Periodista y editora internacional.
La noche del domingo 26 de octubre, Argentina vivió un terremoto político. La Libertad Avanza (LLA), el partido del presidente Javier Milei, no sólo ganó sorpresivamente las elecciones legislativas: aplastó. Con un 40,7% de los votos, casi 10 puntos por encima del peronismo, kirchnerismo y aliados (31,7%), Milei logró una victoria que trasciende por mucho lo meramente electoral, ya que logró una importante muestra de apoyo a su modelo de shock, una inyección de poder en el Congreso y un mensaje contundente a los mercados, todo ello bajo el mecenazgo de Trump.
Para Milei, estos comicios son fundamentales ya que el mandatario necesita incrementar el número de legisladores que le apoyan en el Congreso y saber si tiene capital político para buscar la reelección en dos años.
Temprano por la mañana del domingo, Milei votó en medio de un amplio dispositivo de seguridad en la sede de Medrano de la Universidad Tecnológica Nacional (UTN) en Buenos Aires sin realizar declaraciones a la prensa, con un aspecto débil, cansado y saludando con timidez a quien lo llamara, asumiendo las consecuencias de duras semanas que iniciaron en agosto con la caída en un 13,6% en la confianza en la gestión del gobierno de Milei, y eso sin medir las repercusiones de la publicación unos audios que vincularían a Karina Milei, secretaria presidencial y hermana del presidente, con el escándalo de una presunta red de sobornos en la Agencia Nacional de Discapacidad (Andis), cuyo exdirector Diego Spagnuolo, quien también representó legalmente a Milei y era un asiduo visitante a la residencia presidencial, también aseguró haber informado al mandatario sobre el esquema de corrupción: “Karina se lleva el 3 %”, dijo el exfuncionario en una de las grabaciones filtradas.
Junto a ello, devino el aumento del índice de riesgo país -que mide el costo del endeudamiento del gobierno en moneda extranjera, y el ánimo llegó a su máxima tensión cuando los Milei debieron ser evacuados de un mitin político en la provincia de Buenos Aires, luego de que un grupo de manifestantes les lanzaran verduras y piedras. Milei afirmó que el ataque a su comitiva presidencial se daba en un contexto de «burdas acusaciones difamadoras» y que es este tipo de manifestaciones las que demuestran «de manera fidedigna el comportamiento de la casta en una nueva embestida por frenar el proceso de cambio que el país está atravesando».
¿Qué pasó anoche?
El mensaje es claro: los inversores creen que ahora sí podrán avanzar las reformas laborales y tributarias que el Congreso le había negado a Milei. Y no fue sólo un voto de confianza local: Donald Trump celebró el resultado y reafirmó su apoyo financiero, con promesas de inyección de hasta USD 40.000 millones si se mantienen las reformas.
Milei tiene hoy más poder, pero también más responsabilidad. Deberá demostrar que puede gobernar sin fracturar, que puede negociar sin traicionar, que puede ajustar sin dejar a nadie atrás y que mantendrán su independencia ante Estados Unidos. El “punto bisagra” ya no es una metáfora: es una llave que abre dos puertas. Una lleva a la “Argentina grande” que promete Milei. La otra, a una sociedad aún más dividida, con un peronismo herido pero vivo, y una mitad del país que no firma el contrato.
Vamos a los números. El oficialismo pasará de 37 a 101 diputados y de 6 a 20 senadores. Es decir, triplicará su representación en la Cámara baja y se asegurará el tercio necesario para vetar leyes y blindarse de un juicio político. En el Senado, aunque no tendrá mayoría propia, estará en condiciones de negociar desde una posición de fuerza que hasta ayer le era impensable.
Además, la reacción fue instantánea y cuantificable, la Bolsa de Buenos Aires saltó 17,7%, borrando pérdidas de todo el año, los bonos soberanos en dólares treparon hasta 24,7%, dólar blue cayó 10%, y el oficial y los financieros lo siguieron.
La historia dirá si este domingo fue el inicio de una transformación profunda o la antesala de la próxima crisis. Por ahora, Milei tiene el timón, el viento a favor, pero hay un iceberg en el horizonte.
La victoria, aunque contundente, no es un mandato unánime. La oposición rápidamente recordó esa grieta: “6 de cada 10 votantes rechazan el modelo de Milei”, recordó Axel Kicillof. Además, la participación fue del 67,9%, la más baja desde el retorno de la democracia. Un tercio del país no votó. Ni celebró. Ni siquiera protestó. Se ausentó. Esa ausencia es también un mensaje.
