En las últimas tres décadas, el mundo ha sido testigo de transformaciones que parecen extraídas de un guion surrealista: la caída del Muro de Berlín y el surgimiento de nuevos Estados, pandemias que redefinieron la globalidad, sistemas económicos tambaleantes que se resisten a caer, y líderes históricos (desde papas hasta monarcas) cuyas muertes marcaron el fin de eras. Sin embargo, en medio de este teatro global en constante reinvención, hay un fenómeno que persiste en Chile como un fantasma anclado al siglo XX: la fractura política entre “izquierdas” y “derechas”, reducida con frecuencia a una caricatura de buenos y malos, herencia de un conflicto donde la CIA financió a grupos anticomunistas, mientras la URSS apoyó financiera e ideológicamente a movimientos revolucionarios que buscaban instalar un modelo socialista, y el régimen militar impuso un modelo económico que, bajo asesoría de los Chicago Boys, convirtió en mercancías derechos básicos como el agua, siendo Chile el único país del mundo donde este recurso está privatizado constitucionalmente (Fermandois, 2005; ONU-Derechos Humanos, 2021).
En 2025, cuando el mundo debate cómo regular la inteligencia artificial o mitigar el colapso climático, Chile sigue inmerso en una disputa que parece calcada de los años 60. ¿Por qué, entonces, seguimos midiendo fuerzas entre “zurdos” y “fachos” (etiquetas que simplifican realidades complejas) sin cuestionar cómo la Constitución de 1980, redactada en un contexto de alineación con la Doctrina de Seguridad Nacional de EE.UU., consolidó esta lógica (Salazar, 2012, p. 45)? ¿Es una identidad perdida o una identidad atrapada en narrativas que ya no sirven al presente?
Mientras Finlandia y Suecia construyeron sociedades cohesionadas a través de sistemas educativos que priorizan el pensamiento crítico sobre la memorización de héroes y villanos, Chile sigue anclado en un relato histórico que divide en lugar de explicar. Los textos escolares chilenos fueron instrumentos de propaganda de ambos bandos durante la Guerra Fría: mientras la izquierda, en los años de la Unidad Popular (1970-1973), promovía la ‘justicia social’ y denunciaba el ‘imperialismo capitalista’, la derecha, tras el golpe de 1973, impuso materiales que exaltaban la ‘amenaza comunista’ bajo programas anticomunistas financiados por EE.UU. (Pettinà, 2018; Harmer, 2011). Costa Rica, por su parte, logró reducir su polarización integrando en sus aulas el concepto de “justicia intergeneracional”, donde los niños discuten cómo sus acciones impactarán el futuro ambiental y social del país, un enfoque que trasciende la lógica izquierda-derecha (Ministerio de Educación Pública de Costa Rica, 2021). Este modelo pedagógico, que en países como Costa Rica y Sudáfrica ha demostrado reducir brechas ideológicas, sigue sin debatirse como prioridad en Chile, pese a su relevancia en un país donde el 52% de los estudiantes no comprende un texto básico (OECD-PISA, 2022) y donde el 60% de los jóvenes ignora cómo funciona el sistema tributario que financiaría sus demandas sociales (INE, 2023).
En Chile, en cambio, el discurso público sigue secuestrado por la retórica de la confrontación. Cuando Johannes Kaiser (Partido Nacional Libertario) afirma que “las mujeres votan por quienes traen a esos violadores” para simplificar la violencia de género, y Gabriel Boric responde con discursos de “unidad” que se diluyen en abstracciones, no hay espacio para soluciones concretas. Como advierte la academica Lucía Dammert: “En Chile, la política es como un partido de fútbol: todos gritan gol, pero nadie sabe cómo meter la pelota en la red” (2023). Peor aún: cuando se propuso una reforma tributaria para financiar pensiones dignas, la derecha la tildó de “confiscatoria” y la izquierda la defendió como “justicia social”, pero nadie explicó cómo afectaría a una familia de clase media que paga uno de los IVA más altos de América Latina (19%), un impuesto que representa el 42,7% de la recaudación fiscal (Servicio de Impuestos Internos, 2023). Como señaló el sociólogo Alberto Mayol, “la política chilena es un espejo roto: cada fragmento refleja una parte de la realidad, pero nadie se atreve a reconstruir la imagen completa” pero la ciudadanía ni siquiera tiene las herramientas para pegar los pedazos, porque nadie le enseñó a manejar el pegamento.
