La Comisión de Derechos Humanos del Consejo Regional del Colegio de Periodistas Atacama, organizó el Concurso de Relatos Ciudadanos en Derechos Humanos.

Acá damos a conocer los nombres y cuentos que obtuvieron los primeros lugares:

 

 

 

1984


Concurso de relatos ciudadanos de derechos humanos
Comisión DDHH Colegio de Periodistas Atacama

1984

Juan Manuel Cáceres
Primer Lugar

Yo nunca me imaginé que tendría que hablar de esto contigo, o sea, alguna vez lo pensé, pero fue mucho tiempo después de que me reventaran la cabeza allá en el cerro.

A mí no me importaba vivir más allá, no me imaginaba el futuro, a no ser que fuera comprarme una moto, tener un auto pa’ manejar algo mío que no fuera un colectivo. No me importaba que alguien se acordara de mí cuando me muera, ni había pensado en que otra persona tuviera mi mismo nombre, mi misma mirada, mis mismas manos. Nunca pensé que podía vivir en ti lo que nunca pude vivir yo mismo.

Cuando asomé la nariz por la ventana del economato pude ver a muchos compañeros tendidos en el suelo. Hice un esfuerzo por calcular y llegué a la conclusión que podían ser unos 200 acostados en el piso.

Vi como un militar golpeaba a una niña en la espalda y me dio miedo… arranqué por la parte trasera de la universidad. Al pasar corriendo por entre los pabellones reconocí a Jorge y a otros compañeros que también corrían, pero en dirección opuesta paralelamente al río. Cuando intenté saludarlo, en vez de asustado lo noté enojado y tenso. No me di cuenta que traía un arma.

Mientras subía el cerro vi que la mayoría de los otros estaban en el economato y yo sólo era parte de un pequeño grupo disperso que corría rodeando la mina o río arriba entre la universidad y el cerro. El ruido de los disparos y los gritos me hacían temblar.

Recuerdo también que había un fuerte olor que me hizo llorar y que no me dejaba respirar bien. Al terminar de pasar por los pabellones reconocí el puente que llevaba a la mina de práctica. Atravesé por el puente corriendo junto a otros y enfilé por el borde de la entrada subiendo por el cerro. En un momento di vuelta la cabeza y vi un pelotón de carabineros y a algunos militares que desde abajo disparaban. Sentí esos disparos, estaba asustado y por primera vez, como nunca antes, supe que iba a morir.

El miedo me aturdió y, a pesar de que salí corriendo, pensé también que nunca más  volvería a ver a mis viejos. Que no podría verles la cara de orgullo al recibir mi título de ingeniero, que no les podría mostrar a su nieto que tanto querían conocer.

Siento más cerca los disparos, siento que el sonido de los proyectiles me ensordece y que no puedo seguir corriendo porque mis piernas están inmóviles, de dolor, de cansancio, acalambradas de cansancio y entonces, reconociendo el sonido y el olor de la muerte, recordé a tu madre y pensé en ti, pensé que podía tener un hijo y que quería conocerlo y pensé que no quería morir, que quería conocerte y me imaginé tu cara, pero entonces sentí un grito doloroso de una voz que reconocí al lado mío.

Dos metros a mi derecha cayó Eduardo herido en la pierna y el espanto me congeló, volví a mirar hacia atrás, grité un nombre, probablemente el tuyo o el de tu madre, el de mi vieja linda, en el mismo momento en que una bala me atravesó la frente y me derribó. Caí pesadamente sobre un cerro que me recibió duro como el silencio y morí rápida y ensordecedoramente mientras el cielo en mis ojos se vestía de un bullicioso silencio que lo iluminaba todo y todo lo envolvía.

Desde la calle Centenario y entre los pabellones, por el enorme economato con sus puertas oscuras, desde los camarotes violados y desde las salas vacías, el silencio gobernaba con su viento de muertes, La Locomotora miraba a Copayapu y yo lo vi todo antes de morir.

Y morí, pero nací en ti, apenas unos días después.


