
Periodista y Psicóloga.
No estábamos acostumbrados a ver lo que hoy estamos viendo en las redes sociales. Debíamos haberlo visto ver en el programa “Sin Filtros” y en otros streaming que fueron el “semillero” de personajes como Mara Sedini, Johannes Kaiser o Italo Omegna, entre otros. Pero no lo vimos.
Hoy, la infinita impudicia y sensación de impunidad de los integrantes del programa “La Cofradía” nos abrió la puerta de par en par a esas pestilentes covachas comunicacionales. Allí vimos, con estupor, el encuentro de esos amigos de Italo para celebrar el cumpleaños de uno de ellos, festinando con regalos que terminaron siendo una oda a la pedofilia, donde se mofaron de los niños con autismo en medio de estruendosas risas. A ellos les parecían “geniales” sus tallas. A la actriz Catalina Pulido parece que también porque en el streaming “Noche de pirañas” dijo que le encantaba el podcast de la Cofradía, que lo veía siempre y que sus creadores -entre ellos Italo Omegna- eran “brutalmente inteligentes” y “grandes personas”.
No bastando con ese capítulo, el grupo luego subió a las redes otro segmento donde el machismo y la ordinariez se pasó 500 pueblos, como se dice ahora. Allí los amigos de Omegna le dijeron que se “culiarían” a su hermana, la actriz María Gracia Omegna, si se las prestaba. Y luego empezaron con un brutal canje donde Omegna pedía a “la mama de dos de ustedes por mi hermana”, entre otras joyitas.
Felizmente, tras conocerse el contenido pedófilo, se incendió la pradera y hubo reacciones de amplios sectores repudiando la conducta. Partiendo por el despido de Omegna como asesor legislativo de un diputado del Partido Nacional Libertario (PNL) y de su segundo trabajo así como la renuncia de uno de los integrantes al programa.
Omegna y sus amigos son militantes o afines al PNL de Kaiser. Todos son adultos, con educación en colegios de pago. Son lo que hoy se conoce como “zorrones”, un tipo de hombres que provienen de familias adineradas y quienes se creen más allá el bien y el mal, dueños del dinero y del poder.
Lo bueno de todo este episodio es que la ultraderecha se mostró tal como es. Lo malo, es que supimos como realmente son y su ausencia de límites. Y como su mundo, sus amigos, sus familias ni se escandalizan ni se inmutan con esas execrables conductas. Porque cabe preguntarse, ¿si se refieren de este modo a las hermanas y madres de ellos, que queda para el resto de las mujeres?
Todo este chocante episodio me llevó a otra pregunta ¿la ultraderecha forma, cría y cobija a ese tipo de seres humanos?
El humor “edgy”
Si indagamos en cual es la “mentalidad de los jóvenes de ultraderecha”, no existe un perfil psicológico único. La investigación en ciencia política y psicología social muestra que quienes adhieren a movimientos de ultraderecha pueden hacerlo por una fuerte preocupación por el orden, la seguridad y el control social. O la búsqueda de identidades fuertes y de pertenencia a un grupo. O la percepción de que ciertos cambios culturales -inmigración, feminismo, diversidad sexual, multiculturalismo- amenazan valores que consideran cruciales.
Si uno se adentra en este mundo, se encuentra con espacios digitales de la llamada “nueva derecha” o de comunidades afines en los cuales se ha normalizado el uso del humor extremadamente ofensivo o “edgy” (del inglés edge, limite, borde). Uno es testigo de bromas sobre temas que la mayoría considera ética o moralmente intocables con el objetivo de desafiar tabúes o demostrar que “nada debe ser sagrado”. No significa necesariamente que apoyen esas conductas, pero sí contribuyen a banalizarlas o normalizarlas socialmente. Y eso es lo grave.
Y también es grave la siempre presente hipocresía de estos sectores políticos. Se supone que ellos defienden la vida pero abogan por la pena de muerte. Que condenan la violencia sexual contra las mujeres pero, cuando se juntan en “manada”, no dudan en denigrarlas o, incluso, violarlas.
Analizado desde la perspectiva de la psicología social, lo preocupante no es solo la ideología, sino la aparición de dinámicas para deshumanizar a otros; competir por quién hace el comentario más extremo; minimizar el daño causado (“era solo un chiste”); o reforzar la identidad del grupo atacando normas compartidas por el resto de la sociedad.
