El domingo 4 de julio fue un día histórico. Bello, emotivo, con el desgarro de los partos, con la certeza de los cambios gloriosos, con la incertidumbre de lo que viene después de los momentos que hacen historia, que dejan huella; con la alegría del triunfo incuestionable, con la tristeza por los que no alcanzaron a verlo; con la esperanza renacida, con la rabia hacia los que trataron de arruinar el momento, con la euforia de ver la vuelta de la tortilla, de estar viviendo el protagonismo de quienes siempre fueron ignorados, invisibilizados, ofendidos y menoscabados. De aquellos sin voz ni rostro, en un país donde, paradojalmente, son mayoría o dueños de la real historia de esta tierra larga y angosta.

Y, desde luego, también fue una jornada de indisimulado asco por parte de los vencidos. Ellos, la derecha derrotada ya desde el 18 de octubre de 2019, no pudieron esconder su desagrado, su ira, su desprecio frente a un mundo que se les presenta como desconocido y aterrador. Como lo dijera la propia primera dama en esos primeros días de la revuelta de octubre, una presencia de “alienígenas” malvados, dueños de las calles, tratado de llegar a sus barrios, los de Cecilia.

El arrinconarse, el atrincherarse, el cobijarse entre ellos –los 37- del supuesto horror que se les venía, fue lo que vimos en la derecha ese domingo 4 de julio. Todos ellos con rostros inundados de desagrado, marcados de odio, paralizados de desconcierto y desconocimiento.  Se veían como que los hubieran transportado a un lugar desconocido, hostil y temido. Y eternamente odiado. Allí estaban con indígenas chilenos, de distintas etnias, vestidos con sus ropajes ceremoniales. Allí estaban en medio de mujeres y hombres sin trajes a la moda, sencillos y con otros rituales de protocolo. Sin corbatas, sin aros de perla y trajes sastre. Un mundo donde las mujeres llevaban pañuelos verdes y morados al cuello, señalando a través de ellos que nunca más la historia se haría sin su presencia. Que nunca más las mujeres serían objetos decorativos si serían objeto de abusos. Allí estaban en medio hombres que hablaban en femenino y con personas que no estaban dispuestas a transar sus logros, y lo manifestaban a voz en cuello.

En medio de todos ellos, que habían sido quienes se habían ganado ese espacio con luchas en la calle y votos en las urnas y que ese domingo 4 seguían mostrando su fuerza imbatible, estaban estos 37 hombres y mujeres  que habían perdido todas las ultimas elecciones. Que, por milagro, habían logrado llegar a ese espacio de construcción constitucional: solo 37 de un total de 155. Se los veía indignados, acorralados, agresivos. Presos de una estrategia de mostrar “unidad”, votando solo por ellos mismos, sin ninguna disposición a hacer pactos o alianzas. Sin ninguna disposición a ceder o a entender el nuevo mundo que estaba instalándose en ese momento en el poder. Ese mundo que ya había nacido en octubre de 2019 y, de allí en adelante, solo había logrado confirmar su fuerza, sus convicciones, y su decisión de nunca más volver atrás. De nunca más volver a aceptar ser pisoteados.

Esa incapacidad de la derecha de entender que su momento había terminado, quedo plenamente en evidencia. Sus caras lo decían todo. Ese asco pegado como mueca. Eran incapaces de entender que sus privilegios estaban llegando a su fin. Que ese mundo creado por ellos desde que llegaron a apoderarse de este territorio del cual otros eran dueños, ya no existiría más. Ya no existía más desde el “basta” que fue incubándose lentamente, por décadas y siglos. Que fue creciendo como un vendaval en las almas y corazones de todos quieren fueron vapuleados y explotados toda su vida. Porque en ese mundo construido por ellos y para ellos, los vencedores de siempre –con excepciones que se pagaron trágicamente como el triunfo fugaz de la Unidad Popular en 1970- parecía ser eterno. Es lo que la derecha quería y creía a pies juntillas. Las concesiones podían darse –hacer un plebiscito en 1988- pero que nadie pensara que ello iba a cambiar el mundo o las reglas de juego. Y lucharon por mantener sus prebendas y privilegios, y siguieron explotando a diestra y siniestra, hasta que la cuerda se cortó. Cuánto lamentarán no haber entendido que un alza de pasajes de Metro iba a reventar la olla a presión…

Seres invisibles e indeseables

Y desde que todo explotó en pedazos, la derecha nunca más entendió nada. Y es por eso que hoy los vemos moverse en la Convención Constitucional como peces en tierra, ahogados, fuera del hábitat conocido, rodeados de seres que para ellos antes eran invisibles e indeseables.

La derecha está en schock. Sus huestes y sus cajas de resonancia también. Sus medios de comunicación tratan de hacerse escuchar pero ya nadie entiende o quiere escuchar ese lenguaje añejo, retrogrado, reaccionario  y en retirada en el mundo entero. El agua empezó a entrar. Deberían saberlo. Y es mejor abrir compuertas para que el agua tome su cauce, que mantenerlas cerradas a la fuerza y que el agua pase por encima de todos con la fuerza de una tromba. Si nunca les importó y no quisieron entenderlo, hoy es la hora. Porque, de otro modo, se corre el riesgo de que esa agua barra con todo. Como lo vimos ese 4 de julio chileno, donde en un par de horas muy tensas, vimos que todo podía sucumbir frente a la violencia irracional de algunos, fueran del signo que fueran, una violencia que muchas veces provoca y otras, reacciona a la provocación. O la instala.

Es de esperar que el asco surcando el rostro de la derecha de nuestro país se vaya atenuando. Es de esperar que sus representantes entiendan que hay que fluir con el río de la historia, que lo que ayer fue “normal” hoy es una aberración, que lo que ayer nadie se cuestionó, hoy es bandera de lucha de millones. Que movimientos como el “me too” de las mujeres abusadas, llegaron para quedarse. Que la homofobia no tiene cabida. Que la esclavitud terminó hace mucho y que hoy estamos en una lucha por derrotar las nuevas formas de esclavitud en cualquier ámbito. Que no solo los rubios de ojos azules saben leer y escribir y sacan doctorados en universidades extranjeras. Que ningún niño merece ser discriminado por ser de pueblos originarios o vivir en La Pintana. Que nadie vale más por lo que tiene que por lo que es. Que las preguntas “¿Qué haces?” o “¿Dónde estudiaste?” no tienen que nunca más marcar la vida de nadie.

En definitiva, que hoy sí que parece que este país dijo basta y echó a andar. Y que no debería haber fuerza posible de detener esa marcha.