Otros cuentos ganadores:

* Nunca te Toques los Ojos, de Christian Palma * En mi Memoria, de Juan Carlos Blanco Sánchez
* Prisioneros de Guerra, de Eduardo Aramburú García * La Bandera, de Hilda Olivares Michea

Nunca te Toques los Ojos

 


Concurso de relatos ciudadanos de derechos humanos
Comisión DDHH Colegio de Periodistas Atacama

Nunca te Toques los Ojos

Christian Palma
Primer lugar

No tenía por qué hacerlo, pero ese instinto que mueve a los buenos periodistas la hizo quedarse en el parque cuando la mayoría de las personas que se habían acercado a protestar se retiraban en una desordenada estampida. Solo quedaban los encapuchados que alimentaban las barricadas con todo lo que pudiera arder y frenar el paso a los pacos que esperaban, parapetados en la esquina, la orden de actuar. En cosa de segundos, el escenario se transformó en una batalla campal entre la policía y los manifestantes que, a punta de peñascazos, impedían que el carro lanza aguas avanzara.

En medio de los proyectiles y las lacrimógenas, estaba Rita Fil, la conocida reportera de Radio Dial, grabando a duras penas con su celular y escondiendo su rostro tras una trompa minera. Su turno laboral había terminado hacía horas, pero la protesta era un hecho que no podía dejar de cubrir, tomando en cuenta la alta convocatoria que había logrado el llamado de diversas fuerzas vivas de la ciudad.

¿Qué hago acá?, se preguntó cuando estaba apunto de desmayarse por los gases disuasivos, atrapada entre piedras que caían del cielo. La protesta se salió de control y entendió que era la hora de arrancar. Arrinconada, intoxicada y llorando, sintió un fuerte tirón en el brazo. Una mano anónima la sacó, arrastrándola del lugar, y la puso a salvo unas cuadras más allá, esquivando con mucha angustia, nuevos focos de fuego y proyectiles que volaban por el aire. Un limón y un sorbo de agua, que otras personas le dieron a beber, logró reincorporarla.

A pesar de sus años como reportera, nunca había estado en el medio de una manifestación tan agresiva entre dos fuerzas que, en ese momento, se odiaban a muerte: la calle y Carabineros.

Rita Fil, francesa de nacimiento, había llegado a Chile hace unos años por motivos lejanos al periodismo. Se enamoró del país y decidió quedarse a probar suerte. Encontró trabajo y un lugar en el mundo con mucho potencial, pero también con demasiadas carencias.

Gracias a su pega, pudo conocer la realidad oculta que el país no muestra al extranjero. Déficits hospitalarios, problemas para acceder a la educación, pobreza y desamparo. Sin embargo, lo que más la indignaba, eran las pensiones de los jubilados. No podía entender como una persona que trabajó 40 años, recibiera al final de sus días, menos de 100 lucas para vivir. Su labor periodística, entonces, apuntó -dentro de lo que pudo- a lo social. Esto tomando en cuenta las órdenes editoriales que frenaban cualquier denuncia que pudiera pisar callos o herir sensibilidades de las autoridades de turno o del établissement. Aun así, la francesa achilenada logró meter varios temas donde denunciaba los abusos, muchos de ellos a los Derechos Humanos, de un sistema obsoleto.

Apoyaba a los manifestantes solo hasta el punto en que las protestas se transformaban en delincuencia. Sin embargo, en el fondo trataba de ponerse en los pantalones de una sociedad postergada y cansada. “El chancho está mal pelado”, aprendió a decir con un acento cada vez más shhhhileno.

Como pudo llegó a la Radio. Solo quedaban el controlador y un ayudante, el resto del equipo se había ido a casa.

-Hagamos un despacho rapidito y nos vamos, -dijo.

Estaban en eso, cuando en la calle se empezaron a escuchar gritos y ruidos. Antes de siquiera asomarse a la ventana, dos bombas molotov reventaron de lleno en la puerta principal. El fuego encendió las cortinas, los profesionales intentaron salir, pero una turba fuera de sí, se los impidió a punta de piedras y escombros.

“La radio miente, fascistas, mentirosos, vendidos”, se escuchaba mientras las llamas se acercaban peligrosamente al techo. En una acción impensada, el controlador agarró un extintor y gritando: “somos trabajadores igual que ustedes”, logró salir y apagar el incendio. Tras ello, la masa humana siguió su camino, oportunidad en que los tres comunicadores aprovecharon para huir a toda prisa.

Rita no pudo dormir esa noche. Apenas cerraba los ojos se aparecían imágenes de las pedradas y del fuego que pudo perfectamente quemarlos vivos.

