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El truco de la «Superinteligencia»: por qué le cambiaron el nombre a la Inteligencia Artificial

Lejos de ser un avance científico, es una jugada de poder. 

Foto: EFE/EPA/Tierney L. Cross

 

La reciente decisión del gobierno de Donald Trump en Estados Unidos parece sacada de la ciencia ficción: ha ordenado dejar de llamar «Inteligencia Artificial» (IA) a esta tecnología, para pasar a llamarla «Superinteligencia» (SI). También, ha determinado que las grandes empresas tecnológicas serán las encargadas de «autorregularse», es decir, de ponerse sus propias reglas.

Para entender lo que esto significa, imaginemos una situación sencilla.

Supongamos que un grupo de empresas inventa un medicamento revolucionario. Al principio lo llaman «Suplemento Inteligente». Pero un día, los dueños de esos laboratorios van a ver al presidente y le dicen: «Señor, esto ya no es un simple medicamento, es un ‘Súper-Suero Genético’. Es tan poderoso que podría curar todas las enfermedades, pero si nos equivocamos en la dosis, podría volver loca a toda la humanidad. Por lo tanto, no envíe a los inspectores de salud a nuestros laboratorios. No intente ponernos reglas. Nosotros mismos nos vigilaremos para evitar una tragedia».

El presidente acepta.

Pues bien, eso es exactamente lo que acaba de pasar con la tecnología más poderosa del mundo. Lejos de ser un avance científico, es una jugada de poder. 

1. El truco del nombre: Asustar para no ser controlados

Cambiar la palabra «Inteligencia Artificial» por «Superinteligencia» no fue un capricho. Es una jugada psicológica.

Si le llamas IA, la gente entiende que es una herramienta, como una app de celular o un sistema bancario, algo que los gobiernos deben regular para proteger a los usuarios. Si le llamas «Superinteligencia», generas pánico. Haces creer a la sociedad que estamos al borde de un apocalipsis estilo Terminator. Y cuando la gente tiene miedo, acepta cosas que en calma no aceptaría: en este caso, que el gobierno diga «es tan complejo y peligroso que solo los creadores saben cómo controlarlo».

Al ponerle un nombre de película de ciencia ficción, le quitan a los políticos y a los ciudadanos la capacidad de opinar. El miedo es la excusa perfecta para entregarle el control absoluto a las corporaciones.

2. ¿Por qué el gobierno deja que las empresas se pongan sus propias reglas?

Puede parecer que el gobierno estadounidense es ingenuo o que fue comprado por las grandes corporaciones, pero hay tres razones de fondo que explican esta decisión:

  • El miedo a perder la carrera contra China: Para Estados Unidos, esta tecnología es la nueva «bomba atómica». Si el gobierno de Washington le pone trabas y leyes estrictas a sus empresas, el avance se vuelve lento. Mientras tanto, China se mueve a toda velocidad sin esas trabas. Al permitir la autorregulación, el gobierno prefiere arriesgarse a que las empresas hagan lo que quieran, con tal de no perder la carrera tecnológica mundial.
  • El Estado no entiende la tecnología: El gobierno admite que no tiene la capacidad técnica para entender lo que están haciendo los ingenieros en Silicon Valley. Los políticos y burócratas se dan cuenta de que, al intentar regular la «Superinteligencia», siempre van tres pasos por detrás de los creadores. Es más fácil lavarse las manos y decir: «Ustedes saben lo que hacen, arréglensela».
  • Mantener viva la burbuja de dinero: La Inteligencia Artificial se ha vuelto extremadamente cara. Entrenar a estas máquinas cuesta miles de millones de dólares, y los inversores en la bolsa empezaban a dudar de si tantas ganancias eran reales. Prometer que estamos a puertas de la «Superinteligencia» es una jugada de marketing para que los inversores sigan poniendo dinero y las acciones de estas empresas no se desplomen.

3. El zorro cuidando el gallinero

La decisión de que las empresas se «autorregulen» suena bien sobre el papel: vamos a confiar en que se porten bien. En la práctica, es legalizar un monopolio.

Al dejar que las grandes empresas se pongan sus propias reglas, logran tres cosas:

  • Hacen lo que quieren: Sin un gobierno vigilando, pueden usar los datos de los usuarios sin límites, automatizar despidos masivos y aumentar sus ganancias sin que nadie les exija responsabilidad social.
  • Eliminan a la competencia: Las grandes empresas van a crear «reglas de seguridad» tan caras y complejas que ninguna empresa pequeña podrá cumplirlas. Así quedan solos en el negocio.
  • Cero responsabilidad: Si algo sale mal mañana, las empresas dirán: «Nosotros estábamos autorregulándonos según lo acordado con el gobierno, no es nuestra culpa».

4. ¿Y qué pasa con el resto del mundo?

Para países como los de América Latina, África o el sudeste asiático, esta jugada es un golpe definitivo a la soberanía. Nosotros no tenemos los miles de millones de dólares ni los gigantescos superordenadores necesarios para crear esta «Superinteligencia». Nuestro rol en esta historia es el de proveedores de datos baratos y consumidores obligados.

A estas alturas, para América Latina ya no es una advertencia, es el pan de cada día. Estamos atrapados en un callejón entre dos imperialismos tecnológicos que soslayan nuestra autonomía: por un lado, consumimos la «Superinteligencia» cerrada y monopolística de las corporaciones de California, que extraen nuestros datos sin límites y operan bajo las reglas que ellas dictan en sus juntas directivas. Si nuestros gobiernos intentan proteger los empleos locales o exigir responsabilidad, EE. UU. nos acusará de ser «países atrasados que frenan la innovación».

Por el otro lado, nos vemos obligados a depender de la infraestructura y los modelos de desarrollo impulsados por el Estado chino. Si bien representan una alternativa al monopolio de Silicon Valley, responden a su propia agenda estratégica y a sus intereses geopolíticos, consolidando un modelo de dependencia tecnológica que también nos arrebata la capacidad de decidir.

Ambas potencias han construido sus propios jardines amurallados. Nos entregan un producto cerrado, nos quitan la capacidad de opinar sobre cómo usarlo y nos culpan si nos quejamos. No hay soberanía tecnológica en este escenario, solo la ilusión de elegir entre dos formas de coloniaje digital.

El escudo de humo perfecto

Esta decisión no fue un avance tecnológico, sino un golpe de mercado y geopolítico.

Las grandes corporaciones tecnológicas, de la mano de Washington, crearon un escudo de humo monumental. Cambiaron el nombre a la tecnología para asustar a todo el mundo con un apocalipsis de ciencia ficción y, bajo la excusa de «protegernos de ese peligro» y de «ganarle a China», se dieron a sí mismos permiso para operar sin leyes, sin competencia y sin supervisión democrática.

Mientras la prensa mundial debate si las máquinas del futuro nos van a extinguir, estas empresas hoy están concentrando billones de dólares, reestructurando el mercado laboral y tomando el control de cómo accedemos a la información, sin que nadie les ponga un freno. Esa es la verdadera «superinteligencia»: saber cómo usar el miedo para que te regalen el mundo.

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