Ex Comité Central
La elección que llevó a José Antonio Kast a la Presidencia de la República no fue únicamente una derrota electoral para la centroizquierda, y mucho menos para el socialismo chileno. Fue también una señal de advertencia. Después de décadas siendo una de las principales fuerzas de gobierno y un actor decisivo en la recuperación de la democracia, el Partido Socialista enfrenta hoy la necesidad de reconstruir una mayoría política y social capaz de ofrecer una alternativa de futuro para Chile. Una tarea que conlleva coherencia y responsabilidad política.
Toda derrota obliga a una reflexión, y eso no significa ser autoflagelantes entre nosotros mismos. La ciudadanía expresó un mensaje que no puede reducirse a una coyuntura ni atribuirse solamente al desgaste de un gobierno o de una coalición. Existe un cambio profundo en las expectativas de los chilenos, una mayor exigencia hacia la política y una demanda por respuestas concretas en materias como seguridad, crecimiento económico, salud, vivienda y calidad de vida. Una desigualdad que es cruel en todas sus formas, ignorar esa realidad sería repetir los errores del pasado.
Sin embargo, la respuesta no puede ser el repliegue ni la fragmentación, nuestra historia demuestra que las mayores contribuciones al país de las y los socialistas, se produjeron cuando fuimos capaces de construir amplias alianzas democráticas. Así ocurrió durante la lucha contra la dictadura, en la Concertación y en los grandes acuerdos que permitieron consolidar la democracia y avanzar en políticas sociales que redujeron la pobreza, ampliaron derechos y fortalecieron las instituciones.
Hoy ese espíritu debe recuperarse, una mirada más amplia no significa renunciar a las convicciones; significa comprender que ningún partido, por sí solo, representa la diversidad del Chile de hoy. El desafío consiste en articular un proyecto común entre las fuerzas progresistas, democráticas y reformistas, basado en un programa claro, responsable y conectado con las preocupaciones reales de la ciudadanía.
Esa unidad debe construirse, a mi entender, sobre tres pilares. El primero es la autocrítica. No habrá recuperación de la confianza si no existe una evaluación honesta de los aciertos y errores cometidos durante los años de gobierno. El segundo es la renovación, incorporando nuevos liderazgos sin prescindir de la experiencia acumulada. El tercero es la capacidad de formular una propuesta que combine crecimiento económico, justicia social, seguridad pública y fortalecimiento de la democracia.
La oposición al gobierno de Kast no puede limitarse a la denuncia permanente ni a la confrontación ideológica. Debe ofrecer alternativas viables, ejercer una fiscalización rigurosa y demostrar que existe una forma distinta de gobernar con eficacia, responsabilidad y sentido de Estado. Una oposición que solo reacciona difícilmente convence; una oposición que propone puede volver a convertirse en mayoría.
El Partido Socialista, sus militantes, adherentes y simpatizantes, tienen una responsabilidad especial en ese proceso. Su historia, su presencia territorial, la más importante de la centro izquierda, y su experiencia de gobierno nos convierten en un actor llamado a facilitar los acuerdos y a contribuir a la reconstrucción de una mayoría democrática. Ello exige abandonar cualquier pretensión de hegemonía y asumir un liderazgo basado en el diálogo, el respeto a la diversidad y la construcción colectiva.
La derrota frente a Kast puede convertirse en un punto de inflexión. No porque la alternancia en el poder sea un fracaso de la democracia, sino porque obliga al socialismo chileno a redefinir su proyecto para una nueva etapa histórica, por esos las Conferencias Comunales, Regionales y la Conferencia Programática Nacional adquiere una gran relevancia para las y los socialistas. Las sociedades cambian, las demandas evolucionan y las fuerzas políticas que no se adaptan terminan perdiendo relevancia.
El desafío del socialismo chileno no consiste únicamente en volver al gobierno. Consiste en recuperar la confianza ciudadana, reconstruir una amplia mayoría democrática y ofrecer un horizonte de esperanza para un país que demanda seguridad, desarrollo, igualdad de oportunidades y cohesión social. Si la derrota se convierte en aprendizaje y la unidad en una convicción política, el socialismo podrá volver a desempeñar el papel histórico que ha tenido en los momentos decisivos de Chile.
