No quiero decir “a la distancia” (la verdad es que me niego rotundamente), nada más repetido hoy que la distancia, esta cuestión social que nos aleja, nos enmudece y nos hace sentirnos más solos que nunca, aunque todos estemos donde mismo y eternamente comunicados. Hasta el momento (y que me perdonen los que no están siendo como yo), no he perdido ni a un amigo ni a un pariente ni a un vecino, por lejano que sea. Sin embargo, pareciera que estamos todos muertos, aunque nunca antes había recibido tantos correos electrónicos, whatsaps y llamados telefónicos de personas que jamás esperé a que se comunicaran. Y que, cuando llaman, no hay tema, salvo uno:

Cómo está la salud.

Es, tonta y tristemente, cierto: la mayoría de las veces que tocan digitalmente a nuestra puerta a través de los actuales sistemas que tanto nos alejan físicamente, esconden el inconmensurable objetivo de preguntar cualquier cosa sin importancia o, lo que es muy loable, informarse si seguimos vivos o encaminados de alguna forma hacia el punto de ya no estarlo.

Siempre a la distancia.

Es horrorosamente poco original la situación de recibir preguntas anodinas o comentarios que no vengan al caso. Si es que hay caso. Casi siempre, esas preguntas constituyenuna señal inequívoca de que la imaginación no es el fuerte de quienes formamos uno a uno la Humanidad, en estos tiempos.

De esta mañana tengo un ejemplo concreto, resultado de un intrascendente llamado telefónico. Un amigo lateado. Con franqueza, no sé si me servirá de algo saber cómo este amigode muchos años y de quien no sabía nada hace meses, recibe a diario su marraqueta tibia y recién salida del horno, para su desayuno. Me describe detalladamente – y con pausas que le dan ánimocomo el conserje de su edificio va a la panadería de su barrio, con encargos de muchos vecinos. De veras, mi amigo no tiene el más mínimo derecho de hacerme perder el tiempo escuchándole que “el conserje tiene tres hijos, dos de ellos en la Universidad, está muy orgulloso y trabaja en este edificio hace siete años, putas que es buena persona, fijaté. Y ya en estos días desde la Junta de Vigilancia, según acordamos, le vamos a pasar la estufa eléctrica porque acá a la entrada se producen muchas corrientes de aire y tú sabes que los resfríos andan solos, más todavía con esto de ahora. Tú te vacunaste?

Podría llenar el vacío de por lo menos veinte minutos respondiendo a mi friolento amigo sobre cuándo, dónde y por qué me vacuné. Decirle que fue una casualidad. Que a mediados de marzo acepté la solicitud de comentar un libro durante su lanzamiento, en Curicó. Y que tuve que viajar dos veces hasta esa ciudad para escudriñar en la vida del autor de la publicación, un viejo cantor popular que escribe maravillosamente sus propias coplas. Y que el día de la elegante ceremonia, realizada  en el inmenso salón de un club  muy republicano, su administrador que también es un reconocido farmacéutico curicano, recibió a sus invitados ofreciéndoles la mejor bienvenida: vacunarse. Yo, que no soy reacio a los pinchazos pero que tampoco iría, por flojera, al consultorio de mi barrio para la dosis anual anti influenza, acepté. En medio de invitados (mucho estábamos en lo mismo) me saqué la chaqueta, deshice el nudo de mi corbata, me desabotoné el cuello de mi camisa, me arremangué y puse el brazo en manos de una hábil señorita con saltarines ojos de enfermera y que, en aproximadamente cuatro segundos (no los conté porque no suelo ahondar en detalles), me dejó a salvo de epidemias conocidas. Que de las desconocidas todavía no.

Pero no se lo conté a mi amigo.

Después me dijo algo así como:

¿Se hace largo esto, ah?

Y, quizás apostando a la posibilidad de que yo le pudiera responder a la pregunta que todo el mundo, tanto en Occidente como en Oriente, se hace con visos de urgencia, agregó:

¿Tú sabes hasta cuándo va a durar la pandemia?

“Octubre”, le respondí.

