En una columna anterior me referí a los efectos que podría tener entre nosotros el miedo a la muerte.

Pero hay otros miedos más dañinos.

Ese miedo a la muerte cambia nuestras conductas. Decía que nos convertía en generosos, odiosos, egoístas, mentirosos, egocéntricos, hasta disciplinados. El horizonte de ese análisis era nuestra muerte. La desaparición personal de nuestra vida​.

Para este otro miedo el horizonte es la muerte de muchos.

Aunque parezca insólito e increíble, estamos observando una variedad de disputas entre alcaldes, políticos, funcionarios, dirigentes. Lo más incomprensible es que muchas de ellas se refieren a quién será el vencedor del COVID-19. Anticipo que en la misma medida en que se vea en el horizonte la atenuación de la pandemia en nuestro país, esas disputas se harán más intensas, más desembozadas y por lo tanto mucho más patéticas de lo que son hoy.

El miedo a perder, el miedo a no poder alzar los brazos de la victoria contra el virus, el miedo a que otros lo hagan antes que nosotros, con más legitimidad, con más verdad. Ese es el peor de los miedos.

¿Por qué así?

Porque estas disputas que observamos, causan daños profundos en las acciones y decisiones que las autoridades y dirigentes deben desplegar para enfrentar la amenaza del COVID-19. Nacen de una deformación inevitable del modelo de sociedad en el que vivimos. Me estremezco cuando escucho a algunos decir “hay que tomar medidas pero no modificar el modelo”.

Es precisamente ese modelo el que nos hace sentir ese miedo a perder. Durante años hemos escuchado la prédica interminable respecto a la competencia, el éxito, la victoria, ser mejores que los demás, ganar, triunfar, alcanzar el éxito, como si ello fuese una exigencia insoslayable para poder vivir en esta sociedad. Las disputas son variadas y buscan desmerecer el trabajo de los otros y enaltecer el propio. No vaya a ser cosa que esta pandemia remita y no sea yo quien derrotó al virus, que no sea este ministerio o este alcalde o aquel diputado o esa agrupación gremial, aquel dirigente partidario, que sean otros quienes alcen los brazos y reciban los elogios. Que otros me ganen, que yo pierda, que otros suban en las encuestas, que otros dispongan de esa plataforma para sus pretensiones presidenciales.

Estamos frente a un egoísmo insensato. Frente a personas que responden a los impulsos que han formado parte de su escala de valores, esa escala que nace desde las entrañas del modelo, de lo más profundo del individualismo neoliberal, aquellos impulsos que se creen dinamizan la vida y la economía y que, paradojalmente, muchos no respetan, se coluden, juegan sucio, mienten, depredan a los propios.

Aquellos que se dejan llevar por estos impulsos malsanos, crean condiciones para que muchas otras personas mueran junto a ellos. Presionados por alcanzar la victoria, ser los mejores, los exitosos, perturban con sus críticas, con sus acusaciones, con sus desprecios, sus gestos arrogantes, sus descalificaciones, la adopción y el respeto de las medidas necesarias para alcanzar grados de supervivencias lo más altos posibles. Aquellos que lucha por parecer presidentes, por desplegar una especie de liderazgo que nadie respeta, por hacer gestos impactantes que eleven sus cifras en las encuestas, aquellos que despliegan arrogancias ineficaces dadas las circunstancias de la crisis, o estos otros que se consideran inmortales, tan poderosos, tan ricos, tan especiales que el virus los respetará y andan regando contagio entre los suyos.

Todos esos quizá, no lo deseo, levanten sus brazos al ser exitosos, los primeros, los ganadores en llegar al cementerio.