Periodista y Psicóloga.
Recientes estadísticas señalan que solo un 29% de las familias chilena sale a veranear (de ese porcentaje, un 86% lo hace dentro del país). O sea, para un 71%, el verano no es vacaciones, es resistencia. Al calor, al hacinamiento, a los gastos extras en luz, agua, comida, a los niños sin colegio. Pareciera que esos tres meses de verano son incluso más pesados que el resto del año.
A pesar de que el descanso es una necesidad básica y no un lujo, la inmensa mayoría de los chilenos no puede darse ese gusto porque deben buscar trabajos informales o temporales ya que la estación estival es vista como una oportunidad de ingresos que siempre están faltando, no como un tiempo de ocio.
Es decir, el verano profundiza la desigualdad social. Pero no solo ello. La falta de vacaciones tiene un alto impacto en la salud mental. El veraneo es un ritual de pertenencia y una forma de validación simbólica. Es sentir “yo merezco parar”. Y cuando la falta de recursos económicos te deja fuera de ese legítimo descanso, y te somete a una exclusión simbólica, hay resultados psicológicos significativos. De partida porque el tomar vacaciones es un marcador de status y quien no puede desconectarse, disfrutar esa experiencia instalada como un ideal, experimenta una vergüenza muchas veces silenciosa, una sensación que, aunque no se verbalice, erosiona la autoestima. La falta de descanso no solo agota, también produce un resentimiento difuso, esa terrible sensación de que el sistema nunca te da tregua. En suma, las vacaciones funcionan como un regulador emocional de clase. Quien puede descansar, tolera más; quien no puede, acumula más mierda.
Para los desposeídos de Chile, y para todos los millones de condenados de la tierra, al decir del gran Franz Fanon, es lo que ocurre no solo en verano sino toda la vida. Y es uno de los factores que constituyen la llamada frustración estructural. Este es un término clave para entender el actual clima emocional y político, en nuestro país y en el mundo.
Esta frustración no se refiere a estar “frustrado” sino a vivir en un sistema que promete más de lo que cumple, de forma repetida, durante años. Se produce cuando se promete movilidad social, recompensa frente al esfuerzo, seguridad y dignidad básica y la experiencia cotidiana contradice sistemáticamente esas promesas. No es que haya una decepción puntual. Se trata de una decepción acumulada y crónica.
En Chile, y en el planeta, la frustración estructural no nace de un sólo gran golpe, sino de micro-abusos cotidianos que se repiten, se normalizan y van dejando la sensación de “da lo mismo lo que haga, siempre pierdo”.
Parte en la economía hogareña, donde debemos sortear las subidas constantes de precios sin alzas equivalentes en sueldos, lo que nos obliga a pedir créditos para llegar a fin de mes, no para “progresar”. Entonces se entra en algo peor: el mundo de los intereses draconianos que pone la banca y las multas desproporcionadas por atrasos mínimos. El mensaje implícito es “si no tienes respaldo, el sistema te castiga”.
Se repite en el ámbito de la salud, lugar donde el Chile real debe esperar meses para una hora médica y, a veces, años para una operación. Además de soportar tratos fríos o despectivos en centros de salud saturados o el cuestionamiento de licencias médicas, como si el paciente fuera sospechoso. Si pagas como particular, la atención es inmediata, aunque debas sufrir altos copagos por atenciones que tu ISAPRE no cubre. Obviamente, es imposible no sentir que tu salud vale según tu billetera.
En el ámbito de la educación, si vives en los extramuros donde Pinochet lanzo a vivir a las familias pobres, debes mandar a tus hijos a colegios con carencias básicas. Al otro lado del muro, ves colegios que lo tienen todo pero sus cuotas de “incorporación” pueden llegar a ser de ocho millones de pesos o más.
Y si tus hijos logran llegar a la universidad, debes probablemente endeudarte. El problema es que tu hijo no tiene una garantía real de empleo al terminar sus estudios. Eso queda claro si consideramos datos estadísticos que reportan que entre los titulados universitarios chilenos, un 38 % tiene empleos precarios. Desde luego, los jóvenes de sectores de bajos recursos suelen entrar primero a empleos más informales, con condiciones más frágiles. ¡Si es que luego encuentran trabajo…! O sea, aprendes que los títulos no aseguran movilidad social, especialmente en sectores populares.
Esa dolorosa verdad es uno de los quiebres del contrato psicológico, otro elemento que contribuye a la frustración estructural. Es decir, aquel contrato que establece acuerdos implícitos entre los ciudadanos y el sistema. Cuando se rompen promesas en las que creíste -“si estudias, te ira mejor”, “si trabajas duro, tendrás lo que necesitas”, “si cumples, el sistema te recompensará”- y vas viendo que nada o casi nada de lo prometido se cumple, el problema no es solo económico. Se siente como una traición simbólica porque se rompe la confianza básica entre tú y el sistema.
Otro ámbito en que se han roto brutalmente las promesas es en la vivienda. Tus padres se pudieron comprar casa. Tu ya no puedes y debes enfrentar arriendos abusivos con contratos precarios en barrios periféricos mal conectados, donde pasas más de cuatro horas al día en una micro o un vagón de metro repletos para ir y volver de tu trabajo. O te paras en el paradero y pasan 5 buses del recorrido que no te sirve y el tuyo no aparece. ¿A quién le puedes reclamar? A nadie. Como tampoco lo puedes hacer cuando se producen alzas de tarifa y no ves que nada cambie para bien en tu transporte. Obviamente, todo ello te resta tiempo para pasar con tu familia o para divertirte. O sea, vives para trabajar y no trabajas para vivir.
