periodista y escritora chilena
Quisiera aprovechar esta oportunidad para compartir algunas reflexiones sobre el impacto de la Operación Cóndor en la sociedad chilena. O, si se quiere, cómo reaccionaron los chilenos y chilenas ante la existencia de este macabro plan, que dejó como legado la tortura, y miles de secuestros, desapariciones y asesinatos.
Con la perspectiva que da el transcurso del tiempo, es posible formular ciertas certezas que pueden parecer obvias, pero no por eso menos ciertas.
Hablo como hermana de Marìa Cecilia, (27 años, socióloga) y cuñada de Guillermo Tamburini (32, médico argentino). Ambos fueron secuestrados de su departamento en Buenos Aires en la madrugada del 16 de julio de 1976, víctimas del Plan Cóndor. Habían huido de la dictadura chilena a fines del 73. Sus cuerpos aún no han sido encontrados, no sabemos cómo ni dónde fueron exterminados. Imposible terminar el rompecabezas porque los autores de este crimen -dos fueron enjuiciados y condenados- han guardado cobarde silencio. Dicho eso, resulta evidente que Argentina se ha convertido en un ejemplo mundial de justicia: es uno de los pocos países que logró llevar a los represores ante los tribunales civiles y que juzgó y condenó a las cabezas militares responsables.
La sociedad argentina, como cuerpo, ha abrazado con entusiasmo y convicción la causa de la defensa de los derechos humanos y ha expresado su solidaridad a las familias de las víctimas de Plan Cóndor. No fue fácil: hubo turbulencias, pero se privilegió la cohesión social y el compromiso por la verdad, la memoria y la justicia. Una lección que los chilenos -tan temerosos del conflicto- debiéramos recoger.
Algo se ha hecho en nuestro país. Por ejemplo, el 14 de diciembre de 2023, en un fallo unánime, la Corte Suprema de Chile confirmó las condenas a 22 agentes de la ex DINA por los secuestros y homicidios calificados de algunas víctimas de la Operación Cóndor, y ordenó medidas de reparación. Asimismo, cabe consignar que la puesta en marcha, hace dos años, del Plan Nacional de Búsqueda es una señal inequívoca del compromiso del Presidente Boric y su gobierno en apoyar nuestra lucha.
Digamos las cosas como son: nuestra búsqueda ha sido muy solitaria, con escaso eco de nuestros compatriotas. En general, la sociedad chilena no nos ha acompañado en nuestro dolor, en nuestra causa. Ha faltado solidaridad y empatía. Y en la esfera del poder, habríamos querido un apoyo más contundente de parte de los sucesivos gobiernos en democracia.
En el Chile actual la gran mayoría de los jóvenes no tiene idea lo que es el Plan Cóndor, Eduardo Galeano decía que “el derecho de recordar no figura en los derechos humanos consagrados por las Naciones Unidas, pero hoy es más que nunca necesario reivindicarlo y ponerlo en práctica: no para repetir el pasado, sino para evitar que se repita; no para que los vivos seamos ventrílocuos de los muertos, sino para que seamos capaces de hablar con voces no condenadas al eco perpetuo de la estupidez y la desgracia.”
Rescato esta reflexión suya porque me parece muy oportuna en tiempos de turbulencia como el que vivimos, donde las democracias del mundo tambalean, cercadas por la amenaza fascista que no promete garantía alguna respecto a la promoción, la defensa y protección de los derechos humanos. A la luz de los recientes resultados electorales, nuestro país no figura, precisamente, como la excepción.
Pese a que se han logrado avances significativos para lograr justicia para las víctimas del Plan Cóndor, muchos de sus crímenes permanecen aún ocultos bajo un manto de impunidad y silencio. No es casual que durante mucho tiempo no se supiera de su existencia. En Chile el plan fue durante mucho tiempo invisibilizado, agudizado por los medios periodísticos, propiedad de los grandes grupos económicos, cómplices de la dictadura. La búsqueda de los detenidos desaparecidos fue ignorada por la prensa oficialista y ya sabemos los periodistas que aquello que no se comunica no sucedió. Y cuando y cuando se lograba romper el cerco, la fuente obligada era la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos, no las familias de las víctimas Cóndor. Inmersos en el clima de sospecha y desconfianza, paralizados por el temor, no era fácil compartir información con otros. Menos nuestro dolor. No pocos optaron por el silencio y el repliegue. Chile se había convertido en un país de ghettos.
