuestros recuerdos, de nuestro futuro.
Quizás por ello se repiten los errores que llevan a tragedias en la historia de la humanidad. Pareciera ser tan duro verte como perdedor que prefieres aliarte al ganador, convertirte en un “converso”, olvidar tus valores y combatir a los descreídos porque ellos te pueden hacer recordar tu pasado y tus quimeras…




