
Periodista y editora internacional.
La victoria electoral de Rodrigo Paz Quiroga pone fin a más de dos décadas de hegemonía del Movimiento al Socialismo (MAS), marcando el ocaso de un ciclo político definido por el indigenismo, el estatismo económico y una narrativa decolonial que, con el tiempo, devino en clientelar. Es una mutación en el ADN político del país: el desplazamiento del eje ideológico hacia una gestión técnica y pragmática del Estado.
La base del triunfo de Paz fue la capitalización de un voto de protesta que no se definía por un antiestatismo radical ni por un rechazo a las reivindicaciones indígenas, sino por un profundo hartazgo con el MAS y sus figuras políticas sindicadas como responsables de la crisis económica más profunda en 20 años.
Este descontento es hacia la corrupción institucionalizada, una economía extractivista e informal, y la cooptación de los símbolos de lucha social por redes de poder y favores.
El «milagro económico» boliviano, sustentado en el boom de los commodities, se agotó ante crisis externas y una pésima gestión interna. El gobierno de Luis Arce heredó esta debacle y la profundizó al agotar las reservas internacionales en un agonizante sistema de subsidios, lo que generó una inflación del 23% y una escasez crónica de dólares y combustibles. El ciudadano, atrapado en interminables filas para gasolina, votó por un cambio.
Paz, un economista de formación neoliberal pero con sensibilidad social, supo interpretar este malestar. Su campaña no fue una concesión al populismo, sino una estrategia de desintermediación mediática. Al aliarse con figuras heterodoxas como el expolicía e influencer Edman “El Capi” Lara, logró sortear el cerco informativo de los grandes poderes fácticos y conectar directamente con un electorado desencantado con la política tradicional.
Su propuesta de un «capitalismo para todos» no es una definición ideológica rígida, sino una oferta pragmática: formalizar la economía, recortar la burocracia, atraer inversión privada y mantener subsidios sólo donde sean estrictamente necesarios.
Del Estado-Nación al Estado-Empresa
La figura de Paz encarna una tercera vía que desborda las categorías tradicionales de izquierda y derecha.
Heredero de un linaje político familiar que incluye al expresidente Jaime Paz Zamora y al artífice del voto universal Víctor Paz Estenssoro, pero también del guerrillero Néstor Paz, su biografía es un mosaico de tradiciones. Esta complejidad le permite proponer un proyecto que no se define por lo que es, sino por lo que ofrece: una alternativa.
La dimensión más revolucionaria de su proyecto, sin embargo, es geopolítica. Su declaración de reactivar bajo el concepto de “normalizar” las relaciones con Chile desarticula el relato fundacional del Estado boliviano moderno: la victimización ante organismos multilaterales por la pérdida del litoral.
La frase «la historia no da de comer» sintetiza esta epifanía pragmática. Paz traslada la disputa marítima del terreno jurídico —aceptando los fallos de La Haya como un asunto zanjado— al terreno económico. Al externalizar la derrota al pasado, desarma al «enemigo» histórico y proyecta la integración comercial como la victoria del futuro. Su objetivo es claro: adherir al APEC, insertar a Bolivia en las cadenas de valor del Pacífico y convertirla en un hub logístico entre el corredor bioceánico y el mercado asiático.
Esta reorientación geoeconómica implica una simbiosis estratégica con Chile: Gabriel Boric, y quien le suceda a partir de marzo 2026, enfrentado a crisis domésticas propias, puede encontrar en Paz un socio estable que le garantice seguridad fronteriza y acceso al gas boliviano; Bolivia obtendría soberanía económica a través de los puertos chilenos.
Polémicas como la de los «autos chutos» -vehículos adquiridos legalmente en la Zofri o robados en Chile y que son ingresados sin papeles a Bolivia por pasos irregulares- son un síntoma de esta transición: Paz no propone legitimar el delito, sino identificar, regular y gravar una economía informal preexistente, en un acto de «captura de Estado» inverso donde Bolivia extrae valor de una ilegalidad que Chile no puede controlar, pero ese no es problema de ellos.
Gobernar sin naufragar
El mandato de Paz se desarrollará en un terreno complejo. Si bien su partido tendrá la bancada más grande en el parlamento, no alcanzará la mayoría, lo que lo obligará a una constante negociación con la oposición de Jorge Quiroga. Su promesa de no buscar la reelección es un gesto de confianza, pero también una limitación de su poder de coerción interna.
El riesgo principal no es la traición a la Patria, como clamarán sus detractores, sino la traición a la promesa. Si el «capitalismo para todos» no logra traducirse en una reducción tangible de las desigualdades y en una mejora de las condiciones de vida, Bolivia podría experimentar un regreso al MAS o, algo peor, caer en un neopopulismo tecnocrático que solo se limite a administrar la pobreza. La sombra de Evo Morales, refugiado en el Trópico de Cochabamba y listo para dar «batalla en las calles», es una amenaza latente que puede materializarse ante cualquier crisis social.
Rodrigo Paz es el síntoma de una mutación posneoliberal en América Latina, donde los viejos paradigmas se agotan. Su presidencia será el laboratorio de un Estado que abandona la comodidad del trauma histórico para embarcarse en la incertidumbre de la competitividad global.
El mapa de poder andino se redibuja: Chile ya no es el enemigo, sino el socio obligado; Brasil ya no es el hermano mayor, sino un competidor; y el mar perdido se convierte en la metáfora de un futuro que Bolivia debe construir no reclamando lo que perdió, sino innovando con lo que tiene. El éxito o fracaso de esta audaz apuesta definirá el destino del país para las próximas décadas y, por supuesto, el nuestro.





