
Analista sociopolítico Foco LATAM | Profesor e investigador en Ciencias Sociales
Doctorando – Universidad de Tarapacá
Profesor de Historia Universal, Master en Educación Ciudadana
Licenciado en Educación (Marxismo e Historia) – Universidad de Camagüey
La fotografía es perfecta para el manual trumpista: mandatarios latinoamericanos alineados, puños en alto, sonrisas de campaña electoral. Detrás, la frase que resume décadas de relaciones hemisféricas: “No voy a perder tiempo aprendiendo su maldito idioma”, soltó Donald Trump ante sus invitados, mientras Marco Rubio oficiaba de traductor y puente cultural.
Pero es hacia Cuba donde la mirada del expresidente estadounidense se ha vuelto más insistente en los últimos días. Entre el 27 de febrero y el 7 de marzo, Trump ha desplegado una batería de declaraciones que, leídas en conjunto, revelan una estrategia comunicacional cuidadosamente diseñada para consumos múltiples: “toma amistosa de Cuba”, “cuestión de tiempo”, “va a caer bastante pronto”, “está lista después de 50 años”, “muy al final de la línea”.
La pregunta que flota sobre estas frases no es si Cuba caerá —la historia reciente desmiente esa posibilidad— sino qué función cumplen en el tablero político de un presidente debilitado internamente, con guerras complicadas en otros frentes y una base electoral que exige gestos de firmeza.
La cronología de una obsesión
Para comprender la estrategia, es necesario ordenar los hitos:
· 27 de febrero: Trump plantea la posibilidad de una “toma amistosa de Cuba”, sugiriendo conversaciones en curso y describiendo a la isla como una nación en “serios problemas” que podría ser objeto de una “acción positiva” por parte de Estados Unidos.
· 5 de marzo: El presidente declara que primero quiere “terminar con Irán” y que, después, Cuba sería “cuestión de tiempo”, estableciendo una conexión explícita entre ambos frentes.
· 6 de marzo: Remata diciendo que Cuba “va a caer bastante pronto” y que el país “está lista después de 50 años”, en una frase que condensa décadas de política de asfixia.
· 7 de marzo: Vuelve a insistir en que Cuba está “muy al final de la línea”, redoblando la apuesta discursiva.
La secuencia no es casual. Responde a una lógica de acumulación, de repetición obsesiva, que busca instalar una idea en el imaginario colectivo: la caída de Cuba es inevitable.
La banalización de la agresión como método
El primer elemento que salta a la vista es el lenguaje. Trump no habla de “invasión”, “intervención militar” o “cambio de régimen”. Utiliza términos deliberadamente imprecisos y despectivos: “toma amistosa”, “caer”, “últimos momentos”.
Este vocabulario cumple varias funciones simultáneas:
Por un lado, banaliza la gravedad de una intervención. Calificar de “amistosa” una operación que implicaría la ocupación de un país soberano reduce la tensión ante la opinión pública estadounidense y mundial. Es la misma lógica de las “guerras quirúrgicas” o las “intervenciones humanitarias”: palabras que limpian la realidad de su sangre y su violencia.
Por otro lado, infantiliza y degrada a Cuba. La isla no es presentada como un sujeto de derecho internacional, con historia, cultura y capacidad de resistencia, sino como un objeto a punto de “caer”, como un enfermo en sus “últimos momentos”. Esta deshumanización del adversario es un paso previo necesario para justificar cualquier acción futura: lo que no es plenamente humano puede ser intervenido sin remordimientos.
La historia de la retórica imperial está llena de estos mecanismos. Desde la “carga del hombre blanco” de Kipling hasta las “guerras preventivas” del siglo XXI, el lenguaje ha servido siempre para maquillar la violencia con palabras amables.
La estrategia de la profecía autocumplida
Pero hay algo más profundo en la repetición obsesiva de Trump. Al insistir una y otra vez en que Cuba “va a caer”, el expresidente intenta construir una realidad paralela donde la caída es inevitable. Es la lógica de la profecía autocumplida: si se repite lo suficiente que algo va a suceder, se termina generando las condiciones para que efectivamente ocurra.
Esta estrategia apunta a tres audiencias diferenciadas:
1. Audiencia interna estadounidense: Para Trump, las declaraciones sobre Cuba son un mensaje a su base electoral. En un momento de debilidad política —las encuestas de Reuters/Ipsos lo sitúan en torno al 39% de aprobación, y el 61% de los estadounidenses cree que se ha vuelto más errático con la edad—, necesita mostrar que sus promesas de línea dura se están cumpliendo. El discurso agresivo desvía la atención de los problemas económicos internos y de la creciente impopularidad de sus aventuras bélicas, como los bombardeos sobre Irán, que apenas contaban con un 27% de apoyo a inicios de marzo.
2. Audiencia cubana: El mensaje hacia adentro de la isla busca generar desaliento, una sensación de aislamiento e inevitabilidad. La esperanza es que, convencidos de que la caída es inminente, sectores de la población o del propio gobierno opten por facilitar el cambio desde dentro. Es la misma lógica de la guerra psicológica que Washington ha empleado durante décadas contra La Habana.
3. Audiencia geopolítica: Hacia los actores internacionales, el mensaje es que el destino de Cuba está sellado y que es mejor alinearse con Estados Unidos desde ya. Se busca replicar el efecto observado tras la intervención en Venezuela, donde algunos gobiernos y empresas ajustaron rápidamente sus posiciones para no quedar del lado perdedor.
El talón de Aquiles: Irán y la resistencia venezolana
El problema para esta estrategia es que choca frontalmente con la realidad. La premisa de Trump de que todo se resolvería rápido se enfrenta a dos muros difíciles de escalar.
