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Entre mercado y estrategia: el enfoque del gobierno de Kast frente a la inteligencia artificial como bien público en el eje CEPAL–UNESCO

Imagen: Subhasish Baidya (Pexels)

 

La incorporación de la inteligencia artificial en Chile abre una tensión estructural entre modelos de desarrollo: uno orientado a la eficiencia y la libertad individual en el marco del mercado, y otro que la concibe como una infraestructura pública estratégica para la construcción de capacidades nacionales y el fortalecimiento del interés general.

En apariencia, el debate sobre la inteligencia artificial en Chile es técnico. Se discute sobre plataformas, eficiencia, modernización del Estado y nuevas herramientas educativas. Sin embargo, bajo esa superficie aparentemente neutral, se está configurando una de las decisiones políticas más relevantes de las próximas décadas: qué tipo de relación tendrá el país con el conocimiento en la era digital.

Un hecho reciente permite comprender la profundidad de esta discusión. El 14 de abril de 2026, en la ciudad de Santiago de Chile, se llevó a cabo en la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) el lanzamiento del Observatorio de Inteligencia Artificial en Educación para América Latina y el Caribe, en el marco del Foro de los Países de América Latina y el Caribe sobre el Desarrollo Sostenible. Este encuentro no fue una simple exposición de avances técnicos, sino un llamado a pensar la inteligencia artificial como una herramienta clave para la toma de decisiones en educación y como una infraestructura de carácter estratégico para el desarrollo regional. Bajo esta mirada, la inteligencia artificial deja de ser un producto de consumo individual para transformarse en un componente central de políticas públicas orientadas al fortalecimiento del sistema educativo.

Es precisamente a partir de este punto donde la discusión deja de ser meramente instrumental y adquiere una dimensión estructural. Porque si la inteligencia artificial puede ser entendida como infraestructura pública, entonces su desarrollo, orientación y gobernanza pasan a formar parte del núcleo del debate sobre soberanía, desarrollo y democracia.

El punto de partida es claro. Chile no discute si debe adoptar inteligencia artificial. Esa decisión ya fue tomada por la dinámica global. La verdadera pregunta es otra: bajo qué modelo lo hará.

El punto de partida es claro. Chile no discute si debe adoptar inteligencia artificial. Esa decisión ya fue tomada por la dinámica global. La verdadera pregunta es otra: bajo qué modelo lo hará. Y es precisamente en ese punto donde emerge una tensión estructural que el debate público aún no ha logrado procesar en toda su profundidad.

Por un lado, organismos como la CEPAL y la UNESCO han planteado que la inteligencia artificial debe ser concebida como un bien público estratégico, una infraestructura crítica que requiere conducción estatal, inversión sostenida y desarrollo de capacidades propias. Por otro, el enfoque impulsado por el actual gobierno la entiende como un facilitador de la libertad individual, donde el acceso a plataformas globales y la apertura tecnológica permiten que cada persona elija, aprenda y compita en igualdad de condiciones.

No se trata de una diferencia técnica. Es una diferencia sobre el tipo de sociedad que se está construyendo.

Dos visiones, dos modelos de desarrollo

La divergencia no es menor. En el enfoque promovido por la CEPAL, la inteligencia artificial no es solo una herramienta, sino un componente estructural del desarrollo. Bajo esta lógica, el Estado cumple un rol activo: regula, invierte, articula el ecosistema de investigación y desarrollo, y busca reducir la dependencia tecnológica. El objetivo es claro: construir autonomía.

En contraste, la visión gubernamental plantea que el rol del Estado debe ser facilitar, simplificar y abrir La inteligencia artificial, en este marco, es un instrumento para mejorar la eficiencia, ampliar el acceso a conocimiento global y permitir que el mercado y la competencia operen como reguladores de calidad. La autonomía no se construye desde el Estado, sino desde la capacidad individual de cada ciudadano de insertarse en redes globales.