El ejemplo es claro: mientras Kast promete “mano dura” contra la delincuencia sin explicar cómo financiará más cárceles en un país con 24% de evasión fiscal corporativa (OCDE, 2023), Artés habla de “expropiar a los ricos” sin detallar cómo evitará que eso ahuyente inversiones en un país con crecimiento económico estancado. Ambos ganan aplausos en sus tribunas, pero pierden credibilidad en las calles. Y el ciudadano promedio, sin educación cívica para descifrar el teatro, solo atina a cambiar el canal: el 78% cree que los políticos “priorizan sus intereses sobre los del país” (PNUD, 2022), pero solo el 18% identifica correctamente las funciones del Congreso (Universidad Diego Portales, 2021).
Esta dinámica no es inocente. La Constitución de 1980, redactada en plena Guerra Fría, fue diseñada para eternizar la división. Sus enclaves autoritarios (como el sistema binominal, reemplazado en 2015 pero cuyo legado persiste en elites políticas) convirtieron el Congreso en un campo de batalla donde las reformas se negocian con la lógica de la desconfianza. El resultado es un sistema que premia la obstrucción: la derecha bloquea cambios sociales por miedo a perder privilegios, y la izquierda radicaliza su discurso para movilizar a una base desencantada.
Mientras tanto, la ciudadanía observa desde las gradas. No es solo que los políticos no expliquen: es que el Estado tampoco invierte en pedagogía pública. ¿Cómo esperar que una familia entienda el impacto de una reforma tributaria si el 52% de los jóvenes chilenos no comprende lo que lee (OECD-PISA, 2022)? El teatro sigue funcionando porque el público no exige un guion distinto: sin herramientas para analizar políticas, solo queda votar entre el miedo al “comunismo” o al “neoliberalismo”, dos fantasmas del siglo XX.
El camino no es destruir el teatro, sino cambiar la obra. Países como Sudáfrica lo hicieron: tras el apartheid, reformaron su educación para enseñar el racismo como una herida colectiva a través de un currículo crítico (Jansen, 2009). Chile podría hacer lo mismo: dejar de enseñar la dictadura como un partido entre “víctimas y victimarios” y empezar a analizar cómo su legado (como la mercantilización del agua bajo el Código de 1981) sigue estrangulando el presente. Pero para eso se necesita algo más radical que una nueva Constitución: una revolución pedagógica que convierta a los ciudadanos en críticos, no en espectadores.
Como escribió el historiador Gabriel Salazar: «Chile no es un país pobre, es un país empobrecido por su propia incapacidad de mirarse al espejo sin prejuicios» (2012, p. 45). La solución no está en un nuevo líder ni en otra Constitución, sino en una sociedad que exija a sus actores políticos dejar de lado el libreto de la Guerra Fría. El reloj no se detiene: o aprendemos a escribir una nueva obra, o el teatro seguirá funcionando con nosotros como espectadores pasivos, pagando la entrada con IVA y aplaudiendo sin entender el guion.
Referencias
- Fermandois, J. (2005). *Mundo y fin de mundo: Chile en la política exterior 1900-2004*. Ediciones UC.
- Enlace: https://www.edicionesuc.cl
- Harmer, T. (2011). Allende’s Chile and the Inter-American Cold War. University of North Carolina Press.
- Enlace: https://uncpress.org
- INE (Instituto Nacional de Estadísticas de Chile). (2023). Encuesta Nacional de Juventud.
- Enlace: https://www.ine.cl
- Jansen, J. (2009). Knowledge in the Blood: Confronting Race and the Apartheid Past. Stanford University Press.
- Enlace: https://www.sup.org
- Ministerio de Educación Pública de Costa Rica. (2021). Programa de Justicia Intergeneracional en el currículo educativo.
- Enlace: https://www.mep.go.cr
- OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos). (2023). Estadísticas de evasión fiscal en Chile.
- Enlace: https://www.oecd.org/tax
- OECD-PISA. (2022). Resultados PISA 2022: Chile.
- Enlace: https://www.oecd.org/pisa
- ONU-Derechos Humanos. (2021). Informe sobre la privatización del agua en Chile.
- Enlace: https://www.ohchr.org
- Pettinà, V. (2018). Historia mínima de la Guerra Fría en América Latina. El Colegio de México.
- Enlace: https://colmex.academia.edu
- PNUD (Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo). (2022). Informe sobre confianza en instituciones políticas en Chile.
- Enlace: https://www.cl.undp.org
- Salazar, G. (2012). Historia de la acumulación capitalista en Chile. LOM Ediciones.
- Enlace: https://www.lom.cl
- Servicio de Impuestos Internos de Chile (SII). (2023). Recaudación fiscal del IVA.
- Enlace: https://www.sii.cl
- Universidad Diego Portales. (2021). Estudio sobre educación cívica en Chile.
- Enlace: https://educacion.udp.cl
