Anatomía de una caída

Crédito foto: Patricio Muñoz Moreno

Crédito foto: Patricio Muñoz Moreno

Notas críticas sobre  “El fin de un ciclo” , (Giorgio Jackson)

Diagnóstico y padrón.

1.Para entender una derrota de esta magnitud, la más duras en un siglo, no sirve buscar culpables o errores de gestión. La autocrítica debe ser un ejercicio colectivo que atraviese al conjunto del progresismo y se atreva a cuestionar algo más profundo: los lentes con los que decidimos mirar al país. Si el ciclo político terminó, lo primero que debe ser revisado es la forma en que se venía interpretando la realidad social.

  1.  El documento de Giorgio Jackson, El fin de un ciclo, es un aporte valioso porque asume la gravedad del momento. Su reflexión intenta descifrar una paradoja dolorosa: cómo un proyecto que despertó esperanzas históricas terminó encadenando derrotas que van mucho más allá de lo electoral. Precisamente porque el intento es serio, las respuestas deben ser igual de rigurosas y no conformarse con las explicaciones más cómodas.
  2. Sin embargo, la discusión que el documento abre no puede olvidarse de lo que sucedió en el periodo previo. Las fuerzas del progresismo ya han enfrentado derrotas significativas antes: en 2009 y en 2017. En ambos casos, la respuesta no fue una revisión profunda, sino la búsqueda de salidas que permitieran recomponer el campo político sin interrogar sus premisas. En 2009, la derrota fue leída como un desgaste natural de ciclo; en 2017, como un problema de liderazgo y dispersión, cuya solución volvió a formularse en términos de ampliación de alianzas. En ninguno de los dos momentos se produjo una revisión sustantiva del marco desde el cual se venía leyendo a la sociedad chilena.
  3. Las derrotas asoman, no siempre aparecen como acontecimientos que obliguen a repensar el diagnóstico. También como contingencias que pueden ser corregidas mediante ajustes tácticos, reordenamientos internos o nuevas síntesis políticas. El ciclo que hoy se declara finalizado no es, por ello, el primero que correrá el riesgo de terminar sin una elaboración exhaustiva y dolorosa de sus condiciones de posibilidad.
  4. El fin del ciclo, en el texto de Jackson, no se explicaría principalmente por errores de gobierno, de ideas o de conducción —aunque estos se reconozcan y enumeren en el propio texto—, sino por un cambio estructural del electorado producido por el restablecimiento del voto obligatorio. La incorporación masiva de nuevos votantes habría introducido una subjetividad política distinta: una forma diferente de relacionarse con la política, con sus promesas y con sus instituciones, que habría alterado las reglas conocidas del juego y desbordado los marcos con los que el progresismo venía leyendo al país.
  5. Surge entonces una interrogante central: ¿es el voto obligatorio la causa esencial del fin de este ciclo, o es simplemente el factor que hizo visibles —de forma masiva— las tensiones que el progresismo no logró resolver a tiempo? Plantear esta pregunta no implica desconocer el impacto del cambio en las reglas electorales, sino situarlo en una secuencia más amplia de lecturas, decisiones y omisiones.

