
En las últimas décadas, la democracia liberal ha dejado de ser el puerto seguro de la estabilidad política para convertirse en un terreno de incertidumbre y malestar. El contrato social, que tradicionalmente se basaba en la capacidad del Estado para garantizar cohesión y bienestar, parece haberse disuelto bajo las presiones de un modelo neoliberal agotado y una revolución tecnológica que ha transformado la subjetividad humana. La hipótesis central de este ensayo sostiene que la crisis actual no responde únicamente a desajustes económicos, sino a un fenómeno de «desborde de la realidad» sobre el relato político. Este desborde es producto de una tríada dialéctica: la retirada del Estado de sus funciones protectoras, la mediación algorítmica de la vida social que atomiza al individuo y una cultura de la vulgaridad que legitima la crueldad como forma de éxito. A través de las lentes teóricas de François Dubet, Augusto Salvatto y Renata Salecl, se analizará cómo la posverdad y la «fricción cero» digital han erosionado la confianza institucional, transformando la experiencia material de la ciudadanía en una fuente de resentimiento y desafección política.
- El Estado en Retirada: La Crisis de Solidaridad y el Giro Distributivo
Para comprender la raíz del malestar contemporáneo, es imperativo analizar la transformación del rol estatal. François Dubet propone que las sociedades actuales padecen una «crisis de las solidaridades». Tradicionalmente, la solidaridad se entendía como el apego a los lazos sociales que nos impulsan a desear la igualdad para todos, incluso para aquellos desconocidos dentro del cuerpo social. Sin embargo, la hegemonía neoliberal ha logrado instalar un marco interpretativo donde la igualdad ha sido desplazada por el mérito individual. Como advertía Karl Polanyi, cuando la economía se desancla de lo social, la sociedad reacciona.
En el contexto actual, el Estado ha dejado de funcionar como un amortiguador social para convertirse en un transmisor de choques externos hacia el ámbito privado. Esta decisión, a menudo presentada como un ajuste técnico u «orden fiscal», es en realidad una decisión profundamente política y distributiva. Al priorizar la disciplina fiscal sobre la protección de los sectores vulnerables —quienes destinan la mayoría de sus ingresos a bienes de consumo básico—, el Estado erosiona su propia base de legitimidad. Jürgen Habermas planteaba que las democracias enfrentan una crisis de legitimidad cuando las decisiones del sistema político dejan de ser comprensibles y justificables para la ciudadanía. No basta con que una política sea técnicamente correcta; debe ser percibida como justa. Cuando la ciudadanía experimenta el alza del costo de la vida mientras el gobierno intenta instalar el relato de una «quiebra fiscal» que no se condice con los hechos institucionales, se produce una fractura narrativa. La realidad desborda el discurso, y lo que se pierde en el camino no es solo un mensaje, sino la confianza fundante en la institucionalidad
- La Sociedad Algorítmica: La «Fricción Cero» y la Muerte de la Comunidad
Este vacío de legitimidad estatal es ocupado rápidamente por la estructura de la sociedad algorítmica descrita por Augusto Salvatto. El algoritmo no está diseñado para promover la cohesión social ni cuidar la democracia; su fin último es la eficiencia y la eliminación de la fricción. En un entorno digital frictionless (sin fricción), el individuo es devuelto constantemente a sus propios gustos y prejuicios, creando burbujas de confirmación o «cámaras de eco». Esta ausencia de contradicción y alteridad es tóxica para el ejercicio democrático, el cual, por definición, requiere del disenso, el diálogo y el encuentro con el diferente.
El impacto de esta tecnología en la psique ciudadana es devastador. Al comportarnos como algoritmos que solo consumen lo afín, perdemos la autonomía y la capacidad de pensamiento crítico. Salvatto identifica este fenómeno como «la era del malestar»: una soledad acompañada donde la interacción humana ha sido reemplazada por reacciones inmediatas y vacías. El algoritmo actúa como el ejecutor de la distancia social que Dubet diagnostica en lo físico. Ya no solo hay guetos urbanos o segregación en el sistema educativo como reproductor de brechas; ahora existe una «invisibilización total» del desigual en nuestras pantallas. El desigual ya ni siquiera aparece en el scroll infinito, eliminando la posibilidad de empatía y reforzando lo que Dubet denomina «pánico moral»: el miedo de las clases medias a la pobreza, que bloquea la formación de frentes de lucha comunes y fomenta el odio hacia el «asistido» o el inmigrante.
