Inicio Destacado Muertos de miedo

Muertos de miedo

Llama la atención que frente a la posibilidad cierta de que el mundo, tal como lo conocemos, deje de existir, por el vertiginoso avance de la inteligencia artificial, muchos de nosotros nos mantengamos impávidos, como si nada estuviese ocurriendo, cuando debiéramos estar muertos de miedo.

Foto: George Shervashidze (Pexels)

 

Llama la atención que frente a la posibilidad cierta de que el mundo, tal como lo conocemos, deje de existir, por el vertiginoso avance de la inteligencia artificial, muchos de nosotros nos mantengamos impávidos, como si nada estuviese ocurriendo, cuando debiéramos estar muertos de miedo. O es que no hay conciencia de la magnitud del fenómeno, o simplemente hay resignación en torno a aquello que parece inevitable. 

No todas las generaciones tienen el privilegio de vivir el curso de una revolución, como es nuestro caso. Pero las revoluciones -como su propio concepto lo indica- son violentas (salvo el honroso caso de la revolución inglesa) y en el mundo, han dejado ríos de sangre. Han tenido un precio en relación con el propósito que el espíritu -como diría Hegel-  ha considerado, que vale la pena pagar. 

Ese es, en el fondo, el precio de la libertad del ser humano. Sin embargo, la revolución de la inteligencia artificial de la cual somos parte, como protagonistas o testigos, como víctimas o victimarios, no solo es violenta, sino que además es veloz e invisible. El pueblo francés vio a Robespierre, pero el mundo no ve a la IA. Salvo sus efectos prácticos, y su inicial utilidad en la vida cotidiana y en el trabajo, es un fantasma que no conocemos. 

Su amenaza, como en las películas, es vaciar de sentido a la propia humanidad, y, en definitiva reemplazarla, no por aversión o “maldad”, sino por un efecto estrictamente colateral: mientras la IA avanza a la velocidad de la luz, la humanidad viene muy por detrás tratando de comprenderla, hasta que se haga inútil, y, sobre todo, prescindible. 

La humanidad va por detrás en conjunto con sus propios instrumentos. Los Estados no tienen ninguna capacidad de enfrentar este fenómeno, salvo que ocurra algo extraordinario que los alineara, frente a las principales corporaciones de Silicon Valley. Aún así, la asimetría es abismal, porque ellos tienen los datos (algo así como el petróleo digital de nuestra era), y van en la delantera en todo: IA, computación cuántica, biotecnología y exploración espacial. 

Elon Musk ha asumido que ya no es realista “pausar” el entrenamiento de modelos avanzados de IA, y ha calculado el riesgo de catástrofe para la humanidad en un rango de 10 a 20%. ¿Qué significa esto? Significa que no es una locura pensar que la superinteligencia artificial, que el propio Musk estima que en 5 años superará a la inteligencia combinada de toda la humanidad, tenga una posibilidad moderada, pero real, de provocar el fin de la humanidad. 

Él cree que el riesgo hay que asumirlo, porque vale la pena, al considerar la posibilidad de una era de abundancia extrema, sin escasez, que la IA puede proveer directa o indirectamente. Lo ha comparado con subirse a una nave espacial: siempre hay un riesgo, pero superado, se abre un mundo de posibilidades. Pero los pilotos están entrenados para controlar sus emociones, o sus miedos, la humanidad no. Por ello, conociendo el riesgo, estar muerto de miedo es lo más lógico y natural. 

Aún así, los mismos de Silicon Valley, algo de temor reflejan. Musk, y sobre todo Cristopher Olah, cofundador de Anthropic, ha levantado la voz, con León XIV, sobre los riesgos de reemplazo laboral masivo y el sentido ético del uso de estos instrumentos. Aunque son los principales, advierten un peligro moderado, y en ese sentido no quisieron ser más alarmistas. A pesar de ello, siguen -y lo saben- muy por detrás del riesgo. 

Olah, en definitiva, piensa que es posible una especie de desaceleración coordinada de la sociedad con regulación externa, que no ha ocurrido y que, así las cosas, difícilmente ocurrirá. Es algo parecido a las complicaciones del desarme nuclear. O están todos, o nadie se desarma. En esta ecuación, siempre terminamos en las (des)calificaciones: alarmista, pesimista, realista, y un sin fin de apelativos que la cultura asigna a cualquiera que levante la mano para advertir algo que parece lejano e improbable. Así ocurrió con Churchill, quien estuvo casi diez años advirtiendo los peligros del nazismo, o con De Gaulle, que fue ignorado respecto de la inutilidad de la línea Maginot. Ambos, y muchos más, fueron conciencias minoritarias ignoradas por el bullicio y las necesidades “urgentes” de su tiempo. 

Habrá que confiar en lo que decía el viejo poeta Friedrich Hörderlin: “donde crece el peligro, crece también lo que salva”. 

SIN COMENTARIOS