Sí, a mí por lo menos fue lo que más me llamó la atención. La ceremonia de instalación de la Convención Constitucional finalmente parecía ordenarse en un tablero que no tenía nada de ordenado ni de planificado por parte de un Gobierno poco y nada interesado; y una ilustre convencional -Elsa Labraña, distrito 17- se para a enfrentar a la relatora del Tricel Carmen Gloria Valladares -quien, objetivamente, oficiaba de rebote- y le espeta un ¡Párala! que nos llegó al alma.

A algunos, porque a otros obviamente más les dio un profundo escozor en la epidermis que otra cosa, pero finalmente ahí estaba, detenido, transmitido en directo por todos los canales, el proceso político más esperado e importante de los últimos años y el que soñamos que sus resultados se proyectarán por décadas.

 Detenido, porque en las afueras del Congreso en Santiago -Basta de decirle ex Congreso, porque los honorables continúan funcionando ahí-, la batahola ardía. Las piedras volaban directo a Carabineros, los gases lacrimógenos y lumazos volaban contra los manifestantes y todo estaba al rojo vivo.

Ya había sido llamativo, por decir lo menos, ver a primera hora de un día domingo a mucha gente humilde y sencilla marchando rumbo a su Convención, mientras en el lugar de la ceremonia en cuestión observábamos a una treintena de hombres y mujeres -recordar que la cuestión es paritaria y no al lote ahora- vestidos de ternos, corbatas y hasta una tenida de huaso que parecía sacada directamente de Alonso de Córdova más que de un pueblo del sur.

 Pocos mencionaron el simbolismo del pueblo marchando rumbo a su convención, versus la élite conversando en los jardines de Palacio, pero como ni la lucha de clases ni la Revolución Francesa están de moda, mejor volver a la ceremonia, que a esa altura continuaba detenida, pese a la rabia de Teresa Marinovic y compañía limitada, que procedían a declamar puntos de prensa y declaraciones mientras otros convencionales esperaban, inquietos, noticias de sus familiares en los alrededores del Congreso.

Y todo gracias a la profesora jefa. Porque esa es la verdad. Tanto, que hasta los propios convencionales, incluidos los que abucheaban y pedían detener el acto, terminaron por denominar así a Valladares, uno de los mayores aciertos de la jornada, pues logró mantener la calma, volver a los estudiantes a sus asientos, tranquilizar los ánimos después de la típica pelea entre alumnos en la sala, para terminar por dejarlos embarcados en un consejo de curso con directiva elegida.

Y ahí empezó todo. Y lo que es mejor, sin tener que anotar a nadie, ni mandar a llamar a su apoderado. Ahora a ver cómo se desenvuelven los convencionales y esperar que la nueva profesora jefa Loncón y su ayudante Bassa no tengan que mandar a nadie a la Inspectoría.