
Economista, Instituto Igualdad
Un incierto momento histórico vive la humanidad. La amenaza de una tercera guerra mundial ronda no solo en la imaginación de los pueblos, la vemos cercana y real en el medio oriente y en el norte de Europa.
Los países de Europa se preparan para una eventual guerra con Rusia, imponiendo EEUU a la OTAN el 5% del PIB en gasto militar a los países que la integran. Ello, ligado a la industria militar, que supuestamente evitaría en el mediano plazo la caída de la capacidad exportadora y competitiva de EEUU frente a China.
Una de las crisis del capitalismo que ha venido encubriéndose se refleja ahora con más nitidez en la economía de Estados Unidos. La deuda total de ese país superó al PIB, situándose sobre el 122%, y su balance comercial registra un déficit mensual de 73.000 millones de dólares en bienes y servicios, proceso que se ha visto fuertemente afectado por el avance de China, país que se coloca cerca del liderazgo en la economía mundial. Adicionalmente, los efectos de la gobernanza del país del norte han permitido que la carga tributaria sea insuficiente para sostener el gasto creciente de ese país y ello ha contribuido al crecimiento del endeudamiento al aumentar el déficit fiscal.
La arrogancia con que vemos el manejo de la economía por el actual presidente de EEUU, lo hace aparecer como si aplicar aranceles a las importaciones fuera la mejor solución, sea negociada o imponiéndola. Un 12,5% de aumento de los aranceles, en una decena de países, pudiera verlo Trump como una recaudación que en algo sirve para compensar la rebaja que se origina por la reducción de los impuestos corporativos; no obstante, lo que los datos muestran es que no sirve para enfrentar el incremento de la deuda. La recaudación por impuestos corporativos en 2025 fue de 442.000 millones de dólares, mientras que en ese mismo año por aranceles y derechos aduaneros fue de 195.000 millones de dólares; luego, el impacto del alza de aranceles, considerando estas variables, sería más bien negativo.
Aplicar aranceles a todo lo que entra a un país afecta no solo al poder adquisitivo de los consumidores por los mayores precios de los productos finales, sino que la inflación puede inyectarse también a través de los costos de los bienes intermedios, las materias primas o los insumos importados a los que se les aplica aranceles.
La competencia se hará más difícil para la economía de EEUU. Los aranceles no se pueden aplicar sin apreciar cómo afectarán a las industrias que compiten con éxito en los mercados, locales e internacionales, especialmente si se quiere superar o eliminar a los competidores extranjeros.
La hegemonía capitalista de EEUU era de un 40% del PIB mundial a finales del siglo XIX; posterior a la Segunda Guerra fue de un 50% y hoy es sólo de un 15%. Para Trump eso pareciera reversible, pero con esas cifras el siglo XXI más bien muestra una tendencia a que las grandes potencias económicas han emparejado su dominio y hace aparecer a China como un implacable competidor, aunque la amenaza de que continúe la crisis del capitalismo en su versión actual del dominio de oligarquías políticas no democráticas o tecnofascistas siga presente.
La desdolarización de la economía mundial es una de las consecuencias de la aparición de China en la disputa por los mercados del mundo. Ello, dada las deudas en dólares que mantienen las economías, especialmente de las potencias económicas, repercutirá directamente en EEUU que deberá enfrentar el pago de intereses con un dólar devaluado, lo que repercutirá en su capacidad de gestionar su deuda pública, que ha superado al PIB de ese país, al no poder mantener los déficits sin el riesgo de llegar a una crisis de su balanza de pagos o de devaluación.
Revertir tal proceso que ha llevado décadas no lo podrá conseguir Trump en lo que le resta de su gobierno. Tal vez, con ese pronóstico en su razonamiento, recurrir a una tercera guerra sea para mentes estrechas y enfermas una manera de cambiar el rumbo de la historia, claro, con el resultado de haber destruido civilizaciones enteras, lo poco de vida que queda del planeta con la desaparición y muerte de cientos de millones, sino miles de millones, de seres humanos. Habrá sido finalmente lo que logró conseguir la humanidad con la maldición del capitalismo salvaje, que pudo echar abajo toda racionalidad y las reglas universales básicas para intentar vivir en paz, con dignidad y en democracia.








