
ex concejal y ex director laboral Banco del Estado.
En vísperas del inicio del primer gobierno de ultraderecha tras la dictadura de Pinochet, lo central es la formulación de estrategias comunes para organizar la defensa de las conquistas sociales y políticas de estas últimas décadas. En ese contexto, la clave del periodo, pareciera ser la articulación de un marco general de sentido que busque aunar esfuerzos ante un escenario político adverso.
Ir en esa dirección, requiere liderazgo político y dejar atrás si este o aquel sector consiguió más o menos derechos siendo gobierno, si habrán de existir dos, tres o cuatro izquierdas. En el presente escenario, lo que define posicionamiento político es evitar la pérdida de derechos sociales y económicos, lo que de concretarse, implicará, indefectiblemente, el retroceso de todas esas “formas” de izquierda, mayor precariedad de su base social y la de todo el amplio espectro del pueblo chileno.
Desentenderse de la defensa de las conquistas sociales, equivale a clausurar la posibilidad de que la izquierda vuelva a reconectarse con su pueblo. Y de alcanzar nuevamente el gobierno, pueda sustentarse en una poderosa fuerza social y política que le permita poder cumplir lo prometido.
En escenarios institucionales adversos como el que se avizora, evitar retrocesos en derechos, bienes públicos y espacios comunitarios, se constituye en la acción política a destacar y articular a todos los niveles: direcciones políticas, fuerzas parlamentarias, liderazgos municipales y de organizaciones sociales nacionales, intermedias o de base. Lo estrategico es sostener instituciones, defender prácticas y lenguajes solidarios, disputar el sentido común como forma de construir futuro y vencer la resignación que generan las derrotas.
Del gobierno que comienza a instalarse, comenzaremos a conocer poco a poco el despliegue de sus politicas. Sin embargo, la orientación principal es clara: mercantilización a escala superior de las relaciones sociales y ausencia de un Estado promotor de soluciones universales en el plano interno y alineamiento ideológico con los gobiernos de ultraderecha en la región y resto del mundo, a un costo por el momento indeterminado para la soberanía de un país como Chile, que en el tiempo ha logrado mantener márgenes de flexibilidad en sus relaciones internacionales sin sacrificar su independencia ante las grandes potencias. Hoy esa forma de relacionarse con el mundo, está puesta en duda.
Por otro lado, si – como todo parece indicar— el rol del Estado como promotor de soluciones universales es deliberadamente erosionado desde el plano institucional, entonces se vuelve una tarea política ineludible defender, proyectar y articular aquellas prácticas de desmercantilización de las relaciones sociales que, de manera excepcional pero significativa, emergieron desde la sociedad civil en el transcurso de las últimas tres décadas.
Nos referimos con ello a las cooperativas y economías solidarias (de trabajo, consumo y vivienda), experiencias de autogestión del hábitat y redes de apoyo mutuo de larga tradición en la vida comunitaria chilena, así como de las organizaciones comunitarias de agua potable rural que gestionan el acceso al agua como bien común.
A las anteriores se suman las prácticas de pueblos originarios, especialmente mapuche, basadas en la reciprocidad y el vínculo territorial; los mercados locales como espacios de intercambio social antes que puramente mercantil; y un amplio tejido de radios comunitarias, centros culturales y colectivos feministas de cuidados, que cuestionan por su sola existencia la mercantilización de la vida cotidiana y ponen en el centro la reproducción social y la solidaridad. Instancias que un sector de la izquierda solo mira una vez posicionada desde la verticalidad del Estado, sin poco paternalismo, y no desde una relación horizontal, sistemática y permanente, que es necesario desarrollar e instalar como práctica política.
Si, como ya comienza a observarse, el próximo gobierno refuerza desde el plano institucional la radicalización del neoliberalismo, la necesidad de soluciones universales y solidarias no desaparece como horizonte, sino que cambia de escala y de temporalidad. Es por ello necesario enriquecer la narrativa universal y solidaria como vía de superación de un modelo de sociedad que no asegura paz social, reproduce clasismo y genera una mayor y más profunda exclusión social.
Con todo, es necesario tener presente que politicas sociales mercantiles extremas bien podrían generar efectos indeseados a la lógica dominante. Uno de ellos, es que la ausencia del Estado en la solución de las muchas carencias existentes en sectores significativos de la sociedad chilena, podría abrir curso a un acelerado renacer de prácticas comunitarias y formas de economía social como espacios en los que vuelva a expresarse y vivirse como experiencia concreta la solidaridad organizada. Otro de esos riesgos, por la negativa, es que genere más y mejores condiciones para que sean el narcotráfico y el crimen organizado los que sigan fortaleciéndose en el territorio, un proceso que tiene años y ha sido documentado por investigadores sociales y diferentes analistas políticos. Cuál sería el escenario que se abre en este último caso para contrarrestarlo, ¿la militarización?
El pueblo chileno ha sido históricamente fértil en experiencias solidarias de reciprocidad comunitaria. Lo demuestran las ollas comunes en momentos críticos, no tan lejanos de nuestra historia: durante el cólera al inicio del ciclo democrático, más tarde en la pandemia del Covid-19. Y, una y otra vez, frente a la destrucción masiva provocada por los incendios.
En ese mismo sentido, tanto las expresiones del pasado como las propias de la época que vivimos —tales como las comunidades energéticas, las redes de soberanía alimentaria y el uso de tecnologías abiertas— constituyen prácticas que introducen lógicas no lucrativas y formas de gestión democrática.
En todos esos casos, se configuran experiencias útiles para fortalecer el tejido social y generar formas de autonomía cotidiana, sin lo cual se restringen significativamente las posibilidades de construir una mayoría política, social y cultural que tenga por utopía superar positiva y constructivamente el orden de capitalismo neoliberal existente.
Ese es el camino que debe seguir la izquierda, fortaleciendo y acompañando como uno más esos procesos.





