Neoliberalismo, obediencia interior y autoritarismo en Chile

Foto de Cottonbro Studio (Pexels)

 

En Chile al igual que en muchos rincones del mundo, el neoliberalismo no es sólo un modelo económico heredado: es una forma de vida profundamente interiorizada. Gobierna no sólo a través del mercado, sino mediante la gestión de la atención, del miedo y de la identidad. El reciente triunfo de Kast no puede leerse únicamente como un giro ideológico ni como un accidente electoral. Es, sobre todo, un síntoma del éxito de un régimen que ha logrado modelar subjetividades cansadas, reactivas y disponibles para el orden.

Hoy la atención se ha convertido en el principal campo de batalla político. Quien logra capturarla no sólo orienta el voto, sino que define el horizonte de lo pensable. El neoliberalismo chileno —más persistente que sus gobiernos— ha aprendido a gobernar produciendo dispersión, agotamiento y miedo. La subjetividad ya no es un espacio de resistencia: es infraestructura del sistema.

La dispersión permanente no es un efecto colateral de la era digital, sino una tecnología política funcional al orden. Noticias fragmentadas, escándalos sucesivos, polémicas identitarias y amenazas constantes fabrican un sujeto saturado, incapaz de sostener una pregunta sin caer en la reacción inmediata. Un sujeto así no piensa políticamente: responde emocionalmente. Y ese sujeto es terreno fértil para el autoritarismo.

El triunfo de Kast no expresa fortaleza ideológica, sino copamiento y agotamiento subjetivo. No surge de una ciudadanía empoderada, sino de una población exhausta, saturada de estímulos, desencantada del conflicto pequeño, permanente y dispuesta a delegar seguridad a cambio de silencio. El neoliberalismo no fracasa cuando emerge la ultraderecha: se completa, la ultraderecha es el Frankenstein que se complementa con su creador. El orden autoritario aparece como promesa de descanso y consumo frente al caos que el propio sistema ha producido.

Aquí la institucionalidad no actúa solo como árbitro corporativo, sino como gestor de emociones. Administra miedos, canaliza rabias, organiza la atención colectiva. La llamada guerra cultural cumple una función precisa: mantener la discusión en lo superficial, dividir identidades, intensificar reacciones, mientras las estructuras económicas y sociales permanecen intactas. Se nos invita a reaccionar constantemente, a indignarnos sin pausa, a tomar posición sin detenernos a pensar.

Ni la derecha autoritaria ni la izquierda identitaria interrumpen este régimen: ambas lo alimentan cuando reducen la política solo a reacción sin una pausa reflexiva. El neoliberalismo no teme al conflicto simbólico; lo necesita. Lo que no puede tolerar es la atención sostenida, el silencio, la interrupción del ritmo. No necesita censurar el pensamiento crítico: le basta con hacerlo inviable por agotamiento.

Por eso la resistencia ya no pasa por gritar más fuerte ni por multiplicar consignas. Pasa por algo políticamente más peligroso: recuperar soberanía sobre el tiempo interior. Detenerse antes de reaccionar, no consumir inmediatamente cada provocación, sostener la atención en una sola cosa, introducir silencio donde se exige ruido. Estos gestos no son privados ni terapéuticos: son actos de insubordinación cotidiana. En un régimen que vive de la reacción, no reaccionar es desobedecer.

La quietud, la atención sostenida y el cuidado no son evasiones ni espiritualismo. Son formas concretas de resistencia política en un país acostumbrado al sobresalto permanente. Negarse a vivir en estado de alerta, no alinearse de inmediato en cada batalla simbólica, no entregar la atención como tributo diario al miedo, vuelve al sujeto menos predecible. Y un sujeto impredecible es una amenaza para cualquier proyecto autoritario.

Pero el control no se ejerce solo capturando la atención. Se ejerce fijando identidades. En Chile, la identidad se ha convertido en un campo minado: etiquetas políticas, morales y culturales definen de antemano desde dónde se debe reaccionar. El yo neoliberal —obligado a definirse, exhibirse y defenderse— cree afirmarse, pero en realidad se vuelve administrable.

La identidad rígida tranquiliza al poder. Permite anticipar la reacción, organizar el conflicto, neutralizar la disidencia. El sujeto identificado responde como se espera. Por eso la desidentificación no es retirada ni neutralidad: es un gesto profundamente político. Desidentificarse es aflojar la obediencia interior, dejar de reaccionar desde la identidad herida o exaltada, observar el propio yo sin obedecerlo automáticamente.

Este gesto, silencioso y poco visible, desarma uno de los dispositivos centrales del neoliberalismo: la movilización permanente de afectos sin transformación real. Un sujeto desidentificado no se deja arrastrar fácilmente por el miedo, el odio o la nostalgia del orden. No se ofrece dócilmente como material de la guerra cultural.

Resistir el capitalismo de la atención y desidentificarse del yo son dos caras de una misma estrategia política: recuperar soberanía sobre la experiencia. En un país marcado por el trauma, la urgencia y la reacción constante, la quietud se vuelve una desaceleración insurgente. No es apatía ni repliegue: es reposicionamiento.

Desde ahí puede abrirse otra política. No una política del miedo ni de la reacción automática, sino una política de la duración, del pensamiento que no se deja interrumpir, del silencio que no se deja colonizar. Una política capaz de enfrentar el autoritarismo no replicando su lógica, sino retirándole su materia prima: la atención capturada.

El futuro político de Chile no se juega solo en elecciones o instituciones. Se juega en la capacidad —o incapacidad— de sostener la atención, el pensamiento y el silencio frente a un régimen que vive de nuestra reacción.

El poder no teme sólo a la protesta: teme, fundamentalmente, al sujeto que deja de reaccionar como se espera.