

Francisco J. Flores R. Psicólogo.
La ciudad no lo sabía todavía, pero el mundo había empezado a partirse en dos. La guerra había terminado lejos, en mapas que Chile miraba desde la distancia, en nombres europeos que llegaban a los diarios como restos de una catástrofe. Pero las guerras verdaderas tienen esa costumbre: terminan en un lugar y continúan, deformadas, en otro. A veces en los tratados. A veces en los gobiernos. A veces en los partidos. A veces, simplemente, en las palabras.
En el Partido Socialista chileno esa fisura ya hacía sentir sus réplicas
Era más bien una inquietud sorda, persistente, de esas que no se anuncian pero corroen. Algo no calzaba. Las clásicas certezas seguían ahí, pero ya no ordenaban del mismo modo. Las palabras continuaban disponibles —revolución, democracia, clase, pueblo, imperialismo, socialismo—, pero empezaban a sonar como monedas gastadas por demasiadas manos.
Había, por cierto, razones externas. El mundo entraba en la helada disciplina de la Guerra Fría. Las grandes potencias exigían obediencias, no matices. Había que elegir campo, aceptar vocabularios ajenos, tomar partido como quien firma una confesión de fe. El pensamiento comenzaba a ser tratado como sospecha. La duda, como debilidad. La autonomía, como traición.
Pero había también algo más íntimo, menos visible. Un partido no solo tiene documentos, congresos y dirigentes. Tiene también recuerdos, heridas, orgullos, rivalidades, fantasmas. Tiene fundadores a los que se invoca, derrotas que no terminan de elaborarse, victorias que se exageran para no mirar el vacío, pequeñas querellas que se disfrazan de principios. Una organización política, como un sujeto, puede repetir sus fórmulas mucho tiempo después de haber dejado de comprender la propia realidad.
Y en 1947 el socialismo chileno tuvo que enfrentarse a eso: a la posibilidad de seguir hablando en nombre de una tradición sin saber ya exactamente qué quería decir esa tradición en el nuevo tiempo.
Se puede imaginar aquellas reuniones sin demasiada épica. Una mesa larga. Papeles marcados con lápiz. Ceniceros llenos. Tazas de café enfriándose al costado de los borradores. Afuera, la ciudad con su rutina: tranvías, funcionarios, obreros, estudiantes, vendedores, mujeres cruzando las calles con bolsas y prisa. Adentro, en cambio, se discutía algo que no siempre se deja escribir con facilidad: cómo seguir siendo socialista cuando la historia empieza a exigir sumisión.
Eugenio González entendió, o al menos intuyó, que el problema no era solo redactar un programa. Eso habría sido demasiado poco. Un programa puede ordenar medidas, fijar prioridades, declarar intenciones. Pero lo que allí se requería era más esencial: una fundamentación. Es decir, una razón para seguir hablando. Una interpretación del tiempo. Un punto desde el cual se pudiera decir: esto vemos, esto rechazamos, esto esperamos, esto queremos construir.
Por eso la Fundamentación Teórica del Programa del Partido Socialista no fue un texto cualquiera. Fue un intento de elaboración.
Y la palabra importa.
Elaborar no es simplemente recordar. Tampoco es repetir. Elaborar supone volver sobre aquello que insiste, pero sin quedar capturado por la repetición. Supone transformar una herida en pensamiento, una angustia en palabra, una confusión en orientación. Algo de eso hizo el socialismo chileno en 1947. No resolvió todas sus tensiones, desde luego. Ningún texto lo hace. Pero produjo una forma de pensar la crisis sin ceder de inmediato al instinto más inmediato.
Porque la comodidad de los tiempos difíciles suele ser esa: entregar la propia voz a una voz mayor. Dejar que otro nombre, otro centro, otro poder, otro dogma, piense por uno. Para algunos, la salvación estaba en alinearse con el mundo anglosajón. Para otros, en plegarse al prestigio soviético. Para muchos, bastaba elegir entre esas dos sombras y llamar a eso claridad.
El texto de 1947 buscó otra cosa.
No estar ni con el “imperialismo anglosajón” ni con el “expansionismo ruso” no era una frase diplomática. Era una operación política y subjetiva a la vez. Era decir: no aceptamos que nuestra identidad se organice desde el deseo del otro. No queremos ser el reflejo latinoamericano de una disputa ajena. No queremos que el socialismo chileno viva como un hijo menor, obligado a escoger entre padres poderosos.
Allí está quizá su mayor audacia.
No en haber encontrado una fórmula perfecta, sino en haber resistido la demanda de simplificación. En haber comprendido que una tradición política se degrada cuando confunde fidelidad con nostalgia. Y que el socialismo, si quería ser original, latinoamericano, democrático y emancipador, debía atravesar su propia angustia de orientación sin apresurarse a resolverla con consignas asumidas.
Cada palabra de ese texto cargaba una tensión. “Democracia” no significaba lo mismo para todos. “Revolución” tampoco. “Clase trabajadora” podía ser una categoría histórica, pero también una imagen idealizada, casi una figura de redención. “Nación” podía abrir una perspectiva latinoamericana o deslizarse hacia una retórica vacía. “Imperialismo” podía nombrar una estructura real de dominación o convertirse en una explicación demasiado cómoda para todo fracaso propio.
El documento tenía, por eso, una tarea difícil: ordenar sin clausurar, afirmar sin dogmatizar, recordar sin quedar preso de la nostalgia.
Visto desde hoy, ese momento no interesa por arqueología. No se trata de visitar 1947 como quien abre una vitrina partidaria y contempla una pieza noble del pasado. La nostalgia, en política, suele ser una forma elegante de no pensar. Idealiza lo perdido para no asumir lo que falta. Convierte la tradición en refugio y el recuerdo en coartada. Es pasar de la admiración del museo de la revolución a la revolución como museo.
