Cuando el dato ya no mata relato…

Foto: Vinícius Vieira ft (Pexels)

 

Se suele decir que “dato mata relato” (incluso hay un espacio en un informativo de TV con ese nombre), aludiendo a que los datos duros, objetivos, precisos y certeros son la forma de derribar un relato falso o tendencioso.

Esto ya no corre. Desde que el imperio de la ultraderecha se empezó a hacer del poder en variados rincones del mundo, el relato es el que impone el Emperador de turno. Los datos son cifras que ya no valen nada, o casi nada. Baste pensar en cómo el presidente electo, José Antonio Kast, y su equipo están usando como estridente caja de resonancia los medios masivos de comunicación y las redes sociales para imponer su relato de que “Chile se cae a pedazos” por “culpa” de la gestión del presidente Gabriel Boric. 

Los datos duros que se contraponen a ese relato son contundentes y deberían ser incuestionables. A modo de ejemplo, el crecimiento volvió a estar el 2024 en torno a 2%–2,5%, lo que, comparado con otros países de América Latina, hace que nuestro país se mantenga en la mitad superior del ranking regional. Por su lado, la tasa de desempleo ha oscilado entre 8% y 9%, recuperándose más del millón de empleos perdidos en la pandemia, aumentando más el empleo formal que el informal. Es decir, no existe explosión del desempleo ni destrucción masiva del empleo. En relación a la inflación, que en 2022 llegó a un dramático 14% anual, bajo a niveles cercanos al 4%-5% en 2024, lo que hizo al Banco Central ser merecedor de un reconocimiento internacional por la velocidad del ajuste monetario. 

Hay más datos ilustrativos y se refieren, entre otros, a la inversión extranjera. Entre 2023 y 2024 hubo recuperación de la inversión minera (litio y cobre). Es decir, la narrativa de “inversionistas huyendo masivamente” no se sostiene con las cifras. En relación al sector energético, en el mismo periodo Chile avanzó fuertemente en energías renovables, proviniendo hoy más del 60% de la matriz eléctrica de energías renovables. Otro dato positivo se refiere al porcentaje de la deuda fiscal, que ronda el 38%–40% del Producto Interno Bruto (PIB). Esto significa que nuestra deuda pública sigue siendo menor que el promedio OCDE, que supera el 80%.

Este panorama no tiene nada que ver con el relato de la ultraderecha, que plantea que vivimos un “derrumbe” estructural profundo.  Según los análisis de los economistas, las cifras muestran más bien un cuadro de estancamiento moderado tras el ajuste postpandemia, sin crisis macroeconómica de ningún tipo. Es decir, precisan que en lugar del supuesto “colapso”,  la evidencia estadística mostraría que nuestra situación macroeconómica es estable y está lejos de una crisis estructural.

¿Por qué entonces se impone en la ciudadanía un relato falso y manipulado? No solo lo explica la poca capacidad comunicacional del actual gobierno. Tampoco la desfachatez  de quienes asumirán el poder el 11 de marzo en La Moneda, que hacen uso y abuso de su poder económico y  la relación con los medios de comunicación al servicio de sus intereses.

Lamentablemente, la explicación del problema es más compleja. Quien nos da luces sobre ello es el economista Daniel Kraneman, quien se adjudicó el Nobel de Economía del año 2002 al integrar hallazgos de la psicología al análisis económico. Su aporte cambió profundamente la forma en que entendemos el comportamiento de los ciudadanos frente a la economía. Kraneman demostró que las personas no siempre actúan de manera racional sino influenciadas por su experiencia vivencial y sus emociones.

Agua a su molino

Por ello no bastaría con que nuestros dirigentes políticos y parlamentarios se preocuparan realmente de comunicar las cifras duras a la población (cosa que no hacen), o que utilizaran de una vez por todas las redes sociales para ese propósito (cosa que tampoco hacen, como sí lo hace la derecha con constancia y fervor casi revolucionario), multiplicando en cientos de miles de veces el mensaje y no ciñéndose a la entrevista a El Mercurio, al que veneran y el cual siempre está buscando llevar agua a su molino (algo que nunca han aprendido nuestros dirigentes). 

Un reel diario en Facebook, Instagram o Tik Tok voceando los datos reales sobre nuestra economía podría haber hecho alguna diferencia. Pero nuestros prohombres progresistas no saben hacer reels…

Pero, como decíamos, el tema es más profundo porque atañe a la psicología social. Daniel Kraneman demostró que las personas no evalúan la realidad en términos absolutos sino relativos, y que las pérdidas pesan más que las ganancias equivalentes. Es decir, en política, suele pesar más la sensación económica que el dato duro.

