viernes, junio 5, 2026
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Los beneficios científicos y sociales de investigar con enfoque de género Ciencia, evidencia y desigualdades humanas

Foto de DIANA HAUAN en Unsplash

Foto de DIANA HAUAN en Unsplash

Durante los últimos años, distintos sectores políticos y sociales han cuestionado o criticado que las universidades y las ciencias trabajen con enfoque de género, presentándolo muchas veces como una supuesta ideologización del conocimiento o como un alejamiento de la objetividad científica.

Sin embargo, ocurre exactamente lo contrario: investigar con enfoque de género ha permitido corregir errores y prejuicios históricos de la ciencia, mejorar políticas públicas y salvar vidas.

Hoy, además, incorporar el enfoque de género ya no constituye una excepción dentro de la investigación científica contemporánea, sino que forma parte de los estándares básicos de producción de conocimiento de calidad en múltiples áreas. Organismos internacionales, universidades, revistas científicas y centros de investigación consideran cada vez más necesario analizar cómo el sexo, el género y las desigualdades sociales influyen en los fenómenos estudiados.

En otras palabras: hacer ciencia con enfoque de género no implica abandonar el rigor científico, sino fortalecerlo.

Investigar con enfoque de género no significa reemplazar el método científico ni hacer militancia partidaria. Significa reconocer que las personas viven experiencias distintas según factores como el sexo, el género, la posición social, la orientación sexual o las relaciones de poder que atraviesan una sociedad. Cuando estas diferencias son ignoradas, la investigación produce resultados incompletos, sesgados o incluso peligrosos.

Durante décadas, por ejemplo, gran parte de la medicina utilizó el cuerpo masculino como modelo universal. Muchos ensayos clínicos fueron realizados principalmente en hombres, mientras las mujeres eran excluidas por considerarse “demasiado variables” debido a sus ciclos hormonales. El resultado fue grave: medicamentos con efectos secundarios más peligrosos en mujeres, diagnósticos erróneos y tratamientos menos efectivos.

Uno de los casos más conocidos fue el del zolpidem (comercializado como Ambien), un medicamento para el insomnio ampliamente utilizado en Estados Unidos. Durante años, las dosis fueron definidas sin considerar adecuadamente las diferencias biológicas y metabólicas entre hombres y mujeres. Posteriormente, investigaciones demostraron que las mujeres metabolizaban el fármaco más lentamente, manteniendo mayores concentraciones del medicamento en sangre al día siguiente, aumentando el riesgo de somnolencia, accidentes automovilísticos y deterioro cognitivo. En 2013, la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA) obligó a reducir la dosis recomendada para mujeres, reconociendo oficialmente estas diferencias en la respuesta farmacológica.

Estas discusiones impulsaron además cambios regulatorios más amplios. Desde la década de 1990, organismos como los National Institutes of Health (NIH) comenzaron a exigir una mayor inclusión de mujeres en ensayos clínicos y a promover análisis diferenciados por sexo y género. La razón es simple: la evidencia mostró que ignorar estas diferencias deterioraba la calidad científica de la investigación biomédica.

Algo similar ocurrió con las enfermedades cardiovasculares. Los síntomas “clásicos” del infarto fueron construidos sobre experiencias masculinas: dolor fuerte en el pecho y brazo izquierdo. Sin embargo, muchas mujeres presentan síntomas distintos, como náuseas, agotamiento extremo o dificultad respiratoria. Durante años, miles de mujeres fueron subdiagnosticadas o atendidas tardíamente porque la investigación médica había invisibilizado esas diferencias.

Lo mismo pasó en la industria automovilística. Durante décadas, los crash tests utilizaron maniquíes diseñados sobre cuerpos masculinos promedio. No se consideraron diferencias anatómicas, musculares ni de estatura respecto de las mujeres. Las consecuencias fueron concretas: las mujeres presentaban más lesiones graves y mayor probabilidad de morir en accidentes equivalentes. El problema no era “ser mujer”, sino una investigación diseñada desde una falsa neutralidad masculina.

Existe además una caricatura persistente que presenta el enfoque de género como algo “contra los hombres”. La evidencia científica muestra exactamente lo contrario.

El enfoque de género también ha permitido comprender problemas que afectan profundamente a los hombres y mejorar políticas públicas dirigidas hacia ellos. Las investigaciones sobre masculinidades muestran cómo ciertos mandatos culturales —como reprimir emociones, evitar pedir ayuda o demostrar dureza permanente— afectan gravemente la salud mental masculina.

Hoy sabemos que los hombres lideran las cifras de suicidio en numerosos países, presentan mayores tasas de mortalidad por conductas de riesgo, consultan menos en salud mental y tienen más dificultades para pedir ayuda psicológica o emocional. Sin investigaciones con enfoque de género, estos fenómenos seguirían interpretándose únicamente como problemas individuales y no como consecuencias de estructuras culturales que también dañan profundamente a los propios hombres.

Gracias a estas investigaciones, hoy existen mejores estrategias de prevención del suicidio, programas de salud mental más efectivos y políticas públicas orientadas a transformar modelos de masculinidad que producen sufrimiento, violencia y aislamiento emocional.

Otro ejemplo fundamental tiene relación con los derechos humanos y las diversidades sexo-genéricas. Durante gran parte de los siglos XIX y XX, muchas instituciones biomédicas y psiquiátricas consideraron que las personas homosexuales o trans eran “enfermas”, “desviadas” o “anormales”. En nombre de una ciencia supuestamente neutral, se aplicaron terapias de conversión, internaciones forzadas, tratamientos hormonales coercitivos, electroshock y múltiples prácticas que hoy son reconocidas internacionalmente como torturas, tratos crueles, inhumanos y degradantes.

Fue justamente el desarrollo de investigaciones con enfoque de género y derechos humanos lo que permitió cuestionar esos supuestos científicos, demostrar que la diversidad sexo-genérica no constituye una enfermedad y transformar estándares internacionales de salud y derechos humanos. Gracias a estas investigaciones, hoy los organismos internacionales y nacionales consideran éticamente inaceptables las llamadas “terapias reparativas”.

La investigación con enfoque de género también ha sido clave para comprender fenómenos como la violencia sexual infantil, el acoso laboral, la explotación sexual comercial o los sesgos de la inteligencia artificial y los algoritmos. En todos estos casos, el enfoque permitió visibilizar desigualdades, relaciones de poder y formas de discriminación que antes permanecían normalizadas o invisibles.

Por eso, afirmar que el enfoque de género “debilita” la ciencia no solo es incorrecto: contradice la evidencia histórica y los estándares contemporáneos de investigación científica. La ciencia avanza precisamente cuando reconoce sus propios sesgos, corrige errores y amplía su capacidad de comprender la realidad. La investigación con enfoque de género no reduce el rigor científico, sino que más bien lo fortalece. No reemplaza la evidencia, sino por el contrario, exige mejor evidencia.

Las sociedades necesitan investigaciones capaces de comprender la complejidad humana real. Necesitan políticas públicas que funcionen para todas las personas y no únicamente para quienes históricamente fueron considerados el modelo universal. Necesitan ciencia democrática, crítica y responsable.

Investigar con enfoque de género no es un lujo ideológico ni una moda académica. Es una herramienta científica indispensable para producir conocimiento más preciso, más ético y socialmente más útil.

Cada vez que la ciencia ignoró diferencias humanas reales, produjo errores, exclusiones y daños concretos sobre millones de personas. El enfoque de género no apareció para debilitar la ciencia, sino para volverla más rigurosa, más crítica y más capaz de proteger la vida humana en toda su diversidad.