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La ilusión del orden: la caída de Kast y el fin del voto prestado

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En política, las victorias contundentes suelen esconder una fragilidad silenciosa. Lo que en la superficie aparece como una mayoría sólida, en su interior muchas veces es una suma de voluntades heterogéneas, transitorias, incluso contradictorias. Chile atraviesa hoy ese momento: un gobierno que llegó al poder con una amplia base electoral comienza a enfrentar una caída sostenida en su aprobación, no porque haya perdido su núcleo duro, sino porque empieza a descomponerse aquello que le permitió ganar: su voto prestado.

El gobierno de José Antonio Kast no está siendo abandonado por su electorado más fiel. Las encuestas recientes coinciden en un punto estructural: quienes se identifican con la derecha siguen respaldándolo de manera significativa. La caída ocurre en otro lugar. Ocurre en ese espacio difuso, menos ideológico, más pragmático, donde habitan los independientes, los desencantados, los que no militan ni se identifican, pero deciden. Es ahí donde se está produciendo el deterioro.

Para comprender este fenómeno, es necesario retroceder un paso y observar la composición de la mayoría electoral que permitió su triunfo. Esa mayoría no fue homogénea. Se construyó, en buena medida, sobre un electorado que en primera vuelta encontró expresión en la figura de Franco Parisi: un votante desanclado, antiélite, profundamente sensible a la economía cotidiana y escéptico frente a las instituciones. No se trata de un votante ideológico en sentido clásico. No “es” de derecha ni de izquierda. Es un votante que evalúa.

Ese electorado se alineó en segunda vuelta con la promesa de orden. No por convicción doctrinaria, sino por utilidad percibida. En un contexto de incertidumbre, la oferta de claridad —aunque simplificada— tiene una eficacia inmediata. La política, en ese momento, logra reducir la complejidad a un marco comprensible: orden frente a desorden, control frente a incertidumbre. Y ese marco resulta suficiente para construir mayoría.

Pero gobernar es otra cosa.

En el ejercicio del poder, las promesas dejan de ser relatos y se convierten en resultados. Y es ahí donde se produce la tensión. Porque el mismo electorado que se alineó por necesidad comienza a evaluar por experiencia. La pregunta ya no es quién ofrece más orden, sino quién logra mejorar la vida cotidiana. Y en ese desplazamiento, el eje de la política cambia.

Las encuestas de las últimas semanas muestran con claridad este giro: la economía comienza a desplazar a la seguridad como principal preocupación ciudadana. Este cambio no es menor. Implica una reconfiguración del campo de evaluación. El gobierno deja de ser juzgado por su capacidad de imponer control y pasa a ser evaluado por su impacto en el bolsillo, en el costo de la vida, en la estabilidad laboral. Es decir, en aquello que define la experiencia concreta de vivir en Chile.

Aquí emerge un dato estructural que no puede ser ignorado. Según la evidencia disponible, Chile no enfrenta hoy una crisis económica abierta, pero sí una condición de vulnerabilidad persistente. La pobreza multidimensional, medida por la encuesta CASEN, se mantiene en torno al 17%. La mayor parte del empleo formal se concentra en micro y pequeñas empresas, donde la estabilidad es frágil. El crecimiento económico proyectado por el Banco Central se ubica en rangos moderados, insuficientes para generar una sensación de expansión sostenida. El resultado es un país que no colapsa, pero tampoco ofrece certezas.

En ese contexto, el electorado se vuelve más exigente y menos paciente. No se moviliza por grandes relatos, sino por percepciones inmediatas. Y cuando esas percepciones no mejoran, el apoyo se retrae. No hay ruptura ideológica. Hay evaluación.

El volante líquido

Este comportamiento no es anómalo. Es la expresión de una transformación más profunda del sujeto político. Los datos del CEP muestran que más de la mitad de los chilenos no se identifica con ningún partido. La política ha dejado de organizarse en torno a pertenencias estables. Se ha convertido en un espacio de decisiones contingentes. Como planteó Zygmunt Bauman, vivimos en una modernidad líquida, donde los vínculos se debilitan y las certezas se vuelven transitorias. En ese contexto, el voto también se vuelve líquido.

El votante líquido no es irracional. Tampoco es ingenuo. Es un votante que opera bajo condiciones de incertidumbre estructural y saturación informativa. Las redes sociales, los algoritmos y las cámaras de eco han reconfigurado el espacio público. La información ya no se organiza en torno a la verdad, sino en torno a la atención. Y en ese entorno, como advierte Byung-Chul Han, el exceso de estímulos produce cansancio. El ciudadano no dispone de más herramientas para comprender la complejidad, sino de menos tiempo para procesarla.

El resultado es la búsqueda de atajos. Relatos simples, marcos claros, explicaciones directas. No porque la realidad sea simple, sino porque la experiencia de la información es abrumadora. En ese escenario, las “soluciones fáciles” adquieren una eficacia política evidente. No necesariamente porque sean correctas, sino porque ordenan el caos.

Sin embargo, esa misma lógica contiene su límite. Lo que se gana por simplificación se pierde por confrontación con la realidad. Gobernar implica lidiar con restricciones fiscales, institucionales y económicas que no pueden ser reducidas a un eslogan. Y cuando esas restricciones se hacen visibles, la promesa se tensiona.

Eso es lo que hoy comienza a ocurrir. La caída en la aprobación del gobierno no es el resultado de una oposición particularmente eficaz ni de un evento aislado. Es la expresión de una dinámica más profunda: la descomposición de una coalición electoral construida sobre expectativas que no encuentran traducción inmediata en resultados.

El votante que se está retirando no es el militante convencido. Es el votante que llegó por utilidad. Y ese votante no se va en silencio ideológico. Se va en forma de desaprobación, de distancia, de escepticismo renovado.

Este fenómeno plantea una pregunta más amplia sobre el estado de la política en Chile. No se trata solo de un gobierno que pierde apoyo. Se trata de un sistema político que ha perdido, en gran medida, la capacidad de construir vínculos estables con la ciudadanía. La centroizquierda enfrenta aquí una responsabilidad particular. Su crisis no es solo electoral, sino cultural. Ha perdido la capacidad de traducir el malestar social en un lenguaje que conecte con la experiencia cotidiana.

En términos de Antonio Gramsci, lo que está en juego es una crisis de hegemonía. No hay un relato dominante que organice el sentido común. Hay, más bien, una disputa fragmentada donde distintas narrativas compiten por imponer una interpretación de la realidad.

En ese vacío, las promesas de orden encuentran espacio. Pero ese espacio no es permanente. Depende de su capacidad de sostenerse en la práctica. Y cuando no lo logran, el ciclo vuelve a comenzar: búsqueda, adhesión, desencanto.

El electorado chileno no se ha vuelto más ideológico. Se ha vuelto más exigente. No se ha radicalizado en términos doctrinarios. Se ha radicalizado en su demanda de resultados. Y en ese cambio, la política enfrenta un desafío mayor: no basta con tener razón. Es necesario construir sentido.

La caída del gobierno de Kast, en este sentido, no es solo un problema de gestión. Es una señal de época. Nos muestra que las mayorías ya no se sostienen por identidad, sino por desempeño. Y que, en un contexto de incertidumbre estructural, el voto no se entrega. Se arrienda.

Y cuando el arriendo vence, la política queda nuevamente frente a su pregunta más básica: ¿cómo representar a una ciudadanía que ya no cree, pero que sigue necesitando respuestas?

Ahí, y no en otro lugar, se juega hoy el futuro de la democracia chilena.

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