Causa o síntoma

  1. El concepto del «nuevo elector» es el eje de El fin de un ciclo. El argumento sostiene que el retorno del voto obligatorio no solo aumentó el número de votantes, sino que transformó la naturaleza del electorado, en un nuevo padrón. Al integrar masivamente a ciudadanos que no participaban, surgieron expectativas y formas de entender la política ajenas a las lógicas con las que el progresismo trabajaba habitualmente. Bajo esta mirada, el resultado electoral corresponde, esencialmente, a una mutación estructural del sujeto que vota
  2. El riesgo de tender a explicar al ‘voto obligatorio’ como la explicación preponderante, es que transforma una derrota política en una especie de un evento demográfico. Al convertir al nuevo elector en una de las causas principales del fracaso, el progresismo se ahorra el trabajo difícil: revisar si sus propias ideas y promesas seguían teniendo sentido para los chilenos. No es que “se cambiaron las reglas para que mute a otro deporte “como afirma Jackson; es que el equipo dejó de hablarle a las personas que entraron a la cancha
  3. El nuevo elector puede ser leído , entonces, de dos maneras: o bien como causa esencial del desenlace o bien como síntoma de tensiones más profundas. Si se lo entiende principalmente como causa, el análisis corre el riesgo de detenerse en el cambio de padrón. Si se lo lee como síntoma, en cambio, la pregunta se desplaza hacia el marco desde el cual el progresismo pensó a la sociedad chilena, articuló sus promesas de transformación y organizó sus expectativas de futuro.
  4. Bajo esta segunda mirada, es muy posible que el «nuevo elector» no sea un factor ajeno al proceso político reciente, sino una identidad formada y/o radicalizada dentro del propio ciclo. Expectativas sobredimensionadas, promesas que no encontraron traducción efectiva y una distancia persistente entre discurso político y experiencia cotidiana habrían contribuido a configurar disposiciones de frustración, desconfianza y castigo que luego se expresaron electoralmente, cuando fue posible hacerlo.
  5. La dificultad para procesar el cierre de este periodo se debe a que el diagnóstico original no fue una suma de ideas aisladas, sino un marco de análisis totalizador. Desde allí se leyeron los “30 años” como un mero pacto de élites, el estallido social como una impugnación estructural y la Convención Constitucional como su traducción institucional. El problema central no es necesariamente la validez de estas lecturas, sino que, al pertenecer al mismo esquema de pensamiento, funcionaron de manera circular: cada evento se utilizaba para confirmar el anterior. Este mecanismo impidió ajustar el análisis incluso cuando la realidad comenzó a mostrar señales que contradecían las premisas iniciales.
  6. El estallido social de 2019 es un antecedente fundamental en este análisis. Más que un evento aislado, este hito expuso las contradicciones que definen al electorado hasta la actualidad: la demanda por protección estatal junto al deseo de consumo individual, y la exigencia de derechos acompañada de una desconfianza estructural hacia las instituciones. El estallido no originó estas tensiones, pero las manifestó de forma masiva. En ese contexto, el perfil del «nuevo elector» ya participaba activamente, adelantando las características que hoy definen el escenario electoral.
  7. Al analizar esta secuencia, se percibe que el «nuevo elector» no es una figura desconocida, sino la expresión radicalizada de conductas que ya existían en sectores de participación intermitente o vinculados a la protesta social. Características como la desafección, el individualismo pragmático y la tendencia al voto de castigo por sobre la adhesión no nacieron con el voto obligatorio; simplemente adquirieron un peso político decisivo a partir de su implementación
  8. Desde esta perspectiva, el voto obligatorio no explica por sí mismo el fin del ciclo. Es más bien un dispositivo de revelación: al masificar la participación, expuso tensiones que ya estaban presentes, pero que no habían sido procesadas políticamente. La diferencia es importante. En el primer caso, bastaría con ajustar estrategias. En el segundo, la tarea es más exigente.
  9. Nombrar estas limitaciones no implica señalar responsabilidades ajenas. Implica reconocer, de forma autocrítica, la propia participación en asumir los marcos que hoy se revelan insuficientes: por adhesión a diagnósticos dominantes, pero también por haber evitado, en su momento, una discusión más profunda para no quedar al margen del ciclo político que se inauguraba.
  10. La autocrítica necesaria, es que ese diagnóstico terminó extendiéndose al conjunto del progresismo de la izquierda, ya fuera por convicción o por omisión, organizando una lectura asumida del pasado reciente. En no pocos casos —con distintos grados de convicción y, a veces, con cierta impostura— operó como una forma de acatamiento al nuevo ciclo: una aceptación tácita de sus premisas como condición para participar en él y no quedar desplazado de su escena.
  1. LA FRAGILIDAD DEL DATO FRENTE A LA NARRATIVA DEL MALESTAR

Hitos y paradojas.

1.Por otro lado, analizar las tensiones de este periodo no significa ignorar sus avances. Sería un error —y una injusticia analítica— leer este periodo exclusivamente en clave de derrota. El propio documento de Jackson identifica los avances sustantivos que marcaron de manera efectiva la vida cotidiana de amplios sectores. Es necesario rescatar estos hitos con exactitud, no como consuelo o para justificar el pasado, sino para construir un balance político equilibrado y objetivo.

  1. Estos incluyen la gratuidad en educación superior, la creación del Copago Cero en salud y el aumento del salario mínimo. También destacan la jornada laboral de 40 horas, la Ley de Responsabilidad Parental y el fortalecimiento de la institucionalidad de seguridad, junto a la reforma que reforzó el pilar solidario. Se trata de políticas públicas concretas, con impacto material y simbólico, que modificaron de manera tangible condiciones de vida y ampliaron derechos.
  2. Se realizaron transformaciones concretas y verificables. No obstante, el desafío político actual no radica en la falta de logros, sino en que estos fueron insuficientes para resolver una crisis de fondo en la representación y el sentido del proyecto. Un balance político no puede limitarse a un listado de medidas; la ciudadanía no solo valora la gestión, sino que demanda coherencia y un horizonte claro que le permita proyectar el futuro del país
  3. Aquí surge una paradoja que el texto de Jackson apenas roza: pese a los avances logrados, el progresismo no consiguió transformarlos en un relato político capaz de integrar las expectativas y frustraciones de la ciudadanía. Las políticas públicas se implementaron, pero no lograron inscribirse de manera consistente en la experiencia vivida de aquellos a quienes el proyecto buscaba representar. Algo de esa dificultad puede leerse en la advertencia que Shakespeare pone en boca del rey Lear —“No seremos los primeros, que, con la mejor de las intenciones, hemos logrado lo peor”—. Cuando el relato no logra nombrar lo que la experiencia ya muestra, los logros existen, pero quedan políticamente mudos.

