Salud mental universitaria: entre la exigencia y el abandono

Foto de Emma Simpson en Unsplash

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La universidad debería ser un espacio de crecimiento, aprendizaje y transformación. Pero hoy, para miles de estudiantes en Chile, también es un escenario de ansiedad, angustia y agotamiento crónico. Según la Encuesta Nacional de Salud Mental Universitaria (Red Salud Mental Universitaria, 2022), el 63% de los estudiantes presenta síntomas de ansiedad, y un 41% ha pensado seriamente en abandonar la carrera por razones emocionales.

Además, el 54% declara no haber recibido ningún tipo de atención psicológica desde que ingresó a la universidad. La salud mental en la educación superior se ha vuelto una urgencia no reconocida. Sin embargo, las universidades aún actúan como si el bienestar emocional fuera responsabilidad exclusiva de cada estudiante.

 Se ofrecen talleres puntuales o líneas de ayuda saturadas, mientras se mantiene una cultura académica que glorifica el sobreesfuerzo, la hiperproductividad y la autoexigencia desmedida. De hecho, un estudio de la Pontificia Universidad Católica (2021) mostró que el 87% de sus estudiantes se siente constantemente presionado por el rendimiento académico, pero solo el 12% ha accedido a ayuda profesional. Es decir, existe un discurso de autocuidado vacío, que deja intacta la raíz del problema: un sistema que prioriza resultados por sobre personas. La solución no pasa solo por sumar psicólogos (aunque es urgente aumentar la cobertura), sino por transformar estructuralmente la cultura universitaria.

Debemos entender que la salud mental no es un tema “complementario” a la formación profesional, sino una condición esencial para aprender, crear y crecer. Esto implica rediseñar mallas curriculares más humanas, promover el acompañamiento comunitario y dejar atrás el modelo individualista de “sálvate como puedas”. Formar profesionales con empatía y bienestar es una apuesta política: no solo queremos técnicos eficientes, sino personas íntegras capaces de transformar una sociedad que también está enferma. El cambio empieza por reconocer que cuidar la salud mental no es un lujo: es un derecho.