Sin pensarlo mucho se levantó al otro día. Había un punto de prensa de uno de los grupos que habían organizado la marcha del día anterior. Cuando la periodista va llegando a la improvisada conferencia, uno de los líderes, la reconoce y la encara.

-Oye, tú y tu medio no pueden estar acá. Ustedes son sapos del gobierno, así que váyanse.

-No me puedes prohibir estar acá, estoy trabajando y no estoy de parte de nadie, yo solo quiero informar. Tras algunos forcejeos, la actividad se canceló. Algunos colegas la apoyaron. Otros, no obstante, hicieron la vista gorda porque en realidad no les importaba o por miedo a la agresividad de los dirigentes.

Al impasse le siguió una seguidilla de amenazas e insultos en las Redes Sociales. Rita, por segunda vez, tuvo miedo. Se prometió cuidarse y no meterse más “donde las papas queman”.

Por la tarde despachó su material y se fue a descansar. Estaba exhausta, solo quería comer algo y meterse a la cama.

A dos cuadras de su casa sonó su teléfono. Sin pensarlo contestó.

-Oye, hay hueveo en el parque otra vez, ¿vas? -le advirtió un colega.

-Voy -respondió en el acto.

Corriendo llegó a la zona álgida. En una especie de trance y cegada por el humo tóxico de las lacrimógenas, cruzó la calle. Un par de bombas disuasivas estallaron cerca de sus oídos. La sordera momentánea la hizo recordar una escena de Mulholland Drive, su película favorita. Con el poco aliento que le quedaba, sacó su celular para hacer algunas tomas, justo cuando un efectivo de las fuerzas especiales, disparaba su escopeta a la bandada que corría. En un pestañeo, ve como detrás de un quiosco aparece la cabeza de un niño, no tenía porque estar ahí, pero estaba. El proyectil le dio de lleno y cayó al suelo automáticamente mientras un hilo de sangre comenzaba a cubrirle la cara. Rita dejó de grabar y se arrodilló para ayudarlo. De su bolso sacó un poco de agua de una vieja botella ya sin gas e intentó lavarle la cara, mientras un piquete los rodeaba amenazantes.

“No te toques nunca los ojos cuando caen las lacrimógenas”, le habían dicho alguna vez.

-Déjeme, soy periodista y lo estoy ayudando, gritó Rita con los ojos bañados en lágrimas. Había olvidado el consejo como tantos otros; sin embargo, por primera vez, su celular pasó a segundo plano, mientras cubría al pequeño con su gastado abrigo gris.

 

 

 

En mi memoria


Concurso de relatos ciudadanos de derechos humanos
Comisión DDHH Colegio de Periodistas Atacama

En mi memoria

Juan Carlos Blanco Sánchez
Segundo lugar

Con el viejo nos hemos acompañado toda la vida. Hemos tenido altos y bajos, como todo matrimonio, pero siempre vamos pa’ delante, aunque la vida constantemente nos obliga a mirar hacia atrás.

En la dictadura perdimos a Esperanza, nuestra única hija. Ella era fotógrafa y retrató los momentos más lindos que pasamos en familia. También fotografió su propio matrimonio con el “Checho”, un joven que trabajaba para un periódico independiente y que se convertiría en su fiel compañero de aventuras. Juntos participaron activamente por reivindicar en aquellos tiempos el derecho a la comunicación. Sin embargo, también en su vocación encontraron la piedra que sellaría sus destinos.

No hay día que no piense en mi Esperanza y es que si encontrara tan solo uno de sus huesos podría decirle adiós a mi angustia despidiendo dignamente a mi muerto.

Ahora sólo me acompaña mi marido, o “el viejo”, como le llamo de cariño. Confieso que la cuarentena se nos ha hecho difícil. Al viejo no le ha ido muy bien con sus artesanías que solía vender y como no podemos salir, a veces siento que nos ahogamos en nuestros propios recuerdos.

Hace unos días, yo estaba cocinando y golpeo la puerta “el Marito”, un vecino, que nos trajo una cajita con alimentos que recolectó con la ayuda de todo el pasaje. Yo entre lágrimas le agradecí y le prometí que le prepararía una mermelada de damasco cuando todo termine y si es que el de arriba me mantiene con vida.

