
Profesor de Historia, analista político.
El reciente reportaje de Chilevisión reveló algo más que un escándalo puntual. La denuncia de que un director de Canal 13, Patricio Góngora, estaría detrás de una red de cuentas anónimas en X (ex Twitter) que difundían campañas de odio contra Evelyn Matthei, Jeannette Jara y el gobierno del Presidente Gabriel Boric abre un debate mayor: la normalización de la manipulación digital como táctica política en la derecha radical y la ultraderecha. No se trata solo de un problema ético o de un episodio aislado, estamos frente a la instalación de un método sistemático de intervención en la esfera pública con consecuencias aún desconocidas.
Las víctimas, por cierto, no son menores. Evelyn Matthei, candidata de la derecha tradicional, fue objeto de rumores maliciosos sobre un supuesto Alzheimer, narrativas difundidas y amplificadas por decenas de cuentas falsas. Ella misma denunció en julio pasado lo que llamó una “campaña asquerosa” y reconoció: “lo denuncié, lo padecí, me dolió mucho”. Jeannette Jara, exministra de Estado y candidata de la izquierda oficialista, fue blanco de la consigna explícita de “reventarla” en redes, responsabilizándola de todos los problemas del gobierno. Y el propio Presidente Boric, junto a su administración, fueron atacados sistemáticamente con mensajes y fake news destinadas a instalar la idea de un gobierno incompetente y caótico.
Lo decisivo es que no hablamos de usuarios aislados o de la libertad de expresión de ciudadanos anónimos. La investigación mostró un entramado organizado, con cuentas madre como “Neuroc” o “Patito Verde”, que coordinaban al menos 70 perfiles falsos. Un aparato de guerra digital que responde a una lógica de manipulación política deliberada.
Lo ocurrido en aquí no es excepcional. Cas Mudde, uno de los principales estudiosos de la extrema derecha, ha señalado que estos movimientos prosperan “no porque sean antidemocráticos, sino porque saben instrumentalizar las reglas y espacios de la democracia para socavarlos desde dentro” (The Far Right Today, 2019). Las redes sociales son hoy ese espacio privilegiado: un terreno en el que la frontera entre ciudadanía y operación política se difumina.
Donald Trump lo entendió muy pronto. Durante su presidencia alentó a comunidades digitales desde QAnon, 4Chan y sus ejércitos de trolls que acosaban periodistas y opositores, amplificando teorías conspirativas que iban desde el fraude electoral hasta tramas de pedofilia en las altas esferas del Partido Demócrata. Jair Bolsonaro en Brasil se sostuvo en las llamadas milícias digitais, que mezclaban fake news y ataques sistemáticos para sostener su liderazgo, al punto que la Corte Suprema brasileña abrióinvestigaciones judiciales por manipulación digital. Javier Milei en Argentina, por su parte, ha celebrado a los “leones” de internet: usuarios que, bajo la bandera de la ironía y el meme, operan como ejércitos de demolición del adversario, con un estilo agresivo y desinhibido que el propio presidente estimula desde sus discursos.
En todos los casos, la fórmula se repite: anonimato, multiplicación de mensajes y construcción de atmósferas emocionales antes que argumentos. Como señalan AurelienMondon y Aaron Winter en Reactionary Democracy (2020), la ultraderecha actual no se sostiene solo en partidos o programas, sino en la “producción comunicacional de un sentido común reaccionario” que circula de forma viral. Lo importante no es la verdad de la afirmación, sino su capacidad de convertirse en sentimiento compartido.
Es necesario distinguir. El anonimato digital es legítimo en cuanto protege la privacidad de la ciudadanía común, en especial en contextos de represión. Pero lo que vemos aquí es otra cosa: una industrialización del anonimato, su conversión en táctica política organizada. Los Bots y cuentas falsas buscan construir narrativas, instalar sospechas y erosionar reputaciones.
Arthur Herman, en La idea de decadencia en la historia occidental (2001), muestra cómo las élites reaccionarias han recurrido siempre a discursos del colapso moral para movilizar emociones. Hoy, las redes digitales multiplican ese efecto: un rumor repetido miles de veces no necesita pruebas, basta con sembrar la duda. Así ocurrió con Mattheiy el falso Alzheimer; así con Jara y la idea de ser “responsable de todo lo malo” del gobierno. La táctica es instalar, una y otra vez, con diferentes cuentas y en distintos canales una narrativa común para desarticular y desprestigiar a figuras, gobiernos e ideas.
El riesgo es evidente: cuando la esfera pública se convierte en una guerra de percepciones manipuladas, la confianza en la democracia se desploma. ¿Cómo distinguir debate de propaganda, si hasta directores de canales de televisión aparecen vinculados a estas redes? La manipulación digital se transforma así en una forma contemporánea de erosión democrática.
En el plebiscito constitucional de 2022 ya se observaron campañas de desinformación masiva en redes sociales, que lograron instalar temores respecto de la “expropiación de viviendas” o la supuesta “prohibición de la propiedad privada”. Ahora, en vísperas de la presidencial de 2025, la evidencia muestra que la derecha radical y ultraderecha local adopta las mismas tácticas que sus pares globales a travésoperaciones anónimas y estrategias de polarización.
La vocera Camila Vallejo lo advirtió con claridad: “el debate y la libre expresión son parte de la democracia, pero las fakenews y el odio orquestado en redes la socavan”. Y Jeannette Jara fue aún más directa: “ya no es sospecha, es una realidad; Republicanos son responsables”. En este contexto, la negación de José Antonio Kast, quien habló de “la mentira del día”, no resuelve la pregunta de fondo: ¿cómo es posible que la política chilena se vea colonizada por ejércitos de botsque operan con recursos, planificación y objetivos políticos explícitos?
El peligro no es solo electoral. Lo que se erosiona es la convivencia democrática. El adversario no es alguien con quien debatir, sino un enemigo a destruir. Como señala Levitsky y Ziblatt en Cómo mueren las democracias (2018), los sistemas democráticos no se derrumban solo por golpes militares, sino también por procesos graduales en los que actores políticos normalizan prácticas que deterioran la confianza pública. Los bots son una expresión digital de ese declive progresivo.
La experiencia internacional muestra que estas prácticas no se frenan solo con indignación. Requieren regulación, alfabetización digital y, sobre todo, un compromiso ético de las fuerzas democráticas. No se trata de censura, sino de asegurar condiciones mínimas de transparencia: que la palabra pública no sea colonizada por perfiles falsos y que el debate se funde en actores responsables, con rostro y nombre.
La democracia requiere de un espacio público robusto, donde los conflictos sean abiertos y las diferencias se tramiten sin manipulación encubierta. Si ese espacio se privatiza en manos de algoritmos y ejércitos de trolls, el riesgo no es solo el descrédito de un candidato, sino la fragilidad misma del pacto democrático.
Porque lo que está en juego no es solo una elección presidencial. Es la posibilidad de que la democracia sobreviva en un ecosistema comunicacional diseñado para amplificar la mentira. Como advierte Mudde, el desafío de nuestras democracias no es solo combatir a la extrema derecha en las urnas, sino impedir que colonice el sentido común. Y en tiempos de bots y anonimato, esa batalla comienza en las redes.





