
por María Eugenia Lorenzini, Escritora y editora
El miedo me abrió las puertas de la universidad. El miedo al hacer la fila ante el militar que con traje de campaña y metralleta en mano nos iba pidiendo el carnet de identidad para entrar a nuestra escuela. El miedo ante los paneles que, junto a la reja, publicaban los nombres de los suspendidos o expulsados. El miedo a que entraran de pronto a la sala y que se hiciera el silencio ante la voz de mando que preguntaba por un nombre, tu nombre, y sentirse indefenso. Y la pena grande al comprobar que cada vez llegaban menos compañeros. Ya los profesores no eran los mismos, las caras en las oficinas no eran las mismas. Nada era lo mismo, solo el miedo y la sensación de desamparo al escuchar que incansablemente habían buscado a tal o cual, pero no aparecía. Y los rumores y las noticias de enfrentamientos que nunca ocurrieron en esos días.
Las noches eran tibias y los días soleados; todo parecía seguir igual, pero nada era igual. Cada uno se había puesto su propia mordaza y tenía guardado un pañuelo blanco, grande, que flameara en la oscuridad si una urgencia lo obligaba a salir con toque de queda. No fuera a ser cosa que por ir al hospital a parir un hijo te dieran un balazo por la espalda si no escuchabas la voz de “alto”. Y las madres y los padres, y los hijos y los abuelos, y los maridos y las esposas de muchos ya no tenían uñas de tanto rasguñar puertas, pedir, suplicar.
“Pero dónde se lo llevaron…”. “Yo estaba con él cuando lo detuvieron…”. “Pero cómo me dice que no. ¡Lo vi con mis propios ojos!”. “Ya fui a carabineros… también fui a ese ministerio, ya fui a todas esas partes, señor”.
Todos golpeándose la cabeza contra el muro de la indefensión. Y en medio de esa oscuridad, un grupo de hombres y mujeres valerosos dejó de lado sus miedos para buscar la verdad y luchar contra molinos de viento que, en vez de aspas, hacían girar sus fusiles para aplastar cualquier intento de oposición. Y los que no habían sido escuchados encontraron una voz que hablara con ellos y por ellos. Y a los que no les quedaban uñas se les abrieron puertas para, al menos, no estar tan solos y tener un rayito de esperanza.
Una casona antigua, cual fortaleza
Y una casona antigua se erigió cual fortaleza: sus galerías en muros de contención, sus piezas en refugio, y los que trabajaban allí les prestaron ayuda, buscaron con ellos, interpusieron recursos legales, levantaron la voz, lograron que se oyera a los silenciados, sacaron a la luz hechos atroces ocultos bajo un manto de impunidad. Sus denuncias contribuyeron a que se condenara la dictadura en el extranjero y a que se visibilizara lo que estaba ocurriendo en nuestro país.
¡Gracias!, a la Vicaría de la Solidaridad, al Cardenal Raúl Silva Henríquez (Q.E.P.D.) y a todos los que trabajaron en ella arriesgando su vida por salvar a tantos, por permitir que muchos de los hechos ocurridos en Chile no quedaran impunes. Cómo olvidar que, tras la vuelta a la democracia, sus archivos y documentos han sido clave en los juicios contra los violadores de derechos humanos durante la dictadura de Pinochet.
Su legado sigue y seguirá vigente como símbolo de resistencia y defensa de la dignidad en Chile¡Gracias! ¡Gracias! ¡Gracias!
María Eugenia Lorenzini
Este testimonio integra el especial Voces que Recuerdan, de la Fundación de Documentación y Archivo de la Vicaría de la Solidaridad (Funvisol). Su reproducción en medios requiere citar la fuente y enlazar a:
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Cuidemos la memoria entre todos.





