Pink Floyd y el lado oscuro del modelo: del cansancio al muro en la vida contemporánea

Foto: Archivos de Michael Ochs (https://www.gettyimages.com/eula)

 

Pink Floyd no escribió panfletos políticos, pero logró algo más profundo: ponerle sonido a una forma histórica de vivir. Cuando en 1973 publicaron The Dark Side of the Moon, no estaban reflexionando sobre problemas individuales, sino sobre las presiones estructurales de la vida moderna. Seis años después, con The Wall, mostraron el resultado de esas presiones cuando ya no encuentran salida. Leídos juntos, ambos discos forman una sola historia: una sociedad que primero agota a las personas y luego las empuja al encierro.

Esa historia resulta especialmente reconocible en Chile.

The Dark Side of the Moon comienza con relojes que suenan al mismo tiempo. No es un recurso estético: es una advertencia. El tiempo deja de ser algo que se vive y pasa a ser algo que se mide, se controla y se pierde sin darse cuenta. Vivimos ocupados, pero no necesariamente presentes. Creemos que estamos construyendo el futuro y, de pronto, la vida ya pasó. No por irresponsabilidad, sino porque hicimos exactamente lo que el sistema esperaba de nosotros.

Desde el lente de Michel Foucault, esto tiene una explicación clara. El poder moderno no opera principalmente prohibiendo, sino organizando la normalidad. Horarios, trayectorias educativas, metas laborales, evaluaciones permanentes. Nadie obliga explícitamente a correr, pero todo está diseñado para que correr parezca natural. El problema no es desobedecer el tiempo, sino obedecerlo demasiado bien.

El neoliberalismo chileno llevó esta lógica al extremo. Jornadas extensas, largos tiempos de traslado, empleo inestable, presión constante por rendir y “no quedarse atrás”. La vida se convierte en una sucesión de exigencias que no se cuestionan porque parecen normales. En este contexto, la salud mental no se deteriora por accidente: se resiente porque la normalidad misma se vuelve excesiva.

La locura que atraviesa The Dark Side of the Moon —inspirada en el deterioro mental de Syd Barrett— no aparece como rebeldía ni como genialidad romántica. Aparece como quiebre silencioso. El sujeto no enloquece porque se oponga al sistema, sino porque ya no logra sostener la presión. En términos foucaultianos, la locura no es una excepción: es el residuo de un sistema que funciona hasta que alguien ya no puede seguir funcionando.

Luego está el dinero. Money no condena la riqueza en términos morales. Se burla de la idea de que el dinero pueda resolverlo todo. Un buen trabajo, un buen salario, consumo, estatus. La promesa neoliberal es simple: si te esfuerzas lo suficiente, estarás bien. Pero el disco deja flotando una pregunta incómoda:
¿el dinero puede devolver el tiempo perdido?,
¿puede evitar la muerte?,
¿puede darle sentido a una vida agotada?

La respuesta no se grita, pero es evidente: no.

Aquí el cruce con Byung-Chul Han es clave. Han explica que ya no vivimos bajo un poder que reprime, sino bajo uno que estimula permanentemente. No se nos dice “debes”, se nos dice “puedes”. Puedes rendir más, mejorar, emprender, optimizarte. El problema es que ese “puedes” no tiene límite. Y cuando no llegamos, no culpamos al sistema: nos culpamos a nosotros mismos.

Ese es el núcleo del neoliberalismo como experiencia subjetiva en Chile. El fracaso se vive como culpa personal, no como problema estructural. Por eso el afecto dominante no es la rabia colectiva, sino el agotamiento individual. The Dark Side of the Moon no es un disco furioso; es un disco cansado. Nadie se levanta contra el orden. Todos siguen… hasta que ya no pueden más.

The Great Gig in the Sky introduce la muerte sin dramatismo. No hay terror ni épica. Hay aceptación. “No tengo miedo a morir”, se dice. En una sociedad obsesionada con producir, extender la vida útil y ocultar la finitud, esta serenidad resulta inquietante. Desde Foucault, podríamos decir que el disco marca un límite a la biopolítica: una sociedad que administra la vida, pero no sabe qué hacer con la muerte. La finitud queda fuera del discurso del rendimiento.

Hasta aquí, The Dark Side of the Moon describe una vida sometida a presión constante: tiempo, trabajo, dinero, exigencia, finitud. Pero todavía hay circulación social. Todavía hay otros. Todavía hay mundo.

The Wall muestra lo que ocurre cuando ese cansancio se acumula y no encuentra salida colectiva.

Cuando el agotamiento se vuelve crónico, el sujeto no se organiza políticamente. Se encierra. El muro no aparece de golpe; se construye ladrillo a ladrillo: una frustración, una humillación, una exigencia más, una decepción. El muro no es ataque, es defensa. Es la forma de seguir viviendo sin exponerse.

Desde Foucault, este paso es decisivo: ya no hace falta vigilar desde fuera. El control está completamente interiorizado. Desde Han, el muro es la consecuencia extrema de la sociedad del rendimiento: cuando ya no se puede rendir más, tampoco se puede compartir. El otro se vuelve ruido, amenaza, competencia.

Este encierro tiene una traducción clara en el Chile neoliberal: desconfianza social, debilitamiento de lo comunitario, retraimiento político, miedo al conflicto. No hay épica colectiva; hay sobrevivencia individual. El problema es que el muro no solo protege del dolor: rompe el lazo social. Y sin lazo, no hay vida común, no hay deliberación, no hay democracia viva.

Pink Floyd no ofrece soluciones ni recetas. Pero hace algo profundamente político: nombra el costo humano de una vida organizada solo para funcionar. Muestra que una sociedad puede ser eficiente y, al mismo tiempo, profundamente dañina. Que el sufrimiento no siempre proviene del abuso visible, sino de una normalidad que exige demasiado y escucha poco.

Leídos desde hoy, The Dark Side of the Moon y The Wall no hablan del pasado. Hablan del presente chileno como experiencia cotidiana. De una vida que corre sin detenerse, que promete plenitud y produce desgaste, que transforma el cansancio en problema individual y el aislamiento en refugio.

El lado oscuro no está en los márgenes del modelo. Está en su centro. Y los muros que levantamos para protegernos del cansancio pueden terminar separándonos de aquello que hace posible algo más que sobrevivir: una vida compartida.