El dios de la ciudad

Justamente ayer conversaba con Aurélie sobre la necesidad de comprar un sillón nuevo. Extrañaba volver a mi lugar junto a la ventana, ese rincón donde la ciudad se muestra tan viva frente a mis ojos. Desde aquí veo a la señora que siempre llega dos minutos antes del bus exprés, a la chica del café que abre a las seis, y a los muchachos africanos que se juntan por las noches a esperar el llamado del delivery.

Hace dos meses me deshice del viejo. Era muy cómodo. Cuántas veces me quedé dormido observando a la gente correr bajo la lluvia torrencial o a los vecinos despejar la nieve de la vereda en la 34th Street, pero ya está todo desteñido. Lo dejé un jueves por la tarde en la vereda, como quien deja ir algo importante, pero que ya ha cumplido su parte en esta historia. En esta ciudad, los objetos caen a la calle para que alguien los recoja y sigan con su ciclo de vida urbano.

Para reemplazarlo, pensé en comprar uno nuevo en Ikea o tal vez uno usado en Craigslist, pero me contuve. En Nueva York no siempre hace falta gastar dinero para obtener un mueble. El dios de la ciudad provee.

Cuando llegué a este departamento —durante la pandemia— traía tan solo una mochila, mi cafetera de espresso y una maleta. El resto llegó como llegan las cosas en esta ciudad: sin anunciarse demasiado. Primero fue un sofá de cuatro cuerpos en forma de L, casi nuevo, que Pepe Grillo encontró en un departamento abandonado. Luego, en una oficina vacía, aparecieron un escritorio de vidrio y varias sillas para mi comedor. Cuando necesité un mueble para el televisor, apareció uno por error frente a mi puerta. Durante la pandemia, las veredas estaban llenas de televisores. Hasta pude regodearme y me quedé con un Smart TV. Y los libros… tantos libros en estas calles: Cheever, Hemingway, Orwell, Conrad. Ahora todos descansan en mi biblioteca, su nuevo hogar. Y nada de eso lo he comprado. Todo fue apareciendo a su tiempo, como si la ciudad supiera lo que me hacía falta.

Fue Marco Aurelio, en su libro Meditaciones  —libro que leí con desesperación durante la pandemia— quien me enseñó a pedirle al dios de la ciudad. Así que imaginé mi nuevo sillón, no tanto en detalle, sino en presencia y calidez. Algo que se acomodara a mi ventana como si siempre hubiera estado ahí. Un nido donde acurrucarme durante las tardes de invierno junto a mi café. Le pedí a Pepe Grillo que estuviera atento, y él me enviaba fotos de lo que encontraba en sus recorridos por Manhattan. Pero ninguno terminaba de convencerme. Pasaron las semanas y estuve a punto de comprar uno que, si bien no me convencía, estaba a un buen precio en Craigslist.

Ayer, saliendo de un restaurante japonés, le dije a Aurélie que ya era hora de comprar uno y le mostré el que había encontrado en el Marketplace.
—No lo compres —me dijo—. El tuyo ya va a llegar.

Y así fue.

Ayer, al salir de mi departamento camino al Trader Joe’s, lo vi ahí, justo al frente, cruzando la calle: un sillón verde esmeralda apoyado en la vereda, como esperándome. No pensé en el tráfico. Crucé la 34th Street esquivando los carros, con esa urgencia que uno tiene cuando reconoce lo que es suyo antes de tocarlo. Me senté para probar los resortes y sentir su tapizado. Era liviano, perfecto, exacto para el nuevo estilo de mi departamento. Encontrar este sillón es la prueba que el dios de la ciudad, ese ente urbano todopoderoso y omnipresente, aún me reconoce como uno de los suyos.

Ahora escribo esta crónica, sentado junto a mi ventana, mientras observo a la gente que camina bajo este sol tan agotado que congela. Pienso en que la ciudad habla, y si uno está atento y escucha, responde. Pienso en los días en que dormía donde podía, en los techos que nunca fueron míos, en los amigos y el amor que llegaron cuando los necesité. La ciudad me ha dado todo, ayer fue un sillón, mañana…, quién sabe.