
Periodista y editora internacional.
El presidente estadounidense, Donald Trump, y su homólogo ruso, Vladimir Putin, se saludaron como viejos amigos: con un fuerte apretón de manos y una gran sonrisa. Tras 6 años, ambos mandatarios caminaron nuevamente juntos. Esta vez el objetivo era reiniciar un diálogo bilateral interrumpido por la administración del expresidente Joe Biden, el apoyo financiero y militar de EEUU a Ucrania y la OTAN en respuesta a la operación especial rusa. Esta reunión marcará un punto de inflexión para el mundo, pero especialmente para Ucrania y sus aliados.
En la base militar estadounidense de Elmendorf-Richardson en Alaska, y bajo el eslogan «Persiguiendo la paz», ambos mandatarios abordaron el conflicto lejos de Kiev. Lo claro es que hoy, las complejas dinámicas del poder global se basan en grandes potencias negociando destinos ajenos, con aliados inquietos por acuerdos bilaterales que podrían marginarlos de una guerra que, lejos de apagarse, alimenta intereses económicos cruzados. Y esta en particular, sólo logró rearmar a Ucrania.
Sin embargo, los intereses de Rusia van más allá de lo que considera un asunto interno; Vladimir Putin ingresó al salón de reunión con una nutrida carpeta bajo el brazo y muchos temas que tratar más allá del tema ucraniano, entre ellos levantamiento de sanciones, avance de la OTAN y normalización de relaciones.
Donald Trump no podrá aún cantar victoria, antes restan gestiones en Europa.
Un mar de contradicciones
Ucrania y la Unión Europea viven estos días con justificada tensión. Las declaraciones de la alta representante europea KajaKallas, insistiendo en que cualquier solución debe incluir a Kiev y Bruselas, revelan el temor fundado de que Washington y Moscú pacten a sus espaldas. Mientras tanto, el gobierno de Zelenski alterna entre la resistencia simbólica —amenazando con desconocer los resultados de Alaska— y acciones militares que Rusia denuncia como «provocaciones calculadas» para sabotear el diálogo. Esta dualidad no es casual: prolongar el conflicto garantiza a Kiev un flujo constante de ayuda occidental, aunque el costo en vidas sea insostenible. Sin embargo, nadie alzó la voz cuando la UE organizó en Suiza cumbre idéntica con Zelensky, pero sin Putin. Pero, no es la única contradicción en este mar de contradicciones.
Europa condena la “invasión rusa” pero sigue dependiendo del gas y los hidrocarburos que financian la maquinaria de guerra, ahora mediante rutas indirectas. Estados Unidos, mientras lidera el envío de armas a Ucrania, ve cómo su industria militar registra ganancias récord y consolida su influencia energética en el Viejo Continente. La paz, en este contexto, parece un objetivo secundario frente a los dividendos geopolíticos y económicos que la guerra sigue generando. Ni la defensa de los Derechos Humanos ni los miles de muertos de ambos lados del frente han logrado detener la inversión en nuevas tecnologías e innovación en la industria de la defensa militar urbi et orbi.
Chile no limita con Ucrania
Nuestro país, lejano de los centros de toma de decisiones mundiales, no puede ignorar las lecciones frente a este nuevo escenario. Nuestra tradición diplomática se ha basado en el respeto al derecho internacional y la solución pacífica de controversias. Sin embargo, la creciente tendencia a alinearnos automáticamente con sanciones impulsadas por potencias occidentales merece una reflexión urgente. ¿Estamos priorizando principios o presiones? Recordemos que Rusia ha sido y es un amigo de Chile, mantenemos relaciones a nivel diplomático y consular, somos activos socios comerciales, con una larga amistad y de apoyo mutuo, además, de ser un actor en foros multilaterales donde Chile defiende intereses clave, desde la Antártica hasta la gobernanza oceánica. ¿Recordamos eso cuando fueron marginados de la Fidae? Tal vez sea momento de reconsiderarlo, ya que si bien nuestro intercambio es hoy modesto, las oportunidades de cooperación son amplias: desde el sector agroquímico y químico farmacéutico; hasta turismo, intercambio cultural y educación, entre muchos otros.
La prudencia exige no caer en simplismos. Condenar la violación de la soberanía ucraniana es justo y necesario, pero nuestra política exterior debe evitar el doble rasero: no podemos defender el multilateralismo mientras delegamos nuestra voz en agendas ajenas.
La cumbre de Alaska nos recuerda que las grandes potencias actúan por interés propio, no por solidaridad. Chile, como nación soberana, digna de respeto, debe trabajar con los actores en conflicto sin prejuicios ideológicos, explorando vías para una paz real, no una rendición disfrazada, ni ser un yes men por temor a las represalias.
El camino es estrecho, pero ineludible: en un mundo donde la guerra se monetiza y la diplomacia se reduce a cálculos de poder, Chile debe rescatar el arte de hablar con todos, recordando que nuestra independencia estratégica es el mayor tributo a quienes sufren las consecuencias de los acuerdos hechos a miles de kilómetros de su dolor. Y recordar que Chile no limita con Ucrania, la región también requiere nuestra atención, cooperación y buenos oficios. Los desafíos y amenazas en América del Sur deben ser siempre nuestra prioridad principal, sólo ahí seremos protagonistas de nuestro destino en común.