Los indicadores macroeconomicos describen la economía del sistema. La sensación económica describe la economía del hogar (y Chile tiene uno de los niveles más altos de deuda de hogares en América Latina, lo que genera sensación constante de vulnerabilidad y miedo a perder estabilidad). Explica Kraneman que una persona no vive el PIB. Vive el precio del pan, el dividendo o arriendo, el costo del supermercado, la posibilidad de ahorrar, la estabilidad de su trabajo. Si el PIB crece un 3%, pero su sueldo no crece o su gasto fijo aumenta, la experiencia subjetiva es de deterioro.

Kraneman instaló el tema de la “asimetría emocional” al analizar el impacto de la economía en la gente. Esto quiere decir que la pérdida duele más que la ganancia equivalente, la incertidumbre genera más ansiedad que la pobreza estable, el miedo activa más conducta política que la gratitud (de allí la necesidad de inocular miedo a la población). De este modo, una baja de la inflación -que es un dato positivo- genera menos impacto emocional que el recuerdo reciente de una inflación alta. Al decir del economista, el cerebro no calcula promedios anuales, sino que  recuerda el golpe anterior.

Este principio explicaría mucho el actual clima chileno. Considerando las cifras reales, sorprende que el público del Festival de Viña pifiara sin tregua al presidente Boric cuando Stefan Kramer lo  imitó en su rutina este domingo 22 de febrero.

Sorprende si se piensa que la baja de un  10% de la inflación entre 2022 y 2024 no fue vista como un logro del gobierno de Boric. Desde la lógica macroeconómica, es una corrección exitosa, y debería generar un clima positivo. Sin embargo, desde la lógica psicológica, la dura cifra anterior dejó huella y el descenso del indicador no compensó emocionalmente la pérdida previa. Pareciera que la mente humana está diseñada para detectar amenazas, no para celebrar estabilizaciones.

Comprarse el relato

Otro tema que influye en no valorar en su justa dimensión los datos económicos positivos es la lentitud con que  las personas ajustan sus expectativas. En Chile ocurrió que, durante décadas, se instaló una narrativa de movilidad social, y progreso creciente. Pero cuando el crecimiento se desacelera -como pasó en la pandemia-  se experimenta como retroceso. O sea, la frustración es proporcional a la expectativa que se tenía. Y nuestro país tenía expectativas muy altas.

En suma, Chile no está en una crisis macroeconómica estructural pero la gente se compra el relato dominante que entrega la derecha porque vive una fatiga postpandemia, un alto endeudamiento, una sensación de estancamiento social y una fuerte frustración en sus expectativas de movilidad. Y en ese contexto, la estabilidad macroeconómica no repara el daño simbólico previo. 

Otro factor importante en este clima es el estancamiento salarial real. Porque, aunque la inflación baja, el poder adquisitivo tarda en recomponerse. Y ello se vive como “no estoy peor que antes, pero tampoco mejor.” 

Es decir, el dato duro pierde fuerza frente al relato en contextos de polarización como el que vivimos, porque la derecha enfatiza el estancamiento y el deterioro mientras el oficialismo enfatiza estabilidad y recuperación. Y la ciudadanía vota más desde la emoción que la domina que desde la ideología o la reflexión, como quedó claro con el triunfo de Kast. 

Como señala el economista Kraneman, la sensación económica es una experiencia moral, no sólo contable, donde el punto clave son las altas expectativas no cumplidas, no solo los problemas económicos. Ello genera un duelo prolongado. Y eso pesa más que abstractos indicadores macroeconómicos. 

Como lo estudiara Kraneman, los datos duros determinan la trayectoria real de un país, pero la democracia se mueve en ciclos emocionales cortos. La economía puede estar técnicamente estable, pero psicológicamente frágil.

En suma, en Chile hoy la percepción económica está mezclada con inseguridad, desconfianza institucional, hastío político postproceso constituyente, sensación de fragmentación social. Los datos duros ya no se evalúan por sí solos. Se evalúan dentro de un clima emocional general, donde prima la sensación de vulnerabilidad. Y el ser humano reacciona antes frente a la vulnerabilidad que frente a la estabilidad.

Por todo ello, no es raro que la ciudadanía este permeable al relato de la derecha. Los datos reales, frente a los cuales hay desconocimiento o indiferencia, ya no están sirviendo para matar  relatos engañosos. Y eso es peligroso, como lo vemos a diario en la Argentina de Milei o el Estados Unidos de Trump. Y como lo veremos en el Chile de Kast.