Ambas visiones tienen coherencia interna. Ambas responden a tradiciones distintas de pensamiento político. Pero también ambas contienen riesgos que, si no se analizan con cuidado, pueden terminar profundizando problemas estructurales.

La advertencia invisible: la tecnología no es neutral

Uno de los supuestos más extendidos en el debate es que la inteligencia artificial es una herramienta neutral. Que su impacto dependerá del uso que se le dé. Sin embargo, esta idea es profundamente problemática.

La inteligencia artificial no es solo tecnología. Es también una forma de organizar el conocimiento, de jerarquizar la información y de modelar la realidad. Los algoritmos no solo procesan datos: establecen relaciones, priorizan contenidos y condicionan la forma en que las personas aprenden, interpretan y deciden.

Hoy, más del 90% del desarrollo de inteligencia artificial avanzada se concentra en Estados Unidos y China. Esto implica que gran parte de las herramientas que se utilizan en educación, gestión pública y análisis de datos responden a lógicas externas. En ese contexto, hablar de neutralidad es, en el mejor de los casos, una simplificación.

Aquí aparece una primera advertencia teórica relevante. Hannah Arendt señalaba que el riesgo de las sociedades modernas no era solo la pérdida de libertad, sino la sustitución de la acción política por procesos instrumentales. Cuando la decisión se transforma en cálculo, la política se vacía de contenido.

La inteligencia artificial, si no es pensada críticamente, puede acelerar ese proceso.

La ilusión de la autonomía individual

El argumento central del modelo de apertura es seductor: más tecnología implica más libertad. Si cada individuo tiene acceso a plataformas globales, puede elegir mejor, aprender más y competir en igualdad de condiciones.

Pero esta idea descansa en un supuesto discutible: que el acceso equivale a autonomía.

La evidencia muestra lo contrario. Según datos de la OCDE, una proporción significativa de estudiantes en Chile no alcanza niveles adecuados de comprensión lectora compleja. Esto implica que, incluso con acceso a grandes volúmenes de información, la capacidad de procesarla críticamente es limitada.

Aquí se instala una paradoja central de la era digital: cuanta más información existe, más difícil es construir conocimiento significativo.

Byung-Chul Han lo plantea con claridad: la sociedad contemporánea no es una sociedad de la escasez, sino del exceso. El problema ya no es la falta de información, sino su saturación. En ese contexto, la libertad se vuelve una carga. Elegir entre múltiples opciones requiere capacidades cognitivas que no están distribuidas de manera homogénea en la sociedad chilena.

La autonomía individual, entonces, no puede reducirse al acceso. Requiere condiciones materiales, educativas y culturales que permitan transformar la información en conocimiento. Sin esas condiciones, la libertad se convierte en una ilusión.

Educación: el campo donde se juega la disputa

El sistema educativo es el espacio donde esta tensión se vuelve más evidente. La inteligencia artificial tiene el potencial de mejorar significativamente los procesos de aprendizaje a través de herramientas como tutorías personalizadas, análisis predictivo y plataformas adaptativas.

Pero su implementación no es neutral. Si se introduce sin recursos y sin una estrategia de equidad, puede profundizar las desigualdades existentes. Los estudiantes con mayor capital cultural y acceso tecnológico estarán en mejor posición para aprovechar estas herramientas, mientras que los más vulnerables podrían quedar rezagados.

La UNESCO ha advertido precisamente este riesgo: la digitalización sin políticas inclusivas puede ampliar las brechas educativas. En este contexto, la pregunta no es si la inteligencia artificial mejora la educación, sino a quién beneficia y bajo qué condiciones.

Estado, mercado y crisis de la política

La discusión sobre inteligencia artificial también revela una crisis más profunda: la crisis del rol del Estado y de la política misma.

Durante décadas, el paradigma dominante ha sido el de un Estado reducido, enfocado en facilitar el funcionamiento del mercado. En ese contexto, la innovación tecnológica se ha concebido principalmente como un fenómeno privado, impulsado por empresas y emprendedores.

