Inicio internacional En tiempos de guerra asimétrica: ¿diplomacia, desconfianza o destrucción mutua asegurada?

En tiempos de guerra asimétrica: ¿diplomacia, desconfianza o destrucción mutua asegurada?

La reciente ofensiva de Estados Unidos contra Irán marca un punto de inflexión en la ya crítica situación en Medio Oriente. A diferencia de conflictos anteriores, esta acción no surge como una excepción, sino como una muestra más de la disolución del orden internacional tal como lo conocimos. ¿Estamos ante una cadena de escaladas que empujan al mundo hacia una confrontación de dimensiones impredecibles o una guerra declarada?

Uno de los elementos más inquietantes de este conflicto es la ausencia total de una mediación creíble. Actualmente no se perfilan actores con capacidad real de intermediar. Ni siquiera potencias como Rusia o China —que mantienen canales con Irán— tienen el margen necesario para contener la escalada. La ONU, por su parte, se ha convertido en un espectador silente, paralizada por los vetos cruzados del Consejo de Seguridad.

Este vacío de conducción internacional alimenta una peligrosa espiral de incertidumbre. Cada actor parece operar bajo una lógica de golpes preventivos o “acciones puntuales”, evitando cuidadosamente el lenguaje de guerra. Pero las bombas, misiles y muertos indican otra cosa.

La administración Trump ha optado por limitar su involucramiento a ataques aéreos y misiles de precisión, evitando por ahora el despliegue de tropas. Esta decisión obedece no sólo a cálculos estratégicos, o al desgaste interno de la sociedad estadounidense, traumatizada por las guerras de Vietnam, Irak y Afganistán, sino principalmente al compromiso realizado ante sus propios electores y adherentes políticos.

Por su parte, Irán ha comenzado la ofensiva: en lo diplomático, contactos con Rusia, acercamientos con China y una estrategia clara de llevar el caso a la ONU, aunque con escasas expectativas. La atención está hoy en su capacidad de represalia.

El Estrecho de Ormuz es un punto crítico del tránsito de petróleo mundial, cualquier perturbación localizada por parte de Irán provocará que el precio del petróleo se dispare y América Latina, en particular países importadores netos como Chile, sufrirán una fuerte presión inflacionaria. El costo del transporte, los alimentos y la energía se verían directamente afectados. Chile, con su economía abierta y su matriz energética aún dependiente del petróleo importado, verá encarecer sus importaciones, en un momento en que los márgenes de política fiscal están estrechos.

América Latina: impactos directos y difusos

Pese a la distancia geográfica, América Latina no está exenta de repercusiones severas en al menos cuatro dimensiones. Primero, la económico-comercial. El alza del petróleo y del dólar golpeará con más fuerza a economías dependientes, como la nuestra. La inflación podría incrementarse, afectando salarios y presupuesto estatal.

Luego, en términos de seguridad internacional, la posibilidad de atentados no puede descartarse. Uno de los escenarios es una guerra de baja intensidad pero de largo alcance, es que Irán, o actores afines, ejecuten ataques sin enfrentamiento frontal. Sería un conflicto sin frentes definidos, donde la guerra se expande a través de atentados, sabotajes, ciberataques y terrorismo internacional. La narrativa del terror podría convertirse en el canal ideológico de esta expansión bélica difusa. Sumado a esto, las fronteras porosas, los sistemas de inteligencia limitados y descoordinados, y la presencia de redes ilícitas convierten a la región en un objetivo blando.

Como lo expresó el ex subsecretario de Defensa, FFAA y Guerra de Chile, Gabriel Gaspar, en reciente entrevista con Radio México Internacional “el impacto será económico y dependerá de cómo reaccione la sociedad estadounidense al incremento de tensiones (…) pero también podríamos ver lo que denominan mártires; o sea, ataques en retaguardias occidentales que no necesariamente serían contra Israel. El fenómeno es incierto y podría desarrollarse con más acciones violentas, cruzando más líneas rojas (…) Si utilizan combatientes clandestinos, podríamos ver atentados como el de la AMIA en Argentina. Estaríamos viendo una reconfiguración de fuerzas no sólo regional sino global. Cada línea roja que se cruce acerca más el conflicto a un punto sin retorno”.

Tampoco podríamos descartar nuevas oleadas migratorias y presiones sociales: los conflictos prolongados generan desplazamientos. Incluso, algunos países del Cono Sur podrían recibir flujos migratorios nuevos, en un contexto ya tensionado por crisis migratorias internas desde Venezuela y Haití, por nombrar algunos.

Y, finalmente, la parálisis de organismos como la ONU, y el fracaso de instancias regionales como la OEA en resolver crisis recientes, deja a América Latina sin foros eficaces para contener o mediar conflictos. Es urgente que la región replantee seria y responsablemente su arquitectura diplomática.

Sin mediación, sin horizonte

Para Chile, es evidente que los desafíos son múltiples. Hoy es urgente contar con un organismo responsable de la planificación e inteligencia estratégica, en pos de anticipar amenazas globales, convencionales y no convencionales a la seguridad nacional.

Junto con ello, contar con una diplomacia de vanguardia, alerta, profesional y con visión de Estado, comprometida con el diálogo multilateral y la paz, con una visión de seguridad ampliada, que incluya ciberseguridad, terrorismo, protección de infraestructura crítica y resiliencia económica. Y, especialmente, capacitada para responder a los desafíos actuales y futuros, sin agendas de género, cuoteos políticos o intereses personales. La inacción también es cómplice de la barbarie.

Los caminos del conflicto son inciertos. Lo que parece evidente es que estamos cruzando líneas rojas que antes eran impensables. Sin una mediación fuerte, con un sistema internacional colapsado y con actores cada vez más dispuestos a romper las reglas, el mundo camina hacia una nueva etapa de confrontación asimétrica y fragmentada.

América Latina, y Chile en particular, deben dejar de mirar los conflictos globales como si fueran ajenos. La globalización también significa que la guerra, la escasez, la inseguridad y el miedo pueden llegar por las rutas del comercio, las redes digitales o los flujos migratorios.

Frente a la pregunta central, la respuesta está aún en construcción: ¿estamos realmente en modo cuenta regresiva o…no es más que un oscuro baile de máscaras?

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