Periodista
En Chile, sumar años es una desventaja laboral. Y en el periodismo, ese fenómeno se vuelve brutalmente evidente.
Basta revisar cualquier portal de empleo: “periodista junior”, “máximo 2 años de experiencia”, “perfil digital nativo”. El mensaje no siempre se dice explícitamente, pero se entiende perfectamente: esto no es para ti si pasas los 45.
Y ahí aparece la gran paradoja. Porque nunca hubo tantos periodistas con formación, experiencia y capacidad como hoy. Profesionales que han pasado por redacciones, crisis, cambios tecnológicos, coberturas complejas. Gente que sabe distinguir una noticia de un rumor en tiempos donde esa línea se volvió difusa.
No es una percepción aislada. En Chile, 73% de los trabajadores dice haber vivido o presenciado discriminación por edad en procesos laborales, y cerca del 70% afirma haber sido rechazado aún cumpliendo con todos los requisitos. Es decir, el problema no es la falta de talento. Es el filtro.
En el caso del periodismo, el fenómeno se agudiza. Históricamente, es una profesión joven: más del 80% de quienes ejercen tiene menos de 40 años. No porque los mayores no existan, sino porque muchos van quedando fuera del sistema.
¿La razón? Varias, pero ninguna del todo honesta.
Se dice que los periodistas Senior son “caros”. Que están “sobrecalificados”. Que les cuesta adaptarse a lo digital. Pero la evidencia no respalda esos prejuicios. De hecho, el edadismo laboral muchas veces descarta candidatos antes siquiera de evaluar sus habilidades reales.
Entonces, lo que se instala no es un criterio técnico, sino cultural.
Una industria que habla de diversidad, pero que en la práctica uniforma perfiles. Que valora la inmediatez por sobre la profundidad. Que confunde manejo de redes sociales con criterio editorial.
Y así, lentamente, el periodismo pierde memoria.
Pierde a quienes saben cómo se construyen las historias largas, cómo se investigan los temas incómodos, cómo se sostienen las fuentes en el tiempo. Pierde perspectiva. Y sin perspectiva, el periodismo se vuelve más frágil, más superficial, más dependiente del algoritmo.
El problema no es solo individual. Es estructural.
Porque cuando un periodista de 50 años con un currículum sólido no encuentra trabajo —o tarda meses, incluso años en reinsertarse— no estamos frente a una excepción, sino frente a una señal de alarma.
La pregunta, entonces, es incómoda pero necesaria:
¿De verdad queremos medios llenos de talento joven… pero sin experiencia?
¿O estamos construyendo una industria que, en nombre de la eficiencia y el bajo costo, está renunciando a su propio valor?
En un país donde la confianza en las instituciones —y en los medios— está en crisis, excluir a quienes tienen más trayectoria no parece una estrategia muy inteligente.
Porque hay algo que ningún algoritmo puede reemplazar. Y eso, justamente, es lo que estamos dejando fuera.
