Educación y política: ¿Por qué tan distantes?

Foto de Element5 Digital en Unsplash

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Se discute hace décadas que existe inequidad en la educación y que debe lograrse la igualdad de resultados de aprendizaje a partir de decisiones políticas, pero que no terminen con el modelo y sistema actual de educación. En la práctica, ello es expresión de la concepción burguesa de que los derechos se aseguran en el texto escrito, aprobado democráticamente, lo que es bueno, pero disociado de su cumplimiento, lo que es pésimo. Niega la existencia objetiva del derecho y lo convierte en una formalidad escrita abstracta que, por su propósito moral, aparece como verdadera y buena ante los ojos de la población.

Bajo los principios de derechos a la igualdad social y oportunidad del mérito individual -una mezcla entre socialismo y neoliberalismo- se siguen usando patrones unificadores prescritos para todos en el papel y proscritos en resultados concretos de justicia social y educativa para las mayorías: resultados SIMCE con consecuencias universales que validan los programa oficiales de estudio, criterios estandarizados de la Comisión Nacional de Acreditación para las carreras de pedagogía, Prueba de ingreso a la Universidad igual para todos (con alguna flexibilidad, p. ej., respecto de programas especiales de ingreso a las pedagogías). Ese discurso moral e ideológico de que un niño de Visviri, Vitacura o Puerto Saavedra deben y pueden aprender lo mismo, se repite como mantra en los discursos políticos educativos y pedagógicos, a toda escala social, política y profesional, incluso en profesores. Pero no es más que eso, la repetición consciente de una falacia que todos sabemos no se cumple ni cumplirá en este sistema actual de sociedad, educación y modelo pedagógico. ¿Debemos rendirnos ante esta realidad? No.

No estamos igual que en 1990… Pero

En los gobiernos democráticos progresistas hemos avanzado en muchos campos de la educación, no estamos igual que en 1990. Ha disminuido el analfabetismo, ampliado la cobertura, acceso a educación superior, becas y alimentación escolar, derechos de los docentes, mejorado la infraestructura y el aprendizaje en ciertas disciplinas. Se ha navegado en las turbias y tormentosas aguas del sistema de financiamiento neoliberal, con un guiño de aceptación de muchos progresistas. Pero permanece la misma discusión de los 90: como superar las brechas educativas que, sabemos, son insuperables en este modelo social y educacional histórico. Hay una aparente decisión en las políticas educativas: la desconfianza en el estado y la privatización de la educación hacia el mundo privado sin fines de lucro.

El desmantelamiento del Estado es visible a vista de buen cubero, como de quien observa la realidad de modo metódico. La educación depende de las condiciones estructurales de la sociedad: en una sociedad capitalista, sirve al capitalismo, en una socialista, al socialismo, lo enseñaron conservadores como Durkheim, utopistas como Fourier, revolucionarios como Marx. Sólo con políticas públicas de un estado desconcentrado y regionalizado, socialmente participativo en sus decisiones, con recursos y equipos profesionales y técnicos en volumen, calidad, condiciones laborales y materiales de trabajo potentes, podrá alterarse el rumbo actual, que no es más que un estado de régimen que navega en aguas agitadas a veces, pero domesticadas en general.

Tendremos la misma educación en Visviri, Vitacura y Saavedra cuando todos tengamos -desde la justicia social, natural, ciudadana y educativa- los mismos ingresos, derechos, libertades y poder efectivos en la sociedad. Cuando tengamos la misma educación de base, no la repetición de modelos universalizantes, levantadas cooperativamente desde alternativas pedagógicas generadas por las bases sociales, culturales y educativas de la diversidad de territorios y modalidades educativas y sistema educacional. ¿Es difícil? Claro que es difícil, cambiar el mundo por la educación exige creatividad, participación, conocimiento del estado y políticas públicas, profunda libertad creadora, docentes y partidos políticos enraizados en el pueblo, democracia efectiva y ciudadanía activa.

Hay que caminar con un pie en la escuela y el otro en la sociedad

Por tanto, hay que caminar con un pie en la educación y el otro en la sociedad, con un ojo en la escuela, aprendizaje y lenguajes escritos y el otro en la política, economía, lenguajes históricos diversos. No debemos ni rendirnos, ni deprimirnos, ni cejar en el propósito moral superior de transformar el mundo a través de la transformación de la educación.

Las concepciones que dominan hoy el debate progresista parece que han olvidado que la educación justa, de calidad para todos, actualizada y democrática, depende, en definitiva, como sistema institucional y cultural, de la política, que, por su vez, también depende de la conciencia transformadora en la praxis de sus principales actores formadores: los profesores y educadores, funcionarios, estudiantes. Desde la educación parvularia a la superior esta es una cuestión verdadera y necesaria. No es que el aula no sea importante, nada más lejano de la realidad: es fundamental, pero no lo es todo, ni es lo que sucede en su interior lo que desequilibrará el orden consolidado del modelo actual. Será la acción política e institucional y el espacio que los educadores y la sociedad conquisten al interior de ellos. No es que los profesores y sus equipos de apoyo no sean importantes: son fundamentales, pero trabajan en los marcos que el sistema institucional (político e ideológico) permite. Por ello, reitero, hay que caminar con un pie en la escuela y el otro en la sociedad, con un ojo observando la vida escolar y con el otro la del territorio, así la tríada “educación transformadora-conciencia crítica-organización social”, es fundamental.

La educación transformadora

No todo es política como capacidad de influir en el poder, en una cierta dirección y estrategia, con un horizonte final cosmogónico: hay vida social en la comunidad, en el lof o ayllu, en la comunidad religiosa de base. Están los movimientos sociales luchando por objetivos específicos y contributivos. No todos están obligados a militar, no todos tienen que pertenecer a un partido político, pero sí es tarea de los educadores formar en la conciencia ciudadana y cívica del papel que en democracia juega la política para resolver problemas educacionales históricos y normalizados y transformar todas las formas de educación para transformar a sociedad, bajo un enfoque crítico de esperanza, justicia, calidad, aporte a la productividad y al desarrollo sustentable, a la vida comunitaria. Los partidos y militantes deben saber hacer su autocrítica permanente para hacerse creíbles. Cerrar diferencias de clases, de poder económico, de color de piel, de origen nacional o cultural, de diversidades de géneros, es una tarea política que se juega en la escuela y la comunidad, en la educación y la política. Esa lucha, como podamos, es nuestra tarea de educadores y educadoras.