Ciertamente, no admiro a Nicolás Maduro -ya he dicho antes que me parece tan megalómano como Trump- y soy crítico de un régimen populista en extremo, que no se basa en una revolución que estalló del pueblo con un definido propósito socialista, ni menos ha instaurado las bases para transitar a una sociedad socialista.

Sin embargo, ante el desembozado afán -plagado de burdas mentiras- del Imperio, con un loco como el mencionado a la cabeza, no es posible equivocar la opción. Es por ello que, lo que Sebastián Piñera -en su actual fase pro UDI- acude a apoyar a la frontera colombo-venezolana, resulta ser sencillamente una ignominia.

Propugnar, con su presencia y en “representación” de Chile, un golpe de Estado, una invasión militar o una insurrección contra un gobierno legalmente establecido (se esté o no de acuerdo con el sesgo de aquel) es alinearse y, de paso alinear al país, en contra del Derecho Internacional del cual somos parte y que hasta ahora siempre defendimos, es inmiscuirse antidemocráticamente en los asuntos internos de otro Estado y es obedecer vergonzantes lineamientos dictados por Washington, instrucciones determinadas por los intereses petroleros estadounidenses en la región.

Pero, de paso, desnuda también quién es realmente Sebastián Piñera, quienes son sus secuaces, hacia donde conducen el país y, lo que es peor, lo que pretenden hacer de él.

Lo sucedido amerita preguntarse si con tales conductas el primer mandatario no ha incurrido, acaso, en un notable abandono de deberes. Francamente, nos gustaría escuchar desde el ámbito político o parlamentario una crítica severa que enjuicie las cada día más erradas conductas del ciudadano presidente de la República.

Esto, ya no sólo porque Piñera, de modo contumaz, se ha negado a concurrir personalmente -como debió hacerlo desde el primer momento- a la Patagonia afectada por gigantescos incendios forestales, sino, además, porque su presencia en Cúcuta forma parte de una provocación que pone en serio entredicho el prestigio conseguido por Chile en el concierto internacional, una imagen tan trabajosamente alcanzada por las anteriores administraciones de la post dictadura.

¿Nos devolverá marzo la crítica política que pareciera andar de vacaciones?