Me avergüenza decirlo, pero confieso que hace meses atrás, con el viejo no conocíamos a nadie en el pasaje y con suerte nos saludábamos con la Bertita y la señora Alma, que administran el negocio de al lado.

Con el barrio nos conocimos para el estallido social y anhelo en mi memoria cada recuerdo de la primavera de octubre.

A decir verdad, yo desde que perdí a mi Esperanza, sentí que con ella se llevaron mi voz y entonces siempre estuve resignada a recibir migajas y no reclamar por lo que consideraba justo. Admito que más que resignación, temía por mi vida y por la del viejo, que es lo único que me queda.

Todo esto cambio con el estallido social, pues sentí un despertar, que agito cada extremidad de mi desgastado cuerpo y entonces supe que la mujer revolucionaria que proyecte durante años en Esperanza nunca me abandonó y hoy vive dentro de mis entrañas.

Recuerdo un día de octubre, cuando me depositaron la pensión y con el viejo bajamos al centro a pagar unas cuentas. Íbamos caminando y a lo lejos una turba se acercaba rápidamente a nosotros. Era posible ver la desesperación en los ojos de quienes corrían abrumados por los estruendos que provenían del armamento policial.

El viejo asustado me apretó fuerte la mano, tanto así, que pude sentir su sudor. Recuerdo que mientras todos corrieron, una joven en el medio del caos miraba de frente a carabineros y sostenía en lo alto un cartel con la palabra “Dignidad”. De inmediato me sentí identificada con el mensaje, pues quien más que yo podría entenderlo, que trabaje toda mi vida como profesora y que hoy recibe apenas cien mil pesos de pensión.

Así como la joven del cartel, recuerdo haber visto otras personas que portaban cámaras y retrataban momentos que van forjar el carácter de futuras generaciones. Fue en ese instante que pensé en Esperanza. Mi niña comunicaba mediante fotografías lo que acontecía en dictadura, anhelando que un futuro los jóvenes de hoy conocieran la historia del ayer. Yo lo llamo, el derecho a la Memoria y a la Comunicación.

Al día siguiente, me levanté y me sentí más fuerte que nunca, yo era imparable y con una pañoleta morada en mi cuello salí a la calle a exigir una vida digna. Recuerdo haber cantado y gritado. Retrate en mi mente cada momento, cada rostro que me sonreía y cada mirada de esperanza de esas almas joviales, libres y rebeldes.

Lo más lindo es que ahora en el pasaje me recuerdan como la abuelita del 18 de octubre, pues admito que ese día volví a nacer por milésima vez.

Yo siempre he dicho que todos nacemos más de una vez, algunos vuelven a nacer después de una perdida, o de superar una enfermedad. Pero yo volví a nacer el día en que desde mi garganta saqué la voz por mis derechos y por la memoria de mi hija. Recuerdo haberme sentido fuerte e imparable, libre y consiente.

Ya se han cumplido cuatro meses que llevamos encerrados con el viejo por el tema de la pandemia, y se nos pasan los días jugando cartas y mirando las fotos que tomaba Esperanza. Con sus fotos hicimos un libro al que llamamos “Derechos, memoria y justicia”. En el guardamos fotografías de las marchas de los años 70 y nos propusimos recolectar con los amigos del vecindario recortes y relatos de lo acontecido en el estallido social.

Mi recuerdo más lindo es una foto que nos tomó la vecina de al frente, en la que aparece el viejo arreglándome la pañoleta en una marcha y a lo lejos se ve la multitud colorida por los pañuelos y carteles que adornan las voces de quienes salen a las calles reclamando sus derechos.

A veces me desespera no haberme despedido de Esperanza, pero me calmo al pensar en lo valiente que fue. Ella murió con su bandera de lucha. Misma bandera que hoy con el viejo izamos en nuestra casa y que es el mensaje que quisimos transmitir al barrio:

“Exige tus derechos – hasta que la dignidad se haga costumbre…”.

 

 

Prisioneros de Guerra


Concurso de relatos ciudadanos de derechos humanos
Comisión DDHH Colegio de Periodistas Atacama

Prisioneros de Guerra

Eduardo Aramburú García
Tercer lugar

El teniente entró bruscamente a la sala de los detenidos y con voz prepotente gritó:

-¡¿Dónde está Raúl Espina?!

