El difícil posicionamiento de América Latina ante el conflicto en el Medio Oriente

Foto: Cyntia Otey (Canva)

 

Las respuestas oficiales de Latinoamérica ante los actuales ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán han sido variadas.  Ya en la guerra de los 12 días, en 2025, cuando se dio un ataque similar se habían dado al menos cinco posicionamientos: a) los llamados a la diplomacia de México, Guatemala, Colombia, Perú y Uruguay; b) los apoyos a Irán de parte de Cuba, Nicaragua y Venezuela;  c) los apoyos a Israel de Argentina y Paraguay; d) las expresiones de condena a la acción estadounidense de parte de Brasil y Bolivia, y; e) un grupo de países con posiciones poco claras: Honduras, El Salvador, Costa Rica, Panamá y Ecuador. 

En la actualidad, los alineamientos son relativamente similares, aunque existen sutiles diferencias. En general se nota una suavización de los posicionamientos más críticos a Estados Unidos e Israel. Seguramente debido al delicado panorama de las relaciones interamericanas. El nuevo imperialismo americano, más preocupado por dominar que por convencer, desalienta el uso de tonos más combativos de parte del Sur. El secuestro del presidente Maduro y su esposa dejó claro que en el hemisferio occidental el uso de la fuerza por parte de Estados Unidos es una posibilidad real que no hay que menospreciar. 

Dicha dinámica está en el trasfondo de las reacciones al ataque.  México expresó su “profunda preocupación” por los acontecimientos e instó a privilegiar la vía diplomática. No habló de ataques, ni de Estados Unidos, ni de Israel. En el caso de Cuba, el lenguaje ha sido menos combativo en 2026 que en 2025. No hablan de que “Estados Unidos e Israel tendrán que responder por las consecuencias de una guerra injustificada contra Irán”, como en 2025, ni declara su solidaridad con “el pueblo y el gobierno de Irán”. Estos nuevos textos están enraizados en la extrema vulnerabilidad de Cuba ante el bloqueo de suministro de petróleo, y la delicada cautela de México ante las presiones de Trump por el combate al crimen organizado. 

El gran apoyo a Estados Unidos e Israel provino de la Argentina de Milei, con un discurso triunfalista que “valora y apoya las acciones conjuntas realizadas por los Estados Unidos e Israel destinadas a neutralizar la amenaza que el régimen de la República Islámica de Irán representa para la estabilidad internacional”.  Paraguay lo sigue de manera mucho menos estridente con una escueta declaración que condenó los ataques de Irán a los países del Golfo, sin tan siquiera mencionar los ataques de Estados Unidos e Israel a Irán. Una declaración probablemente muy motivada también por el interés del gobierno de Santiago Peña de mantener vigente su reciente acuerdo con los Emiratos Árabes Unidos. 

En este panorama sobreviven posiciones más ecuánimes, como las declaraciones de Uruguay y Chile. El primero expresó preocupación por los ataques de EE. UU. e Israel, y de Irán a los países del golfo, llamando al respeto al derecho internacional. Lo mismo hizo el Gobierno saliente de Gabriel Boric, aunque en este caso queda pendiente ver cuáles serán los posicionamientos del gobierno entrante de Kast. 

Ha sido Brasil el que se ha referido a los ataques de Estados Unidos e Israel, sin mencionar las respuestas de Irán.  Seguramente porque, a diferencia de otros países latinoamericanos, el mismo enfrenta un doble desafío adicional. Debe presentarse  como una voz relevante dentro de la región y, al mismo tiempo, posicionarse como un actor destacado del Sur Global. Recordemos que Irán es miembro del BRICS, conjuntamente con China y Rusia. Además, China es el primer socio comercial de Brasil y ha condenado la violación de la soberanía iraní y el peligroso pisoteo del derecho internacional y la Carta de la ONU, por parte de EE. UU. e Israel. 

El camino arriba mencionado no es fácil de transitar para el gigante sudamericano. El Sur Global no es un bloque homogéneo ni armónico. Es un grupo de países que comparten una historia común en cuanto a su conflicto con el colonialismo de poderes europeos y americano en siglos pasados, pero se diferencia claramente en otros planos, sea este el cultural, político o social. Brasil es la mayor democracia de América Latina, con años de una gobernanza basada en el respeto a los derechos humanos, la igualdad de género y la inclusión social. Estas son cuestiones sustantivas que lo diferencian de Irán, con un régimen teocrático y autoritario; patriarcal a ultranza. 

Si hay un ámbito en el que esas contradicciones se manifiestan es en el Consejo de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas, donde con frecuencia Brasil y los estados miembros latinoamericanos han apoyado la necesidad de informes sobre la situación de los derechos humanos en Irán. Brasil no ha sido tan enfático en sus condenas, optando por la abstención en ocasiones, si se lo compara con las posiciones más críticas de países como Chile, Uruguay y la mayoría de las veces México.  Sin embargo, tampoco ha tenido una postura de apoyo acrítico a Irán como si la han tenido Nicaragua, Venezuela y Cuba, hasta hoy. 

Los posicionamientos oficiales latinoamericanos están, sin duda, condicionados por la nueva dinámica geopolítica en la región. Una en que Estados Unidos se presenta como potencia militar indiscutible y se comporta de manera impredecible y unilateral. Oponerse de manera explícita a sus designios puede ser peligroso y ruin para los intereses nacionales de los países, en un contexto de fragmentación. De ahí la prudencia de muchos.

Si se busca un reagruparse, en todo caso es el momento de enfatizar mensajes dignos, que conciten el apoyo de una mayoría significativa de países de la región. Hora de renovar los mensajes que posicionan a la región como zona de paz, signataria del Tratado de Tlatelolco de no proliferación nuclear. Subrayar lo que la región puede compartir de su experiencia de liberalización y transición a la democracia en las décadas de los 80 y 90, y que, a pesar de los múltiples retrocesos, sigue resiliente. Una región que aspira a reducir la pobreza y la desigualdad y que defiende los derechos en la mayoría de los casos. Una región con países intermedios y pequeños que tienen mucho más que ganar en un orden internacional basado en reglas y donde se puedan debatir las propuestas en un foro multilateral.