Primer muro: Irán. La administración estadounidense ha intensificado su postura contra Teherán, un aliado clave de Cuba, con la idea de que desmantelando las redes de apoyo de los gobiernos hostiles se facilitaría el camino hacia La Habana. Pero Irán no da señales de rendirse ni de negociar en los términos que Trump pretende imponer. Un conflicto prolongado allí consume recursos militares, atención mediática y capital político, haciendo mucho más compleja y costosa cualquier aventura adicional en el Caribe.
Segundo muro: Venezuela. Lo ocurrido el 3 de enero —la intervención militar que resultó en la captura de Nicolás Maduro y la imposición de un gobierno interino liderado por Delcy Rodríguez— fue presentado por Washington como un modelo de éxito. Sin embargo, mirado de cerca, el ”éxito” venezolano es un espejismo operativo.
La comunidad internacional sigue profundamente dividida. Europa, con España a la cabeza, ha mostrado su rechazo frontal a la legalidad de esa intervención. Países que inicialmente apoyaron la acción han comenzado a distanciarse conforme se revelan los costos humanitarios y políticos. Aplicar el mismo modelo en Cuba sería exponencialmente más difícil.
Cuba: la resistencia como dato histórico, no como eslogan
Quienes sueñan con repetir el esquema venezolano en Cuba olvidan un detalle fundamental: la isla no es Venezuela. No lo es en términos de estructura social, ni en su relación histórica con Estados Unidos, ni en la cohesión de su proyecto nacional.
Cuba posee una característica que ningún misil ni declaración trumpista puede destruir: un sentido de identidad nacional forjado precisamente en la resistencia a los intentos de intervención externa. Desde Bahía de Cochinos (1961) hasta el Periodo Especial (década de 1990), pasando por décadas de bloqueo, atentados, leyes asfixiantes y campañas de desestabilización, la isla ha construido su existencia nacional en oposición al gigante del norte.
La historia demuestra que la “resistencia” no es un eslogan patriótico. Es un dato histórico verificable. Cada intento de doblegar a Cuba por la fuerza ha terminado en fracaso, y no hay razones sólidas para pensar que esta vez será diferente.
Además, mientras en Miami se habla de “caídas inminentes” y “últimos momentos”, en La Habana se impulsan reformas económicas concretas. El Decreto-Ley 114/2025, por ejemplo, crea por primera vez un marco legal para asociaciones entre empresas estatales y privadas, incluyendo sociedades mixtas con inversión extranjera. La estrategia declarada es “salir adelante con o sin bloqueo”, una fórmula que desafía directamente la narrativa de la caída inevitable.
La incoherencia de un proyecto frágil
El discurso de Trump sobre Cuba es, en resumen, una mezcla de amenaza imperial clásica con las formas del marketing político moderno: frases cortas, repetición obsesiva, deshumanización del adversario y creación de una realidad mediática paralela.
Pero su coherencia es extremadamente frágil. Depende de tres supuestos que la realidad se encarga de desmentir:
1. Que Irán será derrotado rápidamente, liberando recursos para el siguiente objetivo.
2. Que el modelo venezolano es replicable sin costos políticos insostenibles.
3. Que la sociedad cubana espera pasivamente su “caída” en lugar de organizar su supervivencia.
Ninguno de estos supuestos se sostiene. Irán resiste, Venezuela se ha convertido en un atolladero internacional, y Cuba sigue existiendo, tomando medidas, reformando su economía y manteniendo viva una identidad nacional que ha sobrevivido a 60 años de hostilidad sistemática.
¿Para quién habla realmente Trump?
Llegados a este punto, la pregunta obligada es: si la estrategia es tan frágil, si choca tan claramente con la realidad, ¿por qué insiste Trump en estas declaraciones?
La respuesta está en sus verdaderos destinatarios. El discurso sobre Cuba no está diseñado principalmente para convencer a los cubanos de que se rindan, ni para persuadir a la comunidad internacional de que se alinee con Washington. Su objetivo prioritario es otro: la base electoral de Trump en Florida.
El sur de Florida, y particularmente Miami-Dade, concentra una comunidad de origen cubano que ha sido históricamente sensible a las posturas de línea dura contra La Habana. Las recientes resoluciones de Miami-Dade pidiendo que Washington consulte al exilio sobre “el futuro de Cuba”, o el llamado Acuerdo de Liberación que plantea una transición por fases con un gobierno provisional, son señales de que ese sector sigue movilizado y expectante.
Para Trump, en un momento de debilidad política nacional, mantener encendida la llama de la “cuestión cubana” es una forma de asegurarse el voto de una comunidad que, aunque numéricamente limitada, puede ser decisiva en un estado péndulo como Florida.
El problema es que esa estrategia, funcional en el corto plazo electoral, hipoteca cualquier posibilidad de una política exterior realista hacia Cuba en el futuro. Alimenta expectativas imposibles de cumplir —una “toma amistosa” que nunca llegará— y refuerza en la isla la convicción de que cualquier concesión sería interpretada como debilidad.
¿Cuál es la conclusión? La historia que no termina de escribirse
Mientras Trump habla de “últimos momentos”, Cuba sigue existiendo. Mientras Miami organiza cumbres y reparte declaraciones, La Habana aprueba leyes y reordena su economía. Mientras Washington se enreda en Irán y Venezuela, la isla caribeña continúa su larga travesía de resistencia y transformación.
El discurso de Trump sobre Cuba es, en el fondo, un síntoma de algo más profundo: la dificultad de Estados Unidos para aceptar que su vecino del sur existe, resiste y se reinventa al margen de los designios imperiales. Una dificultad que, como han demostrado seis décadas de historia, no se resuelve con declaraciones altisonantes ni con profecías autocumplidas.
La resistencia cubana no es un eslogan. Es un hecho histórico. Y los hechos, como suele decirse, son tozudos.