III. La Era de la Vulgaridad: Narcisismo y el Fin de la Eticidad
La degradación del espacio público se completa con la tesis de Renata Salecl sobre «la era de la vulgaridad». Salecl sostiene que el neoliberalismo ha impuesto una ideología del éxito individual y la felicidad narcisista donde la grosería es legitimada como un signo de autenticidad. En este marco, la cortesía y el respeto mínimo —la «eticidad» de Hegel, o base de costumbres que sostiene las leyes— se disuelven. El mandato de ser especial y exitoso presiona al ciudadano hacia un exhibicionismo constante, donde cualquier asomo de vulnerabilidad o fracaso es interpretado como una falta de voluntad personal.
Esta cultura de la vulgaridad encuentra en los algoritmos su amplificador perfecto. Como la grosería y la grandiosidad generan más clics, el sistema premia el discurso del «ganador» y oculta la fragilidad humana. Esto genera una patología social: el ciudadano agotado (burnout) que se siente responsable único de su propia desgracia, transformando su angustia en una rabia sorda contra el sistema o contra aquellos que percibe injustamente beneficiados. A nivel político, esto se manifiesta en la figura del líder que imita al «impostor», utilizando un lenguaje agresivo que rompe la función simbólica del poder. Siguiendo a Antonio Gramsci, el poder ya no se sostiene solo por la coerción, sino por una hegemonía que hace parecer natural una visión del mundo. Sin embargo, cuando los líderes apelan a la vulgaridad y la posverdad, la hegemonía se vuelve inestable porque el relato no puede sostenerse indefinidamente frente a la precariedad de la experiencia material.
- Posverdad y Hegemonía: La Transformación de la Democracia
La posverdad no es simplemente la difusión de mentiras, sino, como advertía Hannah Arendt, un intento deliberado de reorganizar la realidad para construir marcos interpretativos que favorezcan al poder. En la era de la posverdad, no basta con tomar decisiones; es necesario construir el relato que las haga aceptables, disputando el sentido de palabras como «ajuste», «quiebra» o «derecho». El problema surge cuando este intento de configuración choca frontalmente con la experiencia de las personas.
En sociedades atomizadas por el algoritmo y desencantadas por un Estado en retirada, los relatos más simples, directos y emocionales ocupan el espacio que la política tradicional ha dejado vacío. Estos relatos no son necesariamente verdaderos, pero sí eficaces porque nombran una experiencia de malestar que la institucionalidad a menudo ignora. Como plantea George Lakoff, lo decisivo no es el dato objetivo, sino el marco interpretativo. Cuando la política institucional pierde su capacidad de interpretar la vida cotidiana, la democracia no desaparece, pero cambia de forma: se traslada al campo de la percepción y el sentido común, volviéndose extremadamente vulnerable a los autoritarismos que capitalizan la rabia y la desinformación.
Conclusión: Hacia la Reconstrucción de un «Nosotros» Político
La crisis de la democracia liberal es, en última instancia, una crisis de confianza y de futuro. El desborde de la realidad material sobre el relato institucional indica que la política no puede seguir administrando percepciones mientras ignora la estructura social de fragilidad y vulnerabilidad. Para superar el malestar algorítmico y la era de la vulgaridad, es imperativo transitar hacia una nueva solidaridad.
Esto requiere, en primer lugar, transparencia y legitimidad. El Estado debe clarificar sus cuentas y empoderar al ciudadano a través de mecanismos de democracia directa que rompan la lógica del «usuario asistido» y fomenten una participación activa. En segundo lugar, es necesario lo que Salvatto denomina «romper el algoritmo»: recuperar la fricción social, someterse voluntariamente a lo distinto y revalorizar la duda frente a las certezas inmediatas de la inteligencia artificial. Finalmente, se debe reconstruir la fraternidad como un acto político continuo. La fraternidad debe permitirnos reconocernos como diferentes pero vinculados por una interdependencia ineludible y un destino común. Si la política no logra articular nuevamente un relato que nombre y reconozca la experiencia real de las personas, la democracia seguirá siendo un campo de batalla de soledades compartidas, donde la realidad, inevitablemente, seguirá desbordando cualquier intento de control comunicacional.





