Los medios tradicionales al servicio de la “industria del miedo”

Foto de Bruna Araujo en Unsplash

Según la última encuesta Nacional Urbana de Seguridad Ciudadana, el año 2024  un 87,7% de los chilenos pensaba que la delincuencia había aumentado en Chile; un 74,5% creía que había aumentado en su comuna y un 50,8%, en su barrio. Ello, a pesar de que solo un 8,5% de los hogares chilenos había sido víctima real de delitos violentos.

La  gigantesca brecha entre percepción y realidad tenía, entre otros culpables, uno crucial: los noticieros de la televisión. Según el estudio, los medios con mayor cobertura de hechos sangrientos eran Chilevisión y Mega, donde las noticias policiales superaban al 30% del noticiero, de las cuales la mitad se refería a delitos contra las personas y la propiedad (asalto, robos, portonazos, homicidios, riñas, balaceras) .

Algo similar develó en 2023 un estudio publicado por el Consejo Nacional de Televisión (CNTV), al constatar que los robos y asaltos ocupaban un 23% de los informativos. Es decir, un porcentaje significativo a pesar de que los delitos resaltados por los titulares estaban en su nivel más bajo desde el 2013.

El tema volvió a estar en el tapete el pasado 20 de febrero, a partir de una columna publicada en el Mostrador por el escritor Mario Toro Vicencio, la que tituló  “La pantalla como campo de batalla: vulneración de derechos y el derecho a la verdad”. Allí denuncio que “una de las vulneraciones más graves y sistemáticas a nuestros derechos humanos en el Chile actual reside en la programación y los contenidos de los canales de televisión abierta”.

El autor, citando investigaciones de la Universidades de Chile y Católica de Valparaíso, así como de la Biblioteca Nacional, señaló que todas coincidían en un diagnostico lapidario. “La televisión abierta nacional ha renunciado a su rol público para convertirse en una industria del miedo”. Precisó, “no es una mera opinión, es la radiografía forense de un sistema enfermo”.

Pruebas al canto

Si se analiza la historia de los últimos 10 a 15 años respecto de los contenidos de los informativos de televisión, se observa un giro fuerte hacia una narrativa centrada en el crimen, la violencia y la desgracia. Concretamente, el golpe de timón hacia el giro policial se dio el año 2000, cuando los noticieros, producto de la competencia por rating, aumentaron significativamente sus espacios dedicados a la crónica roja. Sin embargo, en esos comienzos, programas como Informe Especial o En la Mira coexistían con cultura, reportajes sociales y debate político.

Fue a partir del año 2010, “casualmente” cuando la derecha llega por primera vez al poder desde el retorno a la democracia con Piñera, cuando la inoculación de la inseguridad y el miedo se transforman  en el eje de los noticieros. La cobertura policial tuvo ese fin. Los cerebros de la “industria del miedo” advirtieron el aumento de la percepción de delincuencia por parte de la ciudadanía, a pesar de que las cifras duras no daban cuenta de ello. Y pusieron acelerador.

Los “en vivo”, los portonazos y asaltos empezaron a ocupar grandes bloques horarios y se perfeccionó el modelo de las campañas del miedo Los hechos violentos se debían repetir mañana, tarde y noche, y se debía agregar una música, un relato dramático y paneles que amplificaran la alarma.

Un punto de inflexión se produjo para el estallido social de octubre de 2019. En ese momento, la televisión se lanzó en picada a la cobertura de la violencia callejera, los incendios, los saqueos, los enfrentamientos entre la “primera línea” y las fuerzas policiales como temas de portada. Desde luego, todas las manifestaciones ciudadanas pacificas no fueron registradas o tuvieron una relevancia mínima en las noticias.

Cuando vino la pandemia, uno de los diseños que instauró la campaña del miedo fue el conteo diario de muertos, lo que tuvo al país aterrado por más de un año. Luego la focalización fue en la crisis económica y la migración asociada al crimen, con titulares centrados casi exclusivamente en homicidios.

Nunca más, los noticieros volvieron a tener el tono previo al estallido. Con la llegada del presidente Boric, obviamente se agudizó la estrategia de inocular miedo a través de la televisión abierta. Y se sumaron las redes sociales a esta estrategia, con todo lo que hemos visto en estos últimos cuatro años.

La campaña tuvo un éxito rotundo y esta vez fue la ultraderecha la que se hizo del poder, con una votación histórica. El plan de intensificar la pauta policial en los informativos a lo largo de 15 años y aplicar una saturación casi permanente durante seis a siete años (a partir del estallido) estaba planificada para tener resultados…

La industria del miedo

¿Cómo opera la industria del miedo, que utilizó con tanta efectividad la televisión chilena? Hay que, una vez más, acudir a la psicología social.

Esta explica que lo que vemos repetido, parece más frecuente de lo que es y genera un estrés basal crónico. El cerebro no distingue bien entre amenaza vista y amenaza real  y surge la sensación de pérdida de control, instalándose la idea de que “todo está peor”, incluso cuando los datos no siempre lo confirman. Se crea un clima emocional colectivo, donde el miedo constante cambia la conversación pública, el voto y aumenta  la tolerancia a ofertas autoritarias.

 Mario Toro, en su columna de El Mostrador es tajante: “En una democracia sustantiva, el derecho a saber la verdad no es una concesión graciosa del poder, sino la piedra angular de la libertad ciudadana”. Sin embargo, añade, “al encender la televisión en Chile, no nos encontramos con una ventana al mundo, sino con un espejo cóncavo, diseñado meticulosamente para distorsionar la realidad hasta volverla irreconocible”.

Y es dramáticamente cierto si pensamos que la “verdad oficial” está en Chile en manos unos pocos grupos económicos. En el ámbito de la prensa, la familia Edwards y el grupo Copesa han controlado históricamente más del 90% de los diarios y lectores del país.

En el ámbito televisivo, los grandes canales están en manos del Grupo Luksic que controla Canal 13; Grupo Bethia, que controla Mega. Desde este año 2026, Chilevisión es propiedad de Vytal Group  y La Red pertenece a Albavision.

En el ámbito radial, la propiedad también está concentrada en redes nacionales, incluida la participación de grupos extranjeros como Prisa Media e Iberoamericana Radio Chile, que es parte del grupo del grupo Claxon.

Respecto de esta insana situación, Mario Toro señala que “la concentración de la propiedad de los medios en manos de unos pocos conglomerados económicos ha transformado el pluralismo en un mito”, añadiendo que “lo que vemos no es la diversidad de Chile, sino el monólogo de una élite que protege su statu quo”.

Es de miedo. Claramente, la contienda parece ser desigual. ¿Podemos enfrentar esta dictadura de los medios, que nos estrecha la mente?

Hay caminos, si consideramos que los medios masivos ya no tienen el monopolio del relato como en los años 80 o 90. Hoy compiten con las redes sociales, los medios digitales independientes, las plataformas de streaming, el periodismo ciudadano. Sabemos que los medios no nos dicen qué pensar, pero si sobre qué pensar. De modo que una forma de enfrentar esta contienda debe contemplar acciones como la alfabetización mediática, o sea aprender a leer críticamente los mensajes; no consumir compulsivamente información y diversificar las fuentes.

En suma, se puede enfrentar el poder hegemónico de los medios produciendo nuestro propio relato, generando conversaciones críticas y, por cierto, construyendo comunidades de sentido, donde la agenda no la fijen los medios sino la conversación reflexiva.