El humor “edgy” se basa en la idea de que si un tema está prohibido o genera rechazo, hacer un chiste sobre él produce un impacto mayor. Sus seguidores suelen valorar la sorpresa y la irreverencia, muy por encima de la empatía. Los temas más frecuentes apuntan a abuso sexual, racismo, nazismo, discapacidad, suicidio, violencia extrema, enfermedades, religión, catástrofes. La lógica es “Si nadie se atreve a bromear sobre esto, yo sí.”
Igualmente, es una forma de llamar la atención en un mundo donde la competencia para lograrlo es a muerte. En internet existe una especie de escalada y si alguien hace un chiste fuerte, otro intenta hacer uno peor y luego otro aún más extremo. Ocurre también que muchas comunidades online usan este humor como una prueba de ingreso. Si alguien se ofende, “no pertenece al grupo.” Si alguien ríe, “es de los nuestros.” De este modo, el humor funciona como un marcador de identidad.
Hay también otro factor que influye en la creación de estos contenidos y es el consumo desmedido y constante de memes extremos durante años. Eso genera que la reacción emocional disminuya, que se produzca una suerte de desensibilización, como la llaman los psicólogos. O sea, lo que hace cinco años parecía monstruoso hoy termina pareciendo “normal” no porque apruebe el hecho, sino porque pierde capacidad de impacto.
La desensibilización es uno de los fenómenos más estudiados en psicología y neurociencia. Consiste, en términos simples, en que la respuesta emocional disminuye cuando una persona se expone repetidamente a un mismo tipo de estímulo. Ello ocurre porque nuestro cerebro está diseñado para prestar mucha atención a lo nuevo o amenazante. Pero si ese estímulo se repite una y otra vez sin consecuencias directas para nosotros, la reacción emocional tiende a reducirse. Es un mecanismo adaptativo: si reaccionáramos con la misma intensidad a todo, terminaríamos sobrecargados. El ejemplo de los médicos es el mas frecuente. “Se acostumbran al dolor”.
Hay investigadores que han estudiado foros de internet y han observado que el humor “edgy” ha sido utilizado como herramienta para difundir ideas extremistas. El mecanismo suele operar de la siguiente forma: se hace un chiste, si alguien critica, se responde: “Era solo humor”. El mensaje sigue circulando y algunas personas comienzan a tomar en serio aquello que originalmente se presentó como una broma. Esto ha sido descrito como una forma de normalización gradual de ciertos discursos peligrosos.
Una mirada desde la psicología nos indica que el humor sirve para aliviar tensiones, fortalecer vínculos, criticar el poder o cuestionar normas. Pero también puede deshumanizar o banalizar el sufrimiento cuando convierte a las víctimas en el objeto de la risa. Es lo que hacen Omegna y su grupo de “zorrones”.
Por eso, más que preguntarse si un chiste “debería estar permitido”, muchos psicólogos sociales proponen otra pregunta: ¿qué efecto produce? Si un chiste refuerza prejuicios, normaliza la violencia o reduce la empatía hacia un grupo vulnerable, sus consecuencias sociales pueden ir más allá de la intención de quien lo cuenta. Por ello, el debate sobre el humor “edgy” no gira solo en torno a la libertad de expresión, sino también al papel que el humor desempeña en la construcción de normas sociales y en la manera en que una comunidad aprende a percibir a los demás.
Que se reduzca la respuesta empática frente a ciertos contenidos no implica que alguien pierda toda capacidad de empatía. Las respuestas dependen del contexto, de la personalidad, de la educación, entre otros factores. Pero es claro que en un país donde entró la ultraderecha a gobernar sin contrapesos, donde la gente débil o pobre es invisible, donde los medios de comunicación son propiedad de ese mismo grupo de poderosos, el “humor” violento y cruel parece haberse desatado en redes sociales que a veces mas parecen cloacas que espacios donde comunicar.
Las redes sociales pueden favorecer este proceso porque exponen a las personas a un flujo constante de contenido impactante. Un adolescente puede pasar, en pocos minutos, de ver un video de un accidente, un meme sobre una guerra, un chiste sobre pedofilia, un video gracioso de mascota o una tragedia en tiempo real. Esto puede provocar que contenidos muy serios se perciban como parte del mismo flujo de entretenimiento, aunque las personas sigan distinguiendo racionalmente entre ficción y realidad.