Y cuando recapacité dándome cuenta de que estamos recién a comienzos de mayo, entré en pánico. Me imaginé al interlocutor conversándome hasta la muerte final del último microscópico agente viral. Por supuesto, no quise preguntarle sobre su propia suposición pero tampoco alcancé a decirle gracias por llamar”, porque contratacó:

“No, diciembre”.

Lo hizo con aire triunfal y me sentí derrotado. Mi amigo, que pasó muchos años de su vida dedicado a la compraventa de automóviles y después a la compra y venta de libros difíciles de encontrar (yo adquirí de él una de las primeras ediciones de las Obras Completas de García Lorca, editada por Marcelle Auclair en 1958), acababa de dar un ultimátum a la ciencia mundial, dictaminando una fecha.

Y quiso seguir conversando. Pero me dio la impresión de que esperó a que yo hablara. ¿Y qué hacer, entonces? ¿Preguntarle sobre qué hace el tercer hijo del conserje, por ejemplo?

Sintiéndose con el mismo aire triunfal, continuó:

¿Qué has hecho ahora último?

Por un instante, el brevísimo instante de una idea fugaz, quise mandarlo a la cresta, pero me contuve pues él no tiene el derecho de andar diciendo por ahí (y sería un buen tema de conversación entre conocidos comunes), que yo estoy insoportablemente neurótico. Lo peor del caso, como buen ex vendedor de automóviles usados, usaría su mejor técnica de convencimiento, a esos diversos interlocutores.

Fue entonces que le puse un tema, para mí, algo más serio y frente al cual hay dos posiciones: la primera, que el mundo después de la pandemia ya no será igual y que estamos frente a una magnífica oportunidad de replantearnos y mejorar, en lo que se pueda. La otra, punto de vista de varios observadores y que echan por tierra cualquiera esperanza de aires renovados.

Sin embargo, una idea más o menos concreta parece ir en la delantera dentro de esta competencia de cómo cambiaremos,si es que cambiamos: la apertura hacia la transformación de la sociedad, por lo menos la occidental, mediante la innovación tecnológica y todo el mundo nuevo que ya llegó.Debo aclarar, sin embargo, que esta idea trae también a cuestas un eventual amargo espectáculo. Lo pongo en comillas para declarar que el texto no es mío:

una humanidad que se extingue, con individuos que viven aislados en sus celdas, sin contacto físico con sus pares, sólo unos pocos intercambios por computadora y que van disminuyendo como población sobre la Tierra”.

Es decir, dos posibilidades: O nada volverá a ser lo mismo o todo seguirá siendo exactamente igual.

El cara y sello inexorable.

Michel Houellebecq, uno de los más influyentes narradores franceses de la actualidad, publicó una carta en la que reflexiona sobre las consecuencias de la pandemia y el impacto del confinamiento en la escritura. Dice:

“El coronavirus debería arrojar como resultado principal la aceleración de ciertas mutaciones en curso. Desde hace algunos años, todas las evoluciones tecnológicas, ya sean menores como video on demand” con pago sin contacto o mayores como teletrabajo, compras por Internet y redes sociales, tienen como principal consecuencia (¿objetivo principal?) la reducción de los contactos materiales, y sobre todo humanos. La epidemia de coronavirus ofrece una magnífica razón para esta fuerte tendencia: una cierta obsolescencia que parece golpear las relaciones humanas. Todas estas tendencias existían antes del coronavirus, ahora sólo se han hecho evidentes con nuevas pruebas. No despertaremos, después del confinamiento, en un nuevo mundo; será lo mismo, sólo que un poco peor”, remata su mensaje.

Regreso a lo nuestro. Mi amigo, el del conserje y su pan de cada día. Y se me hace una obligación mantenerme en silencio y no contarle ni siquiera el título del libro de Houellebeck. Que es, precisamente, Un Poco Peor”.

Antes de despedirnos, un impulso desmedido me hace preguntarle a mi amigo por la calidad del pan que le lleva el conserje. Me la describe y, como no vivimos en el mismo edificio, siento la sutil nostalgia por una marraqueta recién salida del horno.