Camino al ecosocialismo: ¡por un chile que cuida y florece!

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Chile arde en silencio. No por falta de fuego, sino por exceso de indiferencia. Las lluvias se desvanecen, los glaciares retroceden sin testigos, y los suelos se agrietan bajo el peso de un modelo que consume sin saber cuidar. La triple crisis socioambiental no es una amenaza futura: es el presente que se deshace ante nuestros ojos. Cambio climático, pérdida de biodiversidad y contaminación no son eventos aislados: se entrelazan, se intensifican, nos hieren.

Chile no es la excepción, nuestro país figura entre los más vulnerables al cambio climático, ha perdido el 70% de su biodiversidad en los últimos 50 años y ostenta tristes récords de contaminación atmosférica. Estas crisis no solo degradan el entorno, golpean con mayor crudeza a quienes viven sin acceso al agua potable, en zonas contaminadas y degradadas, en lugares despojados de alegría, sin áreas verdes, sin acceso a la naturaleza. La injusticia ambiental es también injusticia social, pues mientras unos concentran ganancias, otros cargan con las pérdidas.

La triple crisis no es un tecnicismo más: es el calor que no da tregua, el agua que no alcanza, el aire que enferma. Es la angustia de quienes habitan zonas de sacrificio, de quienes ven crecer a sus hijos sin sombra, sin promesas. Es el dolor de ver cómo se deshilachan los tejidos sociales, de sentir cómo se multiplican las desigualdades. Es la herida abierta de un sistema que mercantiliza el territorio y normaliza el despojo.

Sin embargo aquí seguimos, porque hay algo que resiste en la memoria de los pueblos, en la dignidad de quienes cuidan, en la ternura de quienes siembran. Hay una fuerza que no ha permitido ser domesticada por el mercado, ni por la indiferencia. Una fuerza que sabe que cuidar no es debilidad, sino valor, y florecer, un derecho.

La naturaleza no nos pertenece. No está para servirnos ni para ser medida en cifras o dinero. Tiene sus procesos y ciclos que le son propios y necesarios para su existencia y regeneración, los cuales deben ser respetados y preservados y que son una condición necesaria para nuestra propia existencia y la de las futuras generaciones. Romper sus equilibrios es rompernos. Ignorarlos es condenar el presente y traicionar el futuro de quienes aún no han nacido.

No podemos seguir acelerando hacia el abismo. No podemos seguir creyendo que la tecnología nos salvará si no hay ética que la guíe, ni comunidad que la sostenga. No podemos delegar en algoritmos lo que puede decidirse en plazas, asambleas, encuentros. Chile necesita romper su ritmo frenético. Volver a escuchar. Reconectarse, no con redes digitales, sino con el calor humano y el pulso del territorio. Mirar el país como hogar, no como recurso. Mirar al otro como compañero, no como competidor.

Este camino es sinuoso, pues precisa gallardía política sensibilidad institucional y una profunda convicción ética. Requiere entusiasmo para disoñar un Chile nuevo: diseñar sueños con manos colectivas, imaginación crítica y ternura estratégica. Disoñar es más que imaginar: es construir con afecto y razón lo que aún no existe, sembrar futuro en medio del presente que duele.

Y en ese proceso, florecer también es aprender. Aprender con otros, desde el territorio, desde la experiencia, desde la memoria. Es el gozo sinérgico de descubrir juntos, de transformar el conocimiento en vínculo, de encarnar el verbo, de construir comunidad. Aprender no es acumular datos: es regenerar sentidos, compartir saberes, cultivar conciencia. Cuando el aprendizaje se vuelve colectivo, se vuelve fértil. Se vuelve florecimiento.

Florecer es una decisión compartida. Cuidar lo que aún vive, sanar lo herido, romper la indiferencia y disoñar el futuro común. Florecer es justicia con raíces, dignidad con colores, futuro con resiliencia. Es el lenguaje de los territorios que resisten, de las comunidades que sueñan, de los pueblos que no se rinden.

Hay señales. Hay brotes. Hay manos que construyen, que organizan, que sueñan. Hay territorios que enseñan, que resisten, que proponen. Hay un país que, a pesar de todo, sigue creyendo que vivir mejor es posible.

Porque cuando Chile cuida, Chile florece. Y cuando florece, nos recuerda que la esperanza no es espera: Es práctica viva, ética compartida, decisión tejida en comunidad. Es la alegría de aprender juntos.