Lo que vuelve actual a 1947 no es que sus respuestas puedan repetirse. No pueden. El mundo cambió demasiado. La Guerra Fría terminó, aunque algunas de sus ruinas sigan hablando. La clase trabajadora se transformó. La vida cotidiana fue colonizada por nuevas formas de precariedad, consumo, deuda, ansiedad y exposición. La política ya no circula solo por periódicos, sindicatos, sedes partidarias o asambleas. Circula también por pantallas, fragmentos, impulsos, indignaciones breves, imágenes que duran segundos y juicios que envejecen antes de ser pensados.
Y, sin embargo, algo persiste.
También hoy hay crisis de orientación.
Pero la forma es distinta. En 1947 el peligro era quedar atrapado en la obediencia doctrinaria. Hoy el peligro es la dispersión. Antes el pensamiento podía ser disciplinado por bloques. Hoy puede evaporarse en ocurrencias. Antes se exigía alineamiento. Hoy se exige reacción. Antes la consigna bajaba desde una gran maquinaria ideológica. Hoy puede nacer en cualquier pantalla y morir al día siguiente, no sin antes haber ordenado por unas horas el ánimo de miles.
La política contemporánea tiene algo de escena nerviosa. Todo debe decirse rápido. Todo debe producir efecto. Todo debe convertirse en postura. Y cuando falta interpretación histórica, aparece el juicio moral como sustituto. Ya no se pregunta tanto qué sociedad queremos construir, sino quién tiene la biografía correcta, quién habla desde el lugar más puro, quién puede exhibir mejor su herida, su credencial o su indignación.
La moral reemplaza al programa.
La identidad reemplaza al proyecto.
El gesto reemplaza a la estrategia.
El reels reemplaza a la doctrina.
No porque los gestos, las identidades o las emociones carezcan de importancia. La tienen. Pero cuando ocupan todo el espacio, la política pierde espesor. Se vuelve una administración de sensibilidades heridas. Un tribunal permanente. Una competencia por demostrar quién está más cerca del bien y más lejos de la culpa.
Ese desplazamiento no es menor. Cuando una colectividad no logra elaborar sus derrotas, sus frustraciones o sus pérdidas de horizonte, tiende a actuar. Actuar, en este sentido, no es hacer política; es descargar sin pensar. Es repetir una escena no comprendida. Es buscar culpables donde falta interpretación. Es moralizar el conflicto cuando no se dispone de una teoría suficientemente viva para comprenderlo.
Algo de eso le ocurre hoy a buena parte de la izquierda. No solo en Chile. Pero también en Chile.
Después de las grandes promesas del siglo XX, después de las derrotas, los autoritarismos, las transiciones, las modernizaciones incompletas, las desigualdades persistentes y las nuevas formas de malestar, el socialismo democrático enfrenta una pregunta incómoda: qué significa transformar la sociedad cuando ya no hay un modelo final disponible, cuando la palabra “futuro” dejó de sonar naturalmente emancipadora y cuando incluso la utopía parece haber sido reemplazada por la tecnología, el mercado o la inteligencia artificial.
Para eso no basta citar la herencia. Ni denunciar al adversario. Ni acomodarse al clima. Hay que hacer algo más arduo: producir una inteligencia propia del tiempo.
Un partido empieza a vaciarse mucho antes de perder votos. Se vacía cuando deja de pensar. Cuando sus palabras se vuelven contraseña interna. Cuando sus militantes repiten fórmulas que ya no iluminan la experiencia social. Cuando la doctrina se transforma en museo o, al revés, cuando toda doctrina parece un estorbo frente a la urgencia comunicacional del momento.
Se vacía cuando confunde presencia con orientación. Cuando cree que estar en todas las coyunturas equivale a tener proyecto. Cuando reemplaza la elaboración por el posicionamiento. Cuando ya no puede decir, con palabras propias, qué ve en la sociedad, qué teme, qué desea, qué propone y qué futuro quiere disputar.
Por eso la Conferencia Nacional Ideológica y Programática no debiera ser entendida como un trámite orgánico ni como una ceremonia de autoconfirmación. Si quiere estar a la altura de su nombre, debe ser algo más incómodo: un espacio donde el socialismo chileno se atreva a escuchar sus propias repeticiones, sus duelos no elaborados, sus palabras gastadas, sus zonas de silencio.
No para renunciar a su historia. Sino para impedir que la historia se convierta en defensa contra el pensamiento.
Hoy la prueba es otra, pero no menos severa.
Ya no se trata de resistir únicamente al catecismo. Se trata también de resistir a la liviandad e irrelevancia. A la política como ansiedad. A la frase que reemplaza al pensamiento. Al narcisismo de la pureza. A la comodidad de creer que indignarse equivale a comprender.
Quizá por eso 1947 todavía nos hable.
No porque debamos volver allí. Sino porque allí hubo un gesto que sigue siendo necesario: detenerse cuando todo empuja a repetir; pensar cuando todo exige reaccionar; elaborar cuando la época ofrece solo consignas; formular una orientación propia cuando el ruido del mundo vuelve casi imposible escuchar la propia voz.
Eso fue 1947.
Fue el momento en que el socialismo chileno entendió que una tradición política no sobrevive por tener pasado, sino por atreverse, cada cierto tiempo, a interrogarlo.
Y acaso esa siga siendo la prueba decisiva: saber si aún puede mirar su historia no como quien busca refugio, sino como quien acepta una herencia difícil, una deuda no saldada, una promesa que solo permanece viva si vuelve a ser pensada.




