
Periodista y Psicóloga.
Hay entre un 10% y un 20% de votantes del padrón electoral chileno que aún no han tomado su decisión de voto frente a las elecciones del 16 de noviembre, con excepciones significativas como en la Región de La Araucanía, donde la cifra ascendería al 50% según un análisis del diario la tercera. Es decir, entre 1 millón y medio y tres millones de personas si se considera que el padrón es de 15 millones y medio de votantes no han decidido su voto.
No es menor. Y es lo que hace que los candidatos que puntean en las encuestas tengan esperanzas de ser los ganadores al final del proceso. Incluso, quienes no llevan la delantera, como Evelyn Matthei, que jura a los cuatro vientos que ella será la próxima presidenta de chile, a pesar de estar más de 10 puntos por debajo de Jeanette Jara o de sus otros contendores.
Hay entre un millón y medio y tres millones de votos volando. Y los dueños de esos sufragios, como se sabe, toman su decisión, en los últimos cinco días antes de la elección. De modo que el resultado de la primera vuelta se decide entre el lunes 10 y el domingo 16 de noviembre.
Para conquistar esos votos hay una emoción básica a la que siempre se apela desde la derecha. Y como la candidata que gana las encuestas enfrenta a tres candidatos de ese signo, el miedo al que buscan apelar es el miedo al “comunismo”, mientras jara busca neutralizar esa potente emoción que mueve al ser humano y lo lleva, muchas veces, a tomar decisiones irracionales. Si no, baste pensar en los triunfos de Milei y Trump, por nombrar dos casos emblemáticos.
El miedo es una potente herramienta psicológica porque activa el sistema de alerta del cerebro, haciendo que las personas busquen seguridad, orden y control. Por ello, las ideologías de derecha ofrecen discursos centrados en esos valores: “restaurar el orden”, “proteger nuestras fronteras o tradiciones”, “defendernos de amenazas externas”, “evitar el caos social”.
El miedo a la inseguridad, al cambio, a la incertidumbre económica puede volver más atractivos los mensajes que prometen estabilidad y protección. Aunque esa “estabilidad” y “protección” sean del terror si uno lee los programas de gobierno de los candidatos de derecha.
Las investigaciones en psicología política muestran que las personas con mayor sensibilidad al miedo tienden a ser más conservadoras, porque buscan minimizar riesgos. De este modo, les hacen sentido el apoyo a políticas de “mano dura” frente a la delincuencia, a modelos tradicionales de trabajo y familia o la defensa de costumbres o “valores tradicionales”.
Por el contrario, las ideologías progresistas suelen apelar a la esperanza y al cambio, emociones que requieren sensación de seguridad previa.
Las campañas que utiliza la derecha buscan inducir o amplificar el miedo exagerando amenazas externas, identificando chivos expiatorios y mostrando el futuro como peligroso si gana el adversario. Buscan con ello que los sectores indecisos o moderados se desplacen hacia propuestas percibidas como más “fuertes” o “protectoras”.
Sin embargo, el miedo también puede activar respuestas solidarias o de izquierda, especialmente cuando el discurso colectivo se centra en empatía, cooperación o derechos. La diferencia radica en a quién se responsabiliza del miedo. Si la amenaza se percibe como desde un “enemigo externo”, la reacción tiende a ser conservadora. Si se percibe, en cambio, como estructural o “injusta”, la reacción es progresista.
Para desactivar el miedo irracional que exhiben cientos de miles de votantes ante esta elección, es importante tener claro que el temor no es un enemigo ni un defecto, es una señal, una alarma. Nuestro cerebro reacciona ante algo percibido como amenaza. Lo que ocurre es que muchas veces esa alarma se queda pegada en “alerta roja”, incluso cuando ya no hay peligro real. Es decir, cuando vivimos en modo alarma y dejamos que el miedo tome el control.
Para superar el miedo, el primer paso es reconocerlo sin juzgarlo: “siento miedo, pero eso no significa que esté en peligro”. Nombrar el miedo en voz alta ayuda a moverlo del cerebro emocional al racional. Uno observa como quienes están atrapados en el miedo utilizan manidas frases como “me dan miedo los gobiernos comunistas”, “nos van a transformar en una Venezuela”, “yo no voto comunista por ningún motivo”. Pero han votado por gobiernos en los que ha participado el partido comunista; han vivido la experiencia de no ser arrastrados a “una dictadura”; han convivido con alcaldes, ministros y autoridades comunistas y hasta han aplaudido sus logros.
La alerta roja que instaló la guerra fría en los años 50 y 60 se ha quedado pegada en la parte irracional de nuestro cerebro. Aunque ya no haya ningún imperio soviético y aunque veamos horrorizados que quienes hacen y deshacen hoy en el mundo son seres tan despiadados como Trump o Netanyahu, que de comunistas no tienen nada.
Frente al miedo hay que calmar el cuerpo para calmar la mente. No se puede pensar bien con el cuerpo en modo defensa. No es chiste. El cuerpo necesita sentir seguridad antes que razones. Por ejemplo, cuando nos enfrentamos a un perro rabioso, el inhalar y exhalar en forma prolongada activa el nervio vago y ello apaga la alarma del miedo que los animales olfatean… cuando el cuerpo siente seguridad, la mente deja de buscar amenazas.
Es igual que con las fobias. Como el anticomunismo (“no puedo votar comunista”, “no puedo subirme a un avión”). Hay que exponerse en forma gradual a nuestros miedos y promover la reeducación emocional. El miedo se desactiva exponiéndose poco a poco a lo que lo genera, sin forzarse. Cada vez que se lo enfrenta con éxito, el cerebro aprende.
El miedo ante situaciones como una elección política se desactiva informándose críticamente. Mientras más te informas y participas, menos miedo vas a sentir y más empoderado te notaras. El miedo es combustible del control; la información y la cooperación lo neutralizan. El miedo colectivo se usa para dividir y controlar. Pero cuando lo nombramos, lo entendemos y nos organizamos, se transforma en energía para cuidar, resistir y cambiar.
Estamos a tiempo de enseñar a perder el miedo. Es importante tener claro que cuando el miedo domina, la persona busca protección más que cambio. Su voto, entonces, se orienta hacia lo que ofrece seguridad inmediata, incluso si no coincide con sus valores o intereses profundos. “prefiero estabilidad a arriesgarme a algo nuevo”, “necesito que alguien fuerte se haga cargo”. Sin embargo, cuando una persona reconoce y regula su miedo, puede volver a pensar con la parte del cerebro que razona, la corteza prefrontal. Su voto pasa de ser defensivo a reflexivo.
Cuando las personas o comunidades se organizan, conversan, y comprenden el origen del miedo, ese miedo pierde poder político. En lugar de reaccionar, participan; en lugar de aislarse, dialogan. Y eso cambia el voto: pasa de ser una respuesta emocional a una acción consciente.
En suma, superar el miedo no solo cambia un voto, cambia la manera de votar. Transforma el acto de defensa en un acto de decisión. El votante ya no busca quién lo salve, sino con quién construir.