Autopercepción y experiencias

  1. Una de las causas principales de este problema es la confusión constante entre la elaboración ideológica y la realidad de los procesos sociales. La prioridad otorgada al lenguaje simbólico y a la precisión conceptual no fue de la mano con una observación real de cómo las personas percibían o rechazaban esos mismos marcos. Esta falla no fue puramente comunicacional ni se explica por una falta de pedagogía política. Se trató, fundamentalmente, de una brecha profunda entre la autopercepción del progresismo y la experiencia diaria de la ciudadanía, ejemplificada en una crisis de seguridad que no pudo ser mitigada con estadísticas ni datos oficiales.
  2.  En tiempos de incertidumbre, las estadísticas no logran convencer por sí solas. La experiencia reciente demuestra que narrativas alternativas, como el concepto de «gobierno de emergencia» —caracterizado por ser simple y reactivo—, pueden dominar el debate y opacar los logros reales. Esto sucede porque dichas consignas logran dar un sentido a la vivencia colectiva que los datos técnicos no alcanzan a cubrir. Un relato también puede matar los datos.
  1.  La dificultad para revisar el diagnóstico no es solo política ni estratégica. Es también identitaria. Ese diagnóstico no funciona únicamente como una lectura de la realidad, sino como el soporte simbólico a partir del cual una generación y fuerzas políticas, se reconocen, se diferencia del pasado e intenta sostener un ciclo político propio. En torno a él se organiza una pertenencia, un lenguaje común y una promesa de sentido. Por eso, interrogarlo no implica simplemente corregir una hipótesis, sino poner en cuestión el suelo desde el cual se habla, se milita y se gobierna. La autocrítica se vuelve así especialmente difícil: no solo por falta de contrastes, sino porque revisar el diagnóstico amenaza con desarmar la identidad que ese mismo diagnóstico hace posible. En ese punto, la resistencia a la revisión deja de ser solo política y adquiere un carácter casi existencial.

UNIDAD Y FUTURO

1.A estos desafíos se añade la falta de un sujeto político claro que se identifique con las transformaciones. La incapacidad para construir una identidad colectiva —un nosotros comprensible, aun atravesado por conflictos— no fue un simple fallo discursivo, sino el resultado de cómo se establecieron las prioridades del período. La multiplicación de demandas y causas específicas, aunque válidas, terminó por fragmentar el proyecto común y debilitó la idea de un cambio compartido. Sin una base social que se sienta protagonista de las reformas, incluso los logros más importantes quedan aislados y carecen de un sustento político estable en el tiempo.

  1.  Es precisamente frente a esta ausencia de sujeto donde la pregunta por la unidad adquiere su verdadero peso. No cualquier unidad, sino una capaz de recomponer un horizonte común y de ofrecer una síntesis política allí donde el proyecto se dispersó. Durante décadas, la centroizquierda chilena logró construir mayorías estables a partir de coaliciones amplias. Esas alianzas, aun siendo diversas, se sostenían en anclajes sociales reconocibles y en un diagnóstico relativamente compartido sobre el país que se buscaba gobernar. La unidad operaba entonces como una síntesis política: no solo articulaba partidos, sino que expresaba una forma común de leer la sociedad y de ofrecerle un horizonte de sentido.
  2. Las convergencias más recientes —la Nueva Mayoría y la actual alianza de gobierno— han sido, en cambio, las más amplias conocidas en términos de espectro político. Paradójicamente, han coincidido también con los peores resultados electorales para la izquierda en casi un siglo. En estos casos, la unidad tendió a operar más como agregación de identidades políticas diversas que como expresión de un diagnóstico compartido capaz de articular la experiencia social de los sectores a los que se buscaba representar.
  3. Por eso, la unidad del progresismo no puede reducirse a un consuelo táctico ni a un ejercicio de recomposición electoral. Es, sin duda, una condición necesaria para construir mayorías, pero resulta insuficiente si no va acompañada de una revisión del diagnóstico que la sostiene. Cuando la explicación del fin del ciclo se agota en factores externos —el nuevo elector, el voto obligatorio o el contexto—, la unidad se proyecta como una estrategia sin aprendizaje. La derrota se administra, pero no se elabora. Mientras ese diagnóstico no sea interrogado, la unidad seguirá siendo necesaria, pero insuficiente; y los ciclos, pueden tender a repetirse bajo nuevas consignas.
  4. En última instancia, el desafío pendiente trasciende lo electoral. Analizar críticamente esa desconexión —lo que implica revisar el diagnóstico de fondo y no solo las estrategias de campaña— constituye la tarea central que hoy queda abierta para profundizar en un debate extenso, complejo y necesario.

Tal vez lo más difícil no sea haber perdido.

Tal vez lo más difícil sea aceptar que no se tenía toda la razón