Ya pasamos los tres meses de encierro en muchos lugares de Chile y nada parece presagiar que nos darán la excarcelación pronto. Ni siquiera la libertad condicional. Estamos en medio de la tormenta y el barco da vueltas y vueltas en el remolino. Todos queremos que no se hunda, pero nadie puede asegurarlo. Somos la ola retrasada de la humanidad.

En Chile replicamos lo que hace 3 meses vimos con horror en Italia o España y no supimos enmendar el rumbo. Supimos es mucha gente. Quienes dirigen la nave no fueron capaces de sacar lecciones de esa primera oleada infecciosa. Todo quedo escrito y dicho en imágenes tremendas y aquí, las autoridades no supieron enmendar el rumbo. Hicieron lo mismo que países que actuaron sin experiencia previa, sin ejemplos aleccionadores. Lo peor: en nuestro país creyeron que éramos un país del primer mundo y actuaron de acuerdo a ello.

No lo éramos y hoy lloramos sobre la lecha derramada. Lo dramático es que esa leche son casi 8.000 personas muertas en el más completo desamparo y enterradas en la más descarnada soledad.

Hoy solo nos queda la resiliencia. Que la tenemos se ha mostrado muchas veces a lo largo de nuestra historia. Hemos sido capaces de sobrevivir y renacer después que brutales cataclismos con que nos ha sorprendido la naturaleza. Incluso tenemos records históricos, como el sismo más grande de la historia, en 1960.

Pero hoy es distinto. Porque la resiliencia no es solo una fuerza individual, donde uno resguarda una parte de la existencia y no permite que nada la dañe, para sobrevivir, para  cuando pase la amenaza ser capaz de volver a pararse. Las resiliencia es también una fuerza social, comunitaria, institucional, que nutre a la resiliencia individual y, a su vez, se nutre de ésta.

Como señala la psicóloga española Candela Molina, “la resiliencia también implica a grupos, familias, la comunidad y las instituciones como parte de la solución y la puesta en marcha de recursos para afrontar las situaciones críticas. Pero para que ello ocurra, se requieren ciertas condiciones. En palabras de la misma profesional, “una sociedad es resilientecuando se mantiene unida, cooperando todos para el bien común, cuando se respeta mutuamente y se cohesiona y solidariza. Además, también cuando hay confianza en el liderazgo político”.

A ser…

Y en nuestro país hay valores que fueron dados de baja por el modelo imperante. Como el bien común, la cooperación, el respeto, la solidaridad. Aquí se instaló el “ráscate con tus propias uñas”, el “¿cómo voy ahí?”, el “no estoy ni ahí”, entre muchas otras filosofías de vida, por darles un calificativo.  

Y desde luego, lo que no alcanzo a instalarse antes del 18 de octubre y hoy brilla por su ausencia, es la confianza en el liderazgo político. Hace 8 meses, aquella se empezó a derrumbar como un “castillo de naipes” y, a pesar de la supuesta campana salvadora que parec brindar al Gobierno el arribo del Covid 19, la desconfianza explotó cual bomba de racimo a partir del pésimo manejo de la pandemia. Y sobre todo, por la ausencia absoluta de autocrítica frente a los errores. Se mintió, se falseó, se escondió, se disfrazó, se enmascaró sin pudor. Hasta el límite de la burla.

Y hoy nos encontramos en un  difícil pié porque una de las principales herramientas para sobrellevar una crisis de la magnitud de la que estamos viviendo –la resiliencia- está coja. Solo tenemos nuestra propia fuerza emocional y psicológica para salir airosos de esta negra noche. Nadie nos acompaña. Nadie nos escucha. Nadie nos apaña desde las instituciones.

Es quizás, entonces, la hora de volver a lo que fuimos y nos arrebató el modelo. A ser comuna, a ser barrio, a ser vecino, a ser familia chilena, a ser olla común, a ser hogar para el foráneo. En suma, a ser fuertes, bravos y dignos. Y saber elegir mejor a nuestros gobernantes.