
Periodista
Esta no será la primera ni la última vez que diga que Jorge Marchant Lazcano es el mejor escritor chileno vivo. Y ese no es un juicio sin fundamentos. En su ya larga carrera, ha relatado a Chile, y a los chilenos, de modo descarnado mediante su pluma de fino talento, sin tapujos. Pero de alguna rara manera que tiene un dejo de compasión.
Sus novelas poseen más capas que una cebolla; pero ninguna de ellas es desechable. En un envase que, como en La Beatriz Ovalle, parece frívolo, acecha una mirada filuda, develadora de usos y costumbres que no dan para aplauso. Desde dicha novela en adelante, por sus creaciones han desfilado épocas y clases y géneros como escenarios de diversas tragedias narradas no como tales, sino con una liviandad de viento suave que, sin embargo, arrastra tierra suelta, piedras, hojas y palos. Uno hasta puede reírse. O decir “me entretuve leyendo” tal o cual novela. Por que, claro, ahí está la trampa.
Vayamos por capas. Ya otras de sus novelas habían sido situadas en los siglos pasados. Me parece que no somos felices, en los años en que Enrique McIver planteaba el desajuste, la falta de algo que diera sentido a esta vida de sus connacionales. O en El ángel de Chile, cómo otras realidades nada de festivas se infiltraban en las celebraciones del Centenario. El primero. El original. Ecos de todo eso se dejan sentir en Historia de las humillaciones la novela que, espero, no sea la definitiva, aunque su autor ha dejado muy instalada la idea de que “después de esta, nada más”. No es primera vez que lo asegura, pero su pluma, su cabeza y su corazón son inquietos y quiero creer que ahora tampoco cumplirá ese sino autoimpuesto.

Empecemos a mirar esta historia abriendo las puertas de El Barco, el edificio emblemático del momento en que Chile comenzó a creer que podía dejar de ser el país provinciano de casas bajas y haciendas extendidas. Instalado frente a otro hito de la ciudad, el cerro Santa Lucía, esta primera construcción de un conjunto de departamentos divide, nuevamente después de las obras de Vicuña Mackenna, la ciudad en un antes y un después. La novela va más atrás, a un tiempo en que las casas eran bajas y quienes las habitaban estaban lejos de constituir la clase alta. Los personajes de ese primer tiempo serán los primeros hilos de una historia que no es lineal, que salta por las épocas, pero donde los personajes están ligados por la sangre, por los avatares del destino o por la clase.
Como un gran friso de gran parte del siglo XX (el Barco fue construido entre 1932 y 1934, pero el relato mira ese territorio desde antes, como decía), Marchant dibuja los acontecimientos que marcan la vida de sus personajes, dejando al desnudo aquellas situaciones en que la humillación mordió sus carnes. Esos acontecimientos están enmarcados por un contexto social y cultural narrado lejos del estilo de una clase de historia sino como el justo pincelazo para ubicar los acontecimientos y dar un sustento a los diversos tipos de afrentas que se suceden en la novela. Cada tiempo, cada personaje y sus relaciones daría pie para una novela por sí sola, pero acá se tejen en una sinfonía de la ciudad y sus habitantes que, en cada momento, brilla y asombra.
Sigamos con las capas. Coral en su estructura, la reciente novela de Marchant, deja con el sabor en la boca para pasar a una nueva situación, a otros aspectos de los caracteres que fue creando. Es una novela como para catadores: un poco de cada gusto, reconociendo en cada sabor las cepas, los dejos frutales, dulces, amargos, apimientados o acanelados.
Es una de sus novelas más largas, pero uno siente el deseo de seguir sabiendo qué pasó con tal o cual señora, con tal o cual varón. La construcción de quienes llevan las muchas historias que se cruzan en los pisos del Barco, muestra esqueletos firmes y, a veces diametralmente opuestas, especificidades que los recubren. Siempre son seres verdaderos.Uno puede imaginarlos caminando por la calle, asistiendo a una fiesta, rememorando París, regentando una casa de putas en el sur o viviendo en una pensión de un barrio de Santiago venido a menos. Se siente, se huelen, las envidias, los celos, las traiciones, los deseos. Y no siempre se trata de olor a rosas. Porque Marchant no es complaciente con sus criaturas. Los ha observado con distancia, con rabia a veces, con compasión o risa, en otras. Son el reflejo de seres reales que el escritor ha ido descubriendo a lo largo de su vida, que ya es larga. Desde mapuches avecindados en Santiago, hasta siúticos en París. De todo. Como en la viña del Señor.
Más capas de esta cebolla: hay escenas memorables. La fiesta de las drag queen, travestidas como Eva Perón, María Ruiz Tagle de Frei o Sarita Montiel. El incendio de la panadería y todas sus repercusiones. Estos momentos componen otro friso: el de las acciones que hacen moverse a la maquinaria del relato. Ninguna sobra y podrían haber sido más, porque como en la existencia, los sucesos no se detienen y el autor podría sacar de su galera decenas de otras situaciones.
Al fondo, como en prácticamente toda su literatura, el tema de la homosexualidad masculina. Sin duda este motivo es uno de los más poderosos dentro su creación, pero no está aislado. Es parte del entramado. De la crítica social, de la mirada trasversal a las clases buscando las similitudes y diferencias de ser parte de una sociedad que anula, ridiculiza y pocas veces, casi nunca, normaliza.
Solos, perplejos frente al mundo y haciéndole frente, tanto los personajes hetero como los homosexuales en esta saga a la chilena, son veces patéticos, otras queribles, pero siempre están hechos de materiales sólidos. Son consistentes y quien lee se enfrenta a saber si su propio lugar en el mundo está entre los humillados o entre quienes humillan.