Muchas de las familias de los desaparecidos vivían fuera de Chile. No había coordinación entre nosotros, muchos no nos conocíamos. Estábamos en tierra de nadie.
El otro día una amiga, cuyo marido también es una de las víctimas de Cóndor, me contaba cómo había tenido que enseñarle a sus hijos a mentir cuando eran chicos. Les decía ‘cuando les pregunten por su papá digan que murió en un accidente de auto’. Era peligroso que dijeran que era un detenido desaparecido argentino.
Bajo la protección de Pinochet y con la permisividad de amplios sectores de la sociedad chilena, resulta indiscutible de que hubo una parte importante de la población que avaló el terror, la represión y que aprobó el exterminio. La derecha, con la complicidad de las autoridades de gobierno, cayó en un negacionismo profundo y malsano, alimentado por el deseo de olvidar lo sucedido. Desde un comienzo, el tema de los detenidos desaparecidos fue reducido a un drama familiar y no de país.
Así es hasta hoy. El sentimiento de que “si no me pasó a mì no me incumbe” fue compartido y fiel reflejo del individualismo imperante. Las violaciones a los derechos humanos durante la dictadura es un tema que incomoda y tampoco ha estado, precisamente, entre las prioridades reales en la agenda de los gobiernos. Sé muy bien que muchas familias han sentido algo similar.
Hace no tanto una periodista le dijo a Evelyn Matthei que quería hacerle una pregunta sobre los detenidos desaparecidos, y la ex ministra, ex senadora, ex candidata contestó: “¡Soporrrrrr!”
En el libro “La Operación Cóndor, memoria y derecho” de Juan Mario Solís, el autor señala que “se logró grabar la impunidad, la inapelabilidad del poder, para intentar, de esta manera, garantizar la obediencia o la indiferencia. La tortura, el asesinato, la exhibición de cadáveres mutilados, la desaparición, fueron formas de grabar, de marcar.”
Por otro lado, ahí estuvieron las familias de las víctimas, apoyadas por organizaciones de derechos humanos, que no bajaron los brazos, que no callaron, que se negaron a rendirse en su afán de encontrar a sus seres queridos y denunciar los abusos. Majaderas en su lucha, según algunos. Basta recordar la frase, tristemente célebre, del entonces presidente de la Corte Suprema chilena, Israel Bórquez, quien se quejó de que “los detenidos desaparecidos me tienen curco.”
Fue una buena señal aquella. La perseverancia de las integrantes de la agrupación no se extinguió. Porfiadas, decenas de mujeres de distintos ámbitos, se reunían en manifestaciones en los tribunales de justicia y, ante la presencia amenazante de los gendarmes, rodeaban a esa mujer altiva de piel de mármol, con la vista vendada y el corazón frío. Solitaria, ubicada a los pies de una ancha y bella escalera, impasible, imperturbable. La acecharon, le lanzaron maldiciones, le rogaron como a esos santos mudos de los altares cristianos. Si hubiesen podido, le habrían prendido velas y prometido mandas. Contra todas las mareas, internas y externas, querían y necesitaban confiar en que algún día la balanza se equilibraría a favor de ellas y tendrían respuesta a esa pregunta majadera, como ellas: “¿Dónde están?”
Hoy conmemoramos los 50 años del Plan Cóndor y honramos las vidas y los nombres de sus víctimas. No puedo dejar de pensar en la gente que se enjuaga la boca con la reconciliación y la necesidad de dar vuelta la página mientras levanta la copa en el cóctel de rigor y las palabras caen del aire como bolas de fuego en una magistral proeza circense que se cierra con un brindis. Sospecho que esta escena se repetirá con frecuencia en los años que vienen. Se avecinan tiempos difíciles.
La comunidad exige justicia. Ignorar el pasado bajo el sistema de la amnesia colectiva implica no querer aprender los errores del pasado. La historia enseña que los pueblos que no han podido reconciliar su pasado están, en buena parte, imposibilitados de imaginar su presente y su futuro.
Muchas gracias.
Nota de la redacción: nuestra colega y colaboradora de Página 19 participó del conversatorio sobre los 50 años del Plan Cóndor, en la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile.
