Analista sociopolítico Foco LATAM | Profesor e investigador en Ciencias Sociales. Doctorando de la Universidad de Tarapacá. Profesor de Historia Universal, Master en Educación Ciudadana. Licenciado en Educación de la Universidad de Camagüey
Se dialoga y se sanciona al mismo tiempo. Trump afirmó en la ONU que Cuba “llegará a un acuerdo” con Estados Unidos, mientras llamaba a la isla “nación fallida”. Marco Rubio fue designado al frente de las conversaciones. Pero esa misma semana Washington impuso nuevas sanciones contra empresas vinculadas a GAESA y la industria niquelífera de Moa, congeló activos y amenazó con represalias a terceros países.
El vicecanciller cubano Carlos Fernández de Cossío respondió que “no se puede confirmar ningún progreso” y denunció que Washington impone “cada semana o cada dos semanas” nuevas medidas.
El episodio de la ONU expuso la fractura. El 22 de septiembre, durante el discurso de Trump ante la Asamblea General, la delegación cubana abandonó la sala. Días después, cuando Bruno Rodríguez ocupó esa misma tribuna, la delegación estadounidense se ausentó.
Rodríguez denunció la retención de más de 7.000 contenedores con alimentos, medicamentos e insumos médicos y las presiones sobre terceros países para impedir el suministro de combustible, calificándolas de “equivalente a un bloqueo naval” y, desde la posición cubana, de “acto de guerra”. Trump sostiene una lectura radicalmente distinta: Cuba “está por caer”.
Dos discursos, una misma mesa de negociación
”Aceptar dialogar” y “estar dispuesto a dialogar” no significan lo mismo. Trump insinúa que el acuerdo es inminente, pero no ofrece detalles. La posición de La Habana es que está dispuesta a conversar, pero sin presiones, sin renunciar a la soberanía y sin condiciones previas.
Rodríguez lo resumió en la ONU: “Cuba no es una amenaza, el bloqueo sí lo es”.
Pero el asunto ya no puede leerse únicamente como un pulso entre La Habana y Washington.
Cuba y el tablero americano
Cuba está en el Caribe, pero la disputa alrededor de Cuba alcanza a todo el hemisferio.
La competencia entre Washington y Pekín, los vínculos de La Habana con China y Rusia y la creciente presencia económica y estratégica de potencias extrarregionales convierten a la isla en una pieza de una disputa mayor por influencia y seguridad en América.
De ahí que las conversaciones Cuba-Estados Unidos tengan una dimensión que trasciende a las dos capitales.
En ese contexto cobra interés la reciente interlocución entre Trump y Xi Jinping. Algunos han comenzado a hablar de un supuesto entendimiento secreto sobre Cuba e incluso de un “efecto Xi” en el giro hacia el diálogo.
Hasta ahora, sin embargo, no existe evidencia pública suficiente para presentar ese supuesto pacto como un hecho.
Lo que sí puede afirmarse es que una escalada en Cuba tendría consecuencias para el equilibrio estratégico del Caribe y para la competencia entre las grandes potencias.
Y eso cambia la pregunta.
¿Qué se está negociando realmente entre Washington y La Habana y cuánto de esa negociación está relacionado con el nuevo equilibrio geopolítico de América?
El nuevo mapa de seguridad
Mientras tanto, otro “diálogo” toma forma en la región.
Chile anunció su incorporación al “Escudo de las Américas”, mecanismo de seguridad impulsado por Trump. José Antonio Kast ha insistido en que no implica acciones militares ni pérdida de soberanía.
Pero el mecanismo introduce otra variable en el escenario: la reorganización de la seguridad regional alrededor de Washington.
El canciller cubano lo calificó en la CELAC como una “versión actualizada del monroísmo”, asociada a la militarización y a la división entre aliados y adversarios.
La pregunta queda abierta:
¿Se trata de cooperación hemisférica frente a amenazas transnacionales o de una nueva arquitectura de alineamientos en América?
El verdadero problema
Si “llegar a un acuerdo” fuera realmente el objetivo, ¿por qué mientras se conversa aumenta la presión?
Si la soberanía no es negociable, ¿qué tipo de entendimiento no terminaría convirtiéndose en una rendición unilateral?
Y si Washington descarta una intervención militar, ¿significa eso el abandono de la confrontación o solamente el cambio de sus instrumentos?
Porque descartar una guerra no significa necesariamente abandonar la presión.
La confrontación puede trasladarse a las sanciones, la economía, la diplomacia, las alianzas y la seguridad regional.
Por eso, la pregunta ya no es solamente si habrá un acuerdo entre Cuba y Estados Unidos.
La pregunta es qué tipo de equilibrio se está construyendo alrededor de Cuba y qué lugar ocupará América Latina en ese nuevo tablero.
El diálogo avanza, las sanciones se acumulan. En la tribuna se cruzan acusaciones, en los puertos se oxida la carga.
Se dialoga en La Habana. Se sanciona desde Washington. Se negocia en el contexto de una competencia creciente con Pekín. Se reorganiza la seguridad del Caribe.
Y América observa.
Porque Cuba puede ser la isla donde se libra la negociación, pero el tablero es todo el hemisferio.