– No sabemos señor – dije con voz subterránea – cuando nos trajeron aquí, él ya no venía con nosotros. Al parecer se quedó en la piscina.

– ¿A qué hora los trajeron a esta sala? -interrogó nuevamente el oficial, dirigiéndose  a mí. Un conscripto me apuntaba  con su fusil. A duras penas me salió la voz.

– Como a la una, señor.

Y contra preguntó:

-¿Cómo lo sabes?-

Tímidamente, le mostré el reloj en mi mano derecha.

Y se retiraron, incluso  los militares que nos estaban cuidando.  Al quedar solos, Isaac con una tenue voz dijo:

-Lo mataron, pues al poco rato que nos trajeron a esta sala, sentí unas ráfagas.

Y casi al unísono todos repetimos, “sí , también escuchamos”, “¡Lo mataron, lo mataron!” y luego un silencio que solo se siente cuando se  está cerca de la muerte, porque sin decir nada entre los prisioneros, pensamos que si habían asesinado a Raúl, seguiríamos el mismo destino,  pues todos estábamos involucramos en la carta pública en contra de los gorilas que se habían tomado  el poder y asesinado al Presidente, porque eso decía la carta: “gorilas”. Villegas, había sugerido cambiar el término, pero el Claustro Pleno aprobó ese texto, y luego se repartieron 10000 copias en los sindicatos industriales.

A esa  hora de la noche en ese cuarto, en cuclillas y con las manos en la nuca, las imágenes de ese día 13 de septiembre, en el Regimiento, aparecían como cuchillos en mi cabeza aturdida por las tortura, física y sicológica,  “si algo le sucede a algún militar aquí en el regimiento, tu esposa y tus hijos serán los primeros que morirán. ¿Dónde me dijiste que viajó tu mujer con tus hijos?” – se fueron al campo,  donde mi papá.- ¡Ya sabíamos  que algo estaban tramando!.

A las 10 de mañana nos convocaron  a todos los funcionarios de la Universidad. A mí me habían convocado antes, mediante un bando, por ser el presidente de APEUT.

El Capitán, nuevo encargado de la UNIVERSIDAD, inició la interrogación. Tenía una lista de todos los funcionarios, los iba llamando de uno. Ahí estaba el Capitán interrogando y anotando junto a sus  ayudantes. Una vez que se interrogó al último de los funcionarios, se puso de pie, y gritó:

-¡Los que voy a nombrar se quedan, el resto se retira rápidamente del recinto militar, antes que me arrepienta. -Con voz enérgica empezó a nombrar-  Jorge Becerra, Juan Villegas, Heraclio Sabater,  Isaac Gallado, Raúl Espina,  Luis García, y Benedicto González. Soldados, conduzcan a los prisioneros a la piscina.

Cada cierto tiempo, se emanaba la orden ¡“salgan de la piscina”!  Esa acción era de rapidez, pues el último en salir de la piscina lo pasaba muy mal, los sacaban a culatazos. Jorge Becerra, era bajo y gordito, era quien más castigaban, pues le costaba salir de la piscina. A los pocos minutos, otra orden:

-Prisioneros, a la piscina!  ¡Salgan de la piscina!.  -Luego otra orden-, entren a la piscina, salgan de la piscina, y se forman en fila india. ¡Soldados, lleven a los prisioneros a la oficina del Capitán nuevamente. ¡trotando¡. ¡Manos  a la nuca!

Esa acción se repitió muchas veces en el día. Siempre las mismas preguntas: ¿Dónde está tu familia? ¿dónde están las armas? ¿Dónde está el mimeógrafo donde reprodujeron la carta?

Imágenes y más imágenes rondaban en mi mente. Mi mujer con sus tres hijos y embarazada de  un cuarto. Todo iba bien en la universidad, estudiante de pedagogía en el vespertino y funcionario de la misma universidad. Todos los sueños truncados. La esperanza de un pueblo destruida por la fuerza militar.

