
Guillermo Williamson Castro, Doctor en Educación y Académico Universidad de La Frontera.
Siempre pende sobre estas visiones con rasgos de optimismo histórico, la espada generada en el debate entre Marx y Proudhon, entre los socialistas científicos (al final, la educación no cambia el mundo, sino la política y revolución) y los socialistas utópicos (la educación si tiene el poder de cambiar el mundo, pues cambia a las personas que lo construyen): la tesis III sobre Feuerbach (1888) de Marx sentencia: “La teoría materialista de que los hombres son producto de las circunstancias y de la educación, y de que por tanto, los hombres modificados son producto de circunstancias distintas y de una educación modificada, olvida que son los hombres, precisamente, los que hacen que cambien las circunstancias y que el propio educador necesita ser educado (…).” Esta cuestión se ha difundido, en lenguaje coloquial bajo la pregunta que le hace Marx a Owen ¿… y quién educa a los educadores?
Pregunta que se hacía en la década de los setenta y que ya no se hizo nunca más con el sentido transformador que tenía. Hoy la cuestión se lee desde la formación inicial y continua docente estandarizada, distribución de recursos beneficiosos, control de calidad burocrático por el estado, impulso a una reorganización del sistema hacia los servicios locales de educación pública, con poco poder de apoyo por el estado y bajos recursos.
La formación docente es fundamental, pero deben darse espacios para la desburocratización de los procesos y acciones formativas, de modo a que puedan fortalecerse proyectos creativos en los contenidos, metodologías, didácticas, evaluaciones que puedan, incluso, generar crítica a lo que aparece como avance universal, que muchas veces es un modo en que se establecen patrones hegemónicos a los que subyacen ideologías de mérito individual, de competencia y mercado capitalista, de selección en las trayectorias colectivas de aprendizaje. Cerrar brechas de desigualdad e injusticia educativa supone generar políticas desde un enfoque efectivamente transformador, crítico, con un estado desconcentrado y participación social y educativa. Y sobre todo, generar organización, conciencia y educación, sin discursos para disfrazar la realidad y despolitizar a los educadores en procesos de formación inicial.