También sientes que no hay trato justo con el sistema cuando debes realizar trámites eternos en los cuales siempre será tu error si las cosas no resultan. Y donde te ves expuesto a un lenguaje burocrático incomprensible y sientes una sensación de indefensión frente a las grandes empresas o al Estado, topándote con un sistema que ya no es tu socio sino un ente lejano y poco humano.
¡Para que decir cuando te enfrentar a la justicia y a la autoridad! Allí si que sientes en carne viva la desigualdad ante la ley y ves el rigor con que se trata al débil y la absoluta flexibilidad con el poderoso. Y observas que para los primeros hay multas y sanciones inmediatas y para los segundos, poco rigor. Y te hierve la sangre al ver la impunidad para quienes cometen delitos de “cuello y corbata”. Desde luego, esto erosiona tu idea de justicia básica. Pero no puedes hacer nada.
Cuando te toca jubilarte y eres pobre, llegas al ultimo calvario: el de las pensiones. Te sientes burlado al ver que, tras décadas de trabajo afiliado a una AFP, esta te da un raspado de la olla. Ello obliga a seguir trabajando o a depender de otros familiares. O sea, vives la vejez como una amenaza.
Esto último, a pesar de que las siete administradoras de estos fondos en Chile obtuvieron en 2024 ganancias por aproximadamente $569 mil millones, lo que represento un aumento con relación a 2023. A septiembre de 2025, las AFP ya habían acumulado $550 mil millones de utilidades, lo que representó un crecimiento significativo respecto del primer semestre de 2024. ¡Y eso que Chile vivía el año en que el caía se caía a pedazos!
En ese mismo Chile, la banca obtuvo ganancias netas totales por unos $ 5.994 miles de millones durante 2025. La cifra representó un aumento en las utilidades respecto al año 2024 y estuvo cercana a un récord histórico del sistema financiero local.
Cuando ves la forma dramática en que se rompieron las promesas que el sistema hizo contigo, viene una etapa en que ya no crees ni esperas nada. Es entonces cuando aparece algo muy dañino: el cansancio moral. Ya no esperas, ya no protestas, ya no crees. Ya no estas “ni ahí”. Y te encuentras repitiendo frases tan conocidas como “todo da lo mismo”, “todos son unos mentirosos”, “nunca cambia nada”, “yo tengo que trabajar igual, salga el gobierno que salga”. Y esto no es apatía voluntaria, es un sentimiento de indefensión aprendido socialmente.
La sensación de vivir siempre perdiendo colabora con la instalación de la frustración estructural. Esta se vive como sensación de abuso cuando las reglas siempre parecen hechas para otros, cuando los errores propios se castigan duro y los errores de las esferas del poder no tienen consecuencias. Y la vida se empieza a vivir como una asimetría permanente. “Yo me esfuerzo y siempre pierdo; otros fallan y siempre ganan”. Baste pensar en lo que sentirán los estadounidenses frente a Trump…
Y la rabia sigue acumulándose. Y te das cuenta de que ya no tienes el control de tu vida, que más bien la vives como una reacción, no como una acción. No puedes decidir cuándo descansar, donde vivir, si puedes tener hijos. Vives la vida como un continuo ir apagando incendios. Eso, en términos psicológicos, disminuye la autosuficiencia y empobrece tu futuro imaginario.
Y no es que esto quede solo en ideas. Es el cuerpo el cual empieza a pagar las consecuencias. Y te pones irritable, tienes explosiones de rabia, caes en consumo de drogas legales o ilegales, y aparecen los síntomas psicosomáticos.
¿Qué puedes hacer con todo esto? Lamentablemente, como hemos visto en muchos rincones del mundo, los caminos han sido muy negativos. Uno la sido la resignación; otro, desviar tu rabia a otros, o sea convertirte en un “hater” tan en boga hoy en día. O, y esto sí te debe sonar conocido, buscar lideres autoritarios que te ofrezcan soluciones simples, que te hagan promesas que para ti ya son creíbles debido a tu desesperación. Es decir, con las cuales te “enganchas” por alivio emocional, no por ideología.
Lo peor de esto es que la frustración estructural no produce ciudadanos críticos sino ciudadanos agotados. Y un ciudadano agotado no sueña, no confía, no arriesga, solo sobrevive.
En definitiva, una ciudadanía que acumula promesas incumplidas, sensación de abuso y pérdida de control de su vida, tiene el riesgo de normalizar el daño. Ya ni siquiera tiene ganas de protestar. Y ese el comienzo del fin de la libertad.
Esperemos que no sea lo que está pasando en Chile. Aquí vivimos una cruenta Dictadura militar apoyada por la ultraderecha durante 17 años, régimen que fue derrotado en 1988 por la ciudadanía, y treinta y ocho años después, los chilenos votaron nuevamente por uno de los más férreos representantes de esa ideología, José Antonio Kast. ¿Seremos capaces de volver a “estar ahí” nuevamente, de entender lo que hicimos, de despertar del letargo, de ponerle la proa a la vida?
