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La izquierda frente a la disputa civilizatoria

Por Mario Schiaffino

pocos días tuve la oportunidad de ver una entrevista en formato streaming, ese formato tan propio de estos tiempos de consumo inmediato de información y entretenimiento. Los protagonistas eran Juan Grabois y Tomás Rebord.

Grabois es abogado, dirigente social y político argentino, estrechamente vinculado a la Iglesia Católica y al legado del Papa Francisco. En conversaciones con amigos argentinos, más de alguno me comentaba que lo conocen como «el trosko de Dios». Sin embargo, más allá de esa caricatura, Grabois se presenta, al menos a mi juicio, como un humanista cristiano profundamente influido por el peronismo.

En la otra vereda estaba Tomás Rebord, también abogado y peronista, aunque dedicado al mundo del entretenimiento digital. Desde Blender, una plataforma de streamingidentificada con la izquierda argentina, ha construido un espacio que mezcla política, humor y análisis. Salvando las distancias, podría compararse con un «turno en vivo» de Copano, aunque con mayores recursos y una producción más ambiciosa. Rebord representa, en cierto modo, la figura del intelectual orgánico del siglo XXI: alguien capaz de disputar sentido desde los nuevos medios de comunicación.

La conversación abordó múltiples temas, pero hubo un aspecto que me resultó especialmente interesante: la claridad ideológica y geopolítica con que ambos enfrentaban la discusión. No se trataba únicamente de política contingente ni de la coyuntura electoral argentina. Lo que estaba en juego era una interpretación del momento histórico que atraviesa Occidente.

Con algunos compañeros de militancia territorial llevábamos tiempo advirtiendo el problema de una izquierda indefinida: una izquierda que, sin proponérselo deliberadamente, terminó conviviendo con las lógicas del tecnofeudalismo y del hiperindividualismo digital. Esa discusión la sostuvimos particularmente durante el proceso constitucional iniciado en 2020 y, a nuestro juicio, la incapacidad para comprender ese fenómeno fue uno de los factores que contribuyó al posterior fracaso del proyecto constitucional.

Recién durante 2026 parte de la izquierda chilena comenzó, aunque todavía de manera parcial, a observar el cuadro completo. En Argentina, en cambio, esa reflexión parece encontrarse varios pasos más adelante. Allí la discusión sobre soberanía nacional, concentración tecnológica y el avance de la denominada «Ilustración Oscura» dejó de ser un debate académico para convertirse en una preocupación política concreta.

Mientras tanto, en Chile nuestra política continúa atrapada en discusiones chabacanas, gritos en el Congreso y polémicas protagonizadas por influencers de escaso contenido. En esa dinámica perdemos de vista una transformación mucho más profunda: una disputa civilizatoria que ya está en marcha.

Por una parte, emerge un mundo no occidental encabezado por China, una potencia que ha construido un modelo propio de desarrollo (que algunos denominan socialismo con características chinas) y que, más allá de la discusión conceptual, constituye hoy una potencia civilizatoria con una estrategia nacional de largo plazo.

Por otra, observamos un Occidente cada vez más debilitado, no solo en Europa, sino especialmente en América Latina. Con la excepción de Brasil (cuyo futuro político dependerá de su próxima elección presidencial) buena parte de la región parece quedar a merced de un libertarianismoimpulsado por grandes corporaciones tecnológicas y por referentes intelectuales como Peter Thiel. No se trata simplemente de una discusión económica, sino de un proyecto político que redefine las relaciones entre Estado, democracia, ciudadanía, trabajo y poder tecnológico.

Muchos podrán pensar que este diagnóstico resulta exagerado. Sin embargo, basta observar el caso de Honduras y las llamadas «ciudades libres», particularmente Próspera ZEDE, una ciudad privada y autónoma ubicada en la isla de Roatán. Su premisa consiste en crear jurisdicciones altamente autónomas, con reglas propias y mecanismos de administración separados del Estado tradicional. Más allá de las controversias jurídicas y políticas que este modelo ha generado, demuestra que ideas que hace pocos años parecían distópicas hoy forman parte del debate institucional.

En Argentina, mientras tanto, ya existen iniciativas orientadas a flexibilizar las restricciones para la adquisición de tierras rurales por parte de extranjeros. La pregunta deja de ser si estos proyectos son posibles y pasa a ser cuáles serán sus límites y qué herramientas conservarán los Estados nacionales para proteger su soberanía frente al creciente poder económico y tecnológico de actores privados globales.

En ese contexto, resulta especialmente interesante la reflexión de Grabois respecto del papel de la Iglesia Católica. Bajo el pontificado de León XIV, sostiene que la Iglesia constituye uno de los pocos espacios capaces de ofrecer un horizonte civilizatorio alternativo. No posee poder militar ni económico comparable al de los grandes Estados o corporaciones, pero conserva algo igualmente relevante: la capacidad de construir sentido, comunidad y un horizonte moral para millones de personas.

Ese, precisamente, parece ser uno de los grandes desafíos de las izquierdas contemporáneas. No basta con administrar el Estado ni con responder a la contingencia. Tampoco es suficiente disputar políticas públicas aisladas. La tarea consiste en volver a ofrecer un horizonte compartido, una idea de sociedad capaz de enfrentar tanto el individualismo extremo como la concentración del poder económico y tecnológico.

Si la izquierda no logra comprender la dimensión de esta disputa civilizatoria, seguirá discutiendo los síntomas mientras otros estarán definiendo el futuro.

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