En la prensa de EE.UU., recientemente, han aparecido varios artículos sobre la posibilidad de que hubiese ocurrido un golpe de Estado trumpista en 2020 o principios de 2021, en los últimos meses del gobierno de Trump. La cúpula militar se preocupó tanto que habló internamente sobre qué medidas tomar si Trump tratara de lanzar un golpe.

Sé que para muchos y muchas personas de América Latina la reacción puede ser, ¿y qué? ¿Cuantas veces EE.UU. intentó provocar, o de hecho facilitó o implementó golpes en América Latina? Y no sólo por Republicanos; Demócratas también. ¿Tal vez sería su merecido destino?

Entiendo perfectamente. He estudiado y escrito mucho sobre el rol de EE.UU. en AL, especialmente su irrestricto respaldo (público y encubierto) a regímenes militares que violaron masivamente los derechos humanos e impusieron prácticas represivas y atroces para silenciar a la sociedad y aplastar los cambios progresistas. Fueron Estados adscritos a la Doctrina de Seguridad Nacional, que torturaron y desaparecieron a multitudes de personas y que contaban con el financiamiento y ayuda militar de Washington D.C. Todavía en esta época, los oficiales militares y funcionarios con conocimiento de los crímenes no han esclarecido los destinos de los desaparecidos, y todavía rige la impunidad. Muchas familias no saben de sus seres queridos ni de sus restos y ha habido poca justicia.

Pero imagínense: si EE.UU. cayera ante un golpe derechista, tendría implicaciones y secuelas no sólo para ese país sino que también para AL y todo el mundo. EE.UU. es una potencia mundial, con tremendos recursos y muchas maneras de dar forma al ámbito de la política global. Un golpe allá sería un ejemplo siniestro, y un respaldo poderoso, para los golpistas y dictadores más nefastos en el mundo. Al contrario, tener un gobierno moderado en EE.UU.—sin intenciones de provocar golpes o gobiernos derechistas—importa mucho. Aunque la política exterior de Biden constituye un cambio leve, es mejor tenerlo a él que a un autoritario neofascista.

En semanas recientes en EE.UU. han salido tres nuevos libros sobre Trump y sus seguidores, escritos por periodistas reconocidos. Hay detalles sobre las maniobras desequilibradas de Trump para mantenerse en el poder e instigar a sus fanáticos. No he tenido la oportunidad de leer estos nuevos libros, pero hay mucha información y varios extractos en los medios de comunicación. Para mí, la más impactante es la información del libro I Alone Can Fix It de Carol Leonnig and Philip Rucker, dos galardonados periodistas del Washington Post. Explica el libro la ansiedad de los generales después de las elecciones de noviembre de 2020, especialmente del Jefe del Estado Mayor Conjunto, General Mark Milley (el Estado Mayor Conjunto está compuesto de los jefes de cada rama militar). Milley se sintió muy intranquilo con las acciones de Trump después de las elecciones. Como sabemos, Trump siempre negó la victoria de Joe Biden e insistió en que le elección había sido robada, así como que los Demócratas y “Republicanos débiles” estaban destruyendo a los EE.UU.. Después de las elecciones, Trump reemplazó con personas leales a él a varias figuras clave en posiciones estratégicas del gobierno; por ejemplo, el Secretario de Defensa Mark Esper.

Cuando inicia la insurrección

Después de esto, numerosos oficiales renunciaron en el Departamento de Defensa y Trump los reemplazó con personas de su confianza, personas que defendían sus más y más vociferas maquinaciones sobre “una elección robada”. Al mismo tiempo, Trump difundió teorías conspirativas y mentiras repetidas, cada vez más dementes, sobre un supuesto fraude masivo. Y miles de sus seguidores las creyeron. Trump presentó varias querellas para cambiar los resultados de las elecciones presidenciales y/o rechazar miles de votos en muchos estados–todas las querellas fueron descalificadas por jueces por falta de mérito—y luego intentó frenar el proceso de certificación (un protocolo ordinario) en el Congreso. Todo esto preocupó mucho a grandes sectores de la sociedad de EE.UU., figuras públicas y medios de comunicación, y a los jefes militares, que tuvieron sospechas acerca de los planes de Trump.