Algunos sociólogos sostienen que internet ha desarrollado una cultura donde casi cualquier acontecimiento termina convertido en meme, lo que es bueno porque ayuda a enfrentar situaciones difíciles mediante el humor pero también puede tener costos como banalizar el sufrimiento.
Mentes de izquierda y derecha
Los chilenos estamos diariamente en shock desde el pasado 11 de marzo al observar -y sufrir- las medidas tomadas por el gobierno y las conductas y actitudes de sus autoridades y representantes. Más de 30 seremis han renunciado por causas bastante escandalosas y se observan bajísimos niveles de empatía con los más desposeídos. Esto nos lleva a preguntarnos si la gente de derecha y la gente de izquierda o centro son realmente distintos tipos de humanos.
Es una de las preguntas más debatidas en psicología política. La respuesta breve es que, en promedio, sí se han encontrado diferencias entre personas que se identifican con la izquierda y la derecha, pero son diferencias estadísticas, no reglas absolutas. Hay muchísima variación individual y no existe un “tipo psicológico” único para cada ideología.
Algunos de los hallazgos más consistentes han apuntado a la actitud frente al cambio y al orden. En promedio, las personas de ultraderecha tienden a valorar más el orden, la estabilidad, la autoridad, las tradiciones, la cohesión del grupo. Las personas de izquierda tienden, en promedio, a valorar más el cambio social, la igualdad, la diversidad, la inclusión, el cuestionamiento de las jerarquías existentes. La diferencia radica en qué consideran prioritario cuando esos valores entran en tensión. Por ejemplo, si una política aumenta la seguridad pero restringe algunas libertades, ¿qué pesa más?
Diversos estudios han encontrado que quienes tienen posiciones más de derecha muestran, en promedio, mayor preocupación por amenazas relacionadas con delincuencia, terrorismo, inmigración, desorden social, pérdida de identidad cultural. En cambio, personas de izquierda suelen percibir con mayor intensidad amenazas como desigualdad económica, discriminación, cambio climático, abusos de poder, exclusión social.
Una diferencia importante aparece cuando se mira su forma de entender la desigualdad. En promedio, la izquierda tiende a pensar que las condiciones sociales y económicas explican gran parte de las diferencias entre las personas. La derecha suele otorgar un mayor peso a factores como esfuerzo personal, responsabilidad individual, mérito, disciplina.
Otro rasgo psicológico que diferencia a la gente de derecha de la de izquierda es la apertura a la experiencia. Las personas de izquierda obtienen puntuaciones más altas en este rasgo, asociada a la curiosidad, el interés por ideas nuevas y la valoración de la diversidad. Las personas de derecha obtienen puntuaciones algo más bajas en ese rasgo, pero pueden puntuar más alto en orden, estructura y organización.
Cuando se habla específicamente de la ultraderecha, algunos estudios sugieren que pueden aparecer con mayor frecuencia ciertas características, como una fuerte identidad grupal (“nosotros” vs “ellos”); preferencia por líderes fuertes; menor tolerancia hacia grupos considerados externos.
¿Y qué tienen en común las personas de extrema izquierda y aquellas de extrema derecha? Hay investigaciones que dice que pueden compartir ciertos estilos de pensamiento, aunque difieran radicalmente en sus ideas. Entre estos se cuentan la mayor certeza de tener la razón; la menor disposición a cambiar de opinión; una visión más dicotómica; fuerte identificación con el propio grupo; mayor desconfianza hacia quienes piensan distinto. Es decir, el dogmatismo y la polarización pueden aparecer en distintos extremos ideológicos.
Es bueno puntualizar que, aunque la investigación social identifica tendencias promedio entre grupos, no permite predecir con precisión cómo será psicológicamente una persona solo por ser de izquierda o de ultraderecha.
Pero en los pocos meses que llevamos del primer mandato de la ultraderecha en democracia, ya nos hemos podido dar cuenta, en forma dramática, de como se apean del caballo. Es de esperar que sobrevivamos a su estilo en los años que faltan…








