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Pediatría y masculinidades: una conversación necesaria

Foto de Usman Yousaf en Unsplash

Foto de Usman Yousaf en Unsplash

A propósito del incipiente desarrollo del campo de las masculinidades, aún muy poco conocido y problematizado por la gran mayoría de los hombres a mi parecer, me gustaría llevar esta reflexión a un terreno poco explorado, pero sumamente importante para quienes somos padres y tenemos hijos pequeños.

Me refiero a la relación entre pediatría y masculinidades, la cual, a primera vista, pareciera no ofrecer mucho espacio para reflexionar sobre el vínculo existente. No obstante, si uno se detiene un momento, puede abrir una conversación muy interesante y poco abordada por quienes se vinculan con las infancias, ya sean médicos, padres, madres o cuidadores.

Lo menciono porque la medicina, así como otras áreas del saber científico, fue desarrollada principalmente por un tipo de hombre hegemónico, inserto en una cultura patriarcal, donde la objetividad, el control, la racionalidad, la jerarquía y la distancia emocional fueron pilares fundamentales para su desarrollo. Esto dejó en un segundo plano una mirada más relacional, vincular y centrada en el cuidado.

En este contexto, la pediatría no quedó al margen de esa lógica, viendo muchas veces a los bebés y niños como cuerpos que debían ser medidos, clasificados, normalizados y corregidos cuando se desviaban de determinados parámetros. De esta forma, el peso, la talla, las curvas de crecimiento, los indicadores fisiológicos y los diagnósticos se transformaron en el lenguaje privilegiado para hablar de la infancia.

Por supuesto, esto no significa desconocer los enormes avances que la pediatría ha generado en la reducción de la mortalidad infantil y en el mejoramiento de la salud pública. Sin embargo, siguiendo esta misma lógica masculinizante descrita anteriormente, el modelo biomédico ha caído en ciertos reduccionismos biologicistas, dejando fuera las experiencias subjetivas y una mirada más integral de la infancia.

Es precisamente desde esa falta de integralidad que dimensiones como la vulnerabilidad, la dependencia, la incertidumbre, las emociones y el cuidado amplio suelen quedar fuera de la pediatría tradicional o biomédica, preocupada principalmente de medir y cuantificar, como si un bebé fuera solamente un organismo biológico y no un ser de mucha mayor complejidad.

Dicho lo anterior, para quienes somos padres e intentamos comprender la crianza más allá de los enfoques tradicionales, resulta evidente que nuestros hijos son profundamente dependientes de nosotros, no solo en el plano físico, sino también en el emocional. Por ello necesitan disponibilidad afectiva, vínculos seguros y presencia significativa. Su desarrollo ocurre en una trama relacional que no puede reducirse completamente a indicadores biomédicos.

Por eso es tan importante visibilizar y apoyar a pediatras integrativos, que muchas veces son cuestionados por una pediatría tradicional que se resiste a abrirse a la teoría del apego, a la crianza respetuosa y a una concepción más amplia de la infancia. En ocasiones, esto puede derivar en prácticas excesivamente centradas en la obediencia, el control o el cumplimiento de normas, dejando en segundo plano el bienestar integral de los niños, niñas y sus familias.

Aquí emerge una oportunidad no solo para los pediatras, sino también para los hombres que somos padres y que hemos tenido que lidiar con el peso de mandatos masculinos centrados en la autonomía, el éxito, el control y la productividad. La crianza puede generar una experiencia profundamente transformadora, porque el cuidado nos exige presencia activa, sensibilidad, escucha y capacidad de responder a la vulnerabilidad propia y ajena.

En otras palabras, una paternidad integral nos exige aceptar que no todo puede controlarse y que muchas veces acompañar es más importante que corregir. Nos invita a comprender las necesidades de nuestros hijos de manera amplia. Ellos —especialmente los niños— no necesitan un padre que lo pueda todo, un superhéroe ni un modelo de éxito basado en exigencias que muchas veces terminan haciéndonos daño a nosotros mismos.

Por el contrario, la crianza respetuosa, promovida tanto por la pediatría integrativa como por nuevas formas de ejercer la paternidad, nos invita a desarrollar capacidades que históricamente fueron poco fomentadas entre los hombres: la empatía, la escucha, la regulación emocional y la sensibilidad relacional. De esta manera, se abre la posibilidad de vivir una masculinidad más amorosa, saludable y respetuosa con nuestro entorno, algo que, sin duda, nuestros hijos agradecerán.

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