Todo el mundo sabe de la insurrección de 6 de enero en Washington D.C., cuando miles de fanáticos de Trump asaltaron el Capitolio, la sede del Congreso. Los miembros del Congreso se reunieron para certificar el voto presidencial, es decir la victoria de Biden, en un proceso tradicional y burocrático. Trump había promocionado una gran marcha para “salvar a América” y “parar el robo” para el 6 de enero. El 19 de diciembre de 2020, por ejemplo, tuitió: “Gran protesta en D.C. el 6 de enero. ¡Esté allí, será desenfrenado!” [“It will be wild!”]. Envió otros mensajes semejantes. El día 6, Trump apareció enfrente de la multitud trumpista en Washington y dio un largo discurso belicoso, desquiciado e incendiario a miles de sus seguidores. Un gran número eran de grupos Nazi, supremacistas blancos y de extrema derecha, como los Proud Boys. Luego de la arenga, sus partidarios marcharon al Capitolio, algunos con armas, y redujeron la guardia con fuerza. Un gran grupo entró violentamente al edificio, destruyendo muebles y artefactos y atacando a policías y guardias de seguridad. Gritaron amenazas contra varios representantes como Nancy Pelosi (jefa de la Cámara, Speaker of the House) y Mike Pence (vicepresidente de Trump). En el asalto cinco personas murieron, incluso dos policías. Fue un episodio inédito. Después, Trump fue acusado, por segunda vez en su mandato, para ser sometido a juicio político (un segundo “impeachment”) por “incitación a la insurrección”, acusándolo de provocar el ataque del 6 de enero (no prosperó porque los Republicanos lo protegieron). El motín ha resultado en algunos 500 casos judiciales desde entonces.

El libro citado arriba documenta, con muchas entrevistas, la situación extraordinaria dentro del Estado Mayor Conjunto. Decidieron entre ellos mismos que iban a renunciar uno por uno si Trump los llamara para frenar la transferencia del poder o actuar en contra de la sociedad y la Constitución. El 12 de enero Milley y todo el Estado Mayor Conjunto emitieron un fuerte comunicado condenando la violenta invasión del Capitolio como un acto no-constitucional y recordando a los integrantes de las fuerzas armadas su obligación de apoyar y defender la Constitución y rechazar el extremismo. Dijeron, “El violento motín en Washington, DC el 6 de enero de 2021, fue un asalto directo al Congreso de los Estados Unidos, el edificio del Capitolio y nuestro proceso constitucional…Los derechos de libertad de expresión y reunión no le dan a nadie el derecho a recurrir a la violencia, sedición e insurrección…Apoyamos y defendemos la Constitución.

Cualquier acto que interrumpa el proceso constitucional no solo va en contra de nuestras tradiciones, valores y juramentos; va en contra de la ley”. Según el libro, Milley había comparado los seguidores de Trump a los “Brownshirts” de Hitler. (Trump ha negado cualquier responsabilidad por los hechos en varias declaraciones; además, ha caracterizado a los asaltantes como héroes patrióticos).

Estos acontecimientos no tienen precedentes en EE.UU., aunque, tristemente, son familiares en América Latina. Y los peligros no han pasado. Trump continúa con sus fantasmas, sus fabricaciones antidemocráticas y sus reuniones masivas con sus seguidores, que parecen creer que Trump va a ser reinstalado en agosto. Peor, el Partido Republicano está todavía bajo el control de Trump. A mí me preocupa el desarrollo de un movimiento fascista en EE.UU., aunque ha sido positivo, si bien irónico, que los generales hayan tomado una posición en favor de la democracia. ¿Siempre será así? Desde mi punto de vista, la situación parece precaria.