Estaba en esa reflexión, cuando entró un teniente seguido de varios conscriptos y gritó amenazante “¡todos de pie!”. Intentábamos ponernos de pie pero teníamos las piernas adormecidas. Caíamos al suelo. Los culatazos nos hacían no gritar, sino gemir lastimosamente. Hasta que logramos ponernos de pie. Una orden imperante:

-En fila india. Manos en la nuca. Caminen lentamente. Nos esperaba un vehículo–  Todos entren al furgón.  ¡“Si alguien se mueve, disparen”!, -fue la orden. Dentro de ese vehículo no se sentía ni la respiración de ninguno de nosotros. Nos esperaba la muerte, pues nos gritaron en varias oportunidades que pagaríamos por el Conscripto que había muerto en la Casa Central de la Universidad en Santiago. Yo encontré el recorrido demasiado largo.

Por fin se detuvo el vehículo. Una orden menos prepotente:

– Bajen con las manos en la nuca y se forman en fila india. ¬¬

Al bajar me di cuenta que estábamos frente a la Cárcel. Nos hicieron entrar y el Teniente a cargo, le dijo al cabo de Guardia “aquí le traigo a 7 prisioneros de guerra”. Inmediatamente el teniente con sus hombres se retiró, una voz amable se dirigió a nosotros

 – Ya niños, descansen, bajen los bazos, aquí no tienen que temer.

Nos trasladaron a una especie de bodega gigante. Oscura, no se distinguían los rostros. Ahí estaban los prisioneros de guerra. Apenas sintieron que llegaban más prisioneros alguien indagó

– ¿Quiénes son?

– De la UTE -respondí.

Un grupo de compañeros se levantaron para darnos la bienvenida. Todos indagaban cómo los habían tratado. Todos queríamos contar nuestra dolorosa experiencia en el regimiento. – Isaac Gallardo interrumpe y dice lo más grave que a Raúl Espina parece que lo fusilaron, porque como a la uno de  la mañana no lo vimos más y andaba un teniente buscándolo y creemos era para disimular su asesinato.

Ignacio Palma, joven médico del P.S., interrumpe a Isacc:

– Raúl está aquí, llegó como a las once de la noche, ahora está durmiendo.

 

 

 

 

La Bandera


Concurso de relatos ciudadanos de derechos humanos
Comisión DDHH Colegio de Periodistas Atacama

La Bandera

Hilda Olivares Michea
Mención honrosa

Con tanto cambio y pasado el tiempo tocó el turno a la Bandera Chilena, nuestro emblema patrio décadas atrás fue, venerada, respetada, izada con guantes blancos en el acto semanal de las escuelas, honor ser designada, impecable el delantal blanco y bien peinados cantábamos a la vez que ella se iba ondeando hacia lo alto del mástil.

La misma banderita impuesta en las manos de cada niño por la visita del presidente, autoridades o un candidato que se dignara a visitarnos, agitada en cada actividad pública, ahí estaba saludando.

La Bandera Chilena y su rojo como sangre araucana y los copihues, blanca como la nieve de las montañas, su estrella solitaria y azul como el extenso mar contaminado y privado por la elite de este país dividido.

 Parte Judicial se recibía si no estaba izada en cada hogar en las fiestas patrias, parte Judicial si la mantenías izada pasadas las festividades.

 Ahora está en lo alto en cada toma de terreno de aquellos que no tienen una vivienda digna, parece más bella entre lo humilde y lo precario.

 Se ha vuelto capa en las marchas, sirve como cartel o simple papel para para exigir demandas y desde octubre cambió sus colores por el negro, se muestra de luto por los fallecidos, torturados y vejados, cambio su estrella solitaria por un ojo ensangrentado, un parche por los tuertos y ciegos, se le ve agujereada por balines o disparos; ahí está la bandera quemada, ensangrentada, tiznada; resistiendo.

Son más y más banderas que marchan en Santiago y por Chile entero y su estrella se ha vuelto un ojo grande, sano, que mira lo desigual y la injusticia, es un lucero en la oscuridad de la noche y también una cámara que capta y atrapa cada imagen de este Chile rojo en llamas.

Pechoños y beatos ven lo que ocurre como movimiento político del que no hay que hablar y cambian su camino asustados al son de cacerolazos y pitos, o se esconden, otros sacan sus réditos a mar revuelto se acomodan, es la oportunidad y dan codazos a diestra y siniestra, antes de que acabe la bonanza.

Con tanto alboroto, enojos, discusiones que estallan sin poder conversar sobre el tema o el Chile tuyo y el mío, me queda claro que “no hay peor ciego del que no quiere ver”.