Gobernar una sociedad cansada: Alienación, tecnocracia y el vaciamiento silencioso de la democracia chilena

Foto: Psicología y Mente (https://psicologiaymente.com/psicologia/soledad-individualismo-modernidad)

 

Chile atraviesa una crisis que no siempre se expresa en cifras alarmantes ni en rupturas institucionales evidentes. Las elecciones se realizan, las políticas públicas continúan ejecutándose y el Estado sigue funcionando. Sin embargo, bajo esa superficie de normalidad persiste una sensación social extendida de cansancio, desconexión y pérdida de sentido. No se trata solo de desafección política ni de malestar económico coyuntural. Se trata de una crisis de vínculo entre la ciudadanía y las estructuras que organizan la vida social.

Para comprender esta crisis, el concepto de alienación resulta particularmente útil. Desde Hegel hasta Marx, y luego reformulado por la teoría social contemporánea, la alienación permite nombrar una experiencia central de la modernidad: vivir en un orden que no se reconoce como propio, que aparece como externo, técnico, inevitable y ajeno a la acción colectiva. En el Chile actual, esta experiencia se ha vuelto transversal.

Las instituciones funcionan, pero ya no integran. El Estado administra, pero no convoca. La política gestiona, pero no delibera. En términos hegelianos, el problema no es la ausencia de instituciones, sino la pérdida de reconocimiento. El ciudadano obedece reglas que no siente como expresión de su voluntad colectiva. Cumple procedimientos, pero no se reconoce en ellos. La democracia, así, se mantiene en pie, pero se vacía por dentro.

Esta alienación institucional se refuerza por la racionalidad neoliberal que ha estructurado el Estado chileno durante décadas. Como mostró Michel Foucault, el neoliberalismo no es solo un modelo económico, sino una forma de gobierno que produce subjetividades. El individuo es interpelado como responsable absoluto de su destino, como gestor de su propio riesgo. El éxito se atribuye al mérito personal; el fracaso, a la falta de esfuerzo. Bajo esta lógica, el conflicto social deja de ser legítimo y se transforma en una anomalía que debe ser corregida o silenciada.

El resultado es una ciudadanía formalmente libre, pero estructuralmente impotente. La política se presenta como administración de restricciones, no como espacio de decisión colectiva. Jürgen Habermas advirtió que cuando los sistemas del dinero y del poder colonizan el mundo de la vida, la deliberación democrática se reemplaza por criterios técnicos. En Chile, esta colonización se expresa en un lenguaje político crecientemente experto, fiscal y procedimental, que reduce el debate público a lo posible y clausura la discusión sobre lo deseable.

Esta racionalidad no solo afecta a la política institucional. Atraviesa también la experiencia cotidiana del trabajo. Siguiendo a Marx, la alienación moderna se arraiga en la organización material de la vida. Cuando el trabajo deja de ser espacio de comunidad y reconocimiento y se convierte en mera supervivencia individual, el lazo social se erosiona. La debilidad de las mediaciones colectivas —particularmente del sindicalismo— no es un fenómeno neutro: es un mecanismo que individualiza el malestar y despolitiza el conflicto.

Cuando el conflicto no encuentra cauces colectivos estables, se interioriza. Se vive como ansiedad, frustración o agotamiento. Aquí la alienación ya no es solo económica o política, sino también subjetiva. Zygmunt Bauman describió este fenómeno como parte de la modernidad líquida: una vida marcada por la inseguridad permanente, la fragilidad de los vínculos y la imposibilidad de proyectar el futuro. La vida deja de pensarse como trayecto y se convierte en una secuencia de contingencias a administrar.

Byung-Chul Han profundiza este diagnóstico al mostrar cómo la sociedad del rendimiento produce sujetos cansados, autoexplotados y culpabilizados. El cansancio social no es apatía ni indiferencia. Es sobrecarga estructural. Es vivir permanentemente al límite de la adaptación, sin tiempo ni energía para sostener proyectos comunes, deliberar colectivamente o disputar sentido político.

Este agotamiento tiene consecuencias profundas para la democracia. Hannah Arendt sostenía que la política solo existe allí donde hay un mundo común, un espacio en el que los sujetos aparecen juntos mediante la palabra y la acción. Cuando la política se reduce a gestión de necesidades y control de riesgos, ese mundo desaparece. Queda la administración, pero no la acción. Queda la norma, pero no la comunidad.

En este punto, el aporte de Humberto Maturana resulta decisivo. Para él, lo social se sostiene en la legitimidad del otro en la convivencia. Cuando la competencia, la desconfianza y el miedo estructuran las relaciones, esa legitimidad se erosiona. El otro deja de ser interlocutor y se convierte en amenaza o rival. La alienación, entonces, se vuelve también relacional: separa a las personas no solo del Estado o del trabajo, sino entre sí.

Este cuadro ayuda a comprender por qué, en contextos de fatiga social, ganan terreno discursos que prometen soluciones simples a problemas complejos. En sociedades cansadas, la complejidad se vive como excusa y la explicación como dilación. La tentación de reducir lo político a gestos expeditivos no surge de la nada: surge de una ciudadanía que ya no siente que la democracia le pertenezca.

Sin embargo, el riesgo es evidente. Cuando la política abandona la explicación y la deliberación en nombre de la rapidez, no fortalece la democracia: la debilita. La promesa de orden sin mundo común puede ser eficaz en el corto plazo, pero erosiona aún más el vínculo social que la democracia necesita para sostenerse.

Chile no enfrenta solo una crisis de políticas públicas ni una crisis de representación. Enfrenta una crisis de vínculo social. El trabajo no integra, la política no representa, el Estado no reconoce y la comunidad no protege. La alienación funciona como el hilo invisible que conecta estas fracturas.

Superar esta crisis no es una tarea técnica ni comunicacional. Es una tarea profundamente política y cultural: reconstruir reconocimiento, deliberación y comunidad en una sociedad cansada. Sin ese esfuerzo, Chile puede seguir funcionando. Pero seguirá agotándose. Y una democracia agotada, tarde o temprano, deja de sostenerse a sí misma.