Sin embargo, la inteligencia artificial desafía este modelo. Su escala, complejidad y capacidad de impacto requieren recursos, coordinación, regulación y visión de largo plazo. No se trata solo de eficiencia, sino de inversión pública y orientación estratégica.

Aquí aparece una segunda advertencia teórica. Zygmunt Bauman describía la modernidad líquida como un contexto donde las estructuras se debilitan y la responsabilidad se individualiza. En ese escenario, los problemas colectivos tienden a ser reinterpretados como problemas individuales.

La inteligencia artificial corre el riesgo de ser absorbida por esa lógica. En lugar de ser tratada como un desafío de interés general, se presenta como una oportunidad individual. En lugar de discutir su impacto estructural, se enfatiza su potencial para mejorar la vida de cada persona.

Pero los efectos de la IA no son individuales. Son sistémicos.

Soberanía en la economía del conocimiento

El concepto de soberanía también debe ser revisado. En el siglo XXI, la autonomía de un país no se define únicamente por su territorio o sus recursos naturales, sino por su capacidad de generar, procesar y gobernar conocimiento.

En este sentido, la inteligencia artificial se transforma en un campo de disputa geopolítica. No se trata solo de quién produce tecnología, sino de quién define los estándares, controla los datos y establece los marcos éticos.

Chile enfrenta una disyuntiva clara. Puede optar por un modelo de integración rápida, donde la adopción de tecnologías globales permite avanzar en eficiencia y acceso, pero al costo de una mayor dependencia. O puede construir una estrategia de desarrollo propio, más lenta y costosa, pero orientada a la autonomía.

Ninguna de las dos opciones es perfecta. Pero no decidir también es una decisión.

El desgaste de las personas en la era digital

Hay un elemento adicional que suele quedar fuera del debate: el impacto de la inteligencia artificial en la experiencia subjetiva de las personas.

La digitalización no solo transforma la economía o la educación. También transforma la forma en que las personas viven, piensan y se relacionan con el mundo. El exceso de información, la velocidad de los cambios y la presión por adaptarse generan un desgaste que no es solo material, sino también cognitivo y emocional.

En este punto, la reflexión de Byung-Chul Han vuelve a ser pertinente. La sociedad contemporánea produce sujetos cansados, sobreexpuestos y permanentemente exigidos. En ese contexto, la promesa de la inteligencia artificial como herramienta de empoderamiento puede chocar con una realidad de agotamiento.

La pregunta, entonces, no es solo cómo se implementa la IA, sino qué tipo de sujeto se está formando en ese proceso.

Conclusión: una decisión que no puede delegarse

Chile está frente a una encrucijada que no admite soluciones simplistas. La inteligencia artificial no es solo una herramienta de modernización. Es un factor que puede redefinir la relación entre conocimiento, autonomía y desarrollo.

Las dos visiones en disputa —IA como bien público estratégico versus IA como motor de libertad individual— no son excluyentes, pero tampoco son equivalentes. Cada una implica una forma distinta de entender el rol del Estado, del mercado y de la ciudadanía.

El desafío no es elegir entre una y otra de manera absoluta, sino construir un equilibrio que permita aprovechar las oportunidades de la tecnología sin renunciar a la autonomía.

Pero ese equilibrio no surgirá espontáneamente. Requiere decisión política, capacidad institucional y, sobre todo, una comprensión clara de lo que está en juego.

Porque en la economía del conocimiento, la verdadera independencia no se mide por la cantidad de tecnología que se consume, sino por la capacidad de comprenderla, desarrollarla y orientarla.

Y esa, a diferencia de muchas otras, es una decisión que no puede ser delegada al mercado, ni tampoco resuelta únicamente desde el individuo.

Es una decisión de interés general de nación. Y, como tal, profundamente política.

 

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