En el curso de una vida, varias veces se pregunta uno si la humanidad de la cual formamos parte, no estará inevitablemente destinada a su desaparición, vistas las repetidas experiencias de aniquilación de los principios, libertad igualdad y fraternidad, así como de las personas y grupos que los defienden, que, con variaciones, parecen forjar nuestros intereses sociales, desde la Revolución Francesa.

Sin embargo, una y otra vez en lo más oscuro de la noche, aparece la luz que al cabo necesitamos para vivir, para comunicar nuestra alegría, para seguir respirando. Ocurre con el Cambio Climático como con el Psicoanálisis. La dificultad de aceptar su realidad y aplicar políticas públicas para hacerle frente, se debe a criterios emocionales, y no intelectuales. Por cierto, en ambos casos, quien no sienta simpatía por una cosa, tampoco la comprenderá.

En octubre recién pasado el panel intergubernamental de cambio climático (IPCC) entregó el informe especial prometido 2 años antes, en la COP21 de París, en el cual se proyectan los efectos de un aumento de 1,5°C sobre los niveles preindustriales. Al mismo tiempo, desde el título, el informe especial del IPCC nos advierte qué ello se produce en un planeta dónde reina la inequidad y la pobreza.

Vale la pena considerar que sus resultados son para decir lo menos dramáticos y qué la diferencia de los 1,5° C de aumento global de la temperatura sobre los promedios preindustriales, significará un aumento considerable de la frecuencia e intensidad de los desastres climáticos, con la pérdida de millones de vidas y costos económicos asociados, la acidificación del océano y la consecuente disminución de la biodiversidad marina, los deshielos de la Antártica y los glaciares, produciendo severos efectos sobre el suministro de agua y la agricultura, acrecentando las olas de calor y la sequía, haciendo inevitables los incendios forestales que una política de plantaciones cortoplacista, basada sobre el éxito económico, no puede enfrentar, sino tratando de ”apagar el incendio” y en síntesis, advirtiendo con severidad y urgencia que nos quedarían doce años para revertir este fenómeno que para muchos ya está jugado.

Resulta difícil, encontrar la luz en un escenario tan oscuro. Pero al aceptar los datos científicos para explicar el desastre climático, por primera vez, la comunidad global reconoce que hasta la más mínima variación resulta significativa, permitiendo que aún nuestros esfuerzos nacionales resulten importantes. También debe ser destacada en este sentido, la irremplazable importancia que adquiere la estrecha colaboración entre ciencia y política. Y el que ya cada persona sepa.

En la COP24, en diciembre pasado, en Katowice, Polonia, el centro histórico de la región carbonífera de Europa, donde parte importante de las emisiones de Gases Efecto Invernadero que nos condujeron al aumento irreversible de temperatura y el caos que enfrentamos, se decidió que la próxima COP 25, se realizará en Chile, a fines del año 2019 que empieza. También se hizo el Reglamento (Rulebook) para llevar a cabo el Acuerdo de Paris, del que nuestro país es firmante y al que ha comprometido su NDC, con la transformación del 35% de sus fuentes energéticas basadas en Hidrocarburos Fósiles (HCF) a Energías Renovables No Convencionales (ERNC), entre el 2020 y el 2030.

La tarea es ciertamente enorme y nos convoca a todos, instituciones, organizaciones, personas, cualquiera que sea nuestra posición en la estructura social, la creencia y el color político que profese. ¿Cómo no saludar la oportunidad que se nos presenta, de entender que más allá de las diferencias, somos iguales y que en este planeta azul brillante, vamos todos?

También en Katowice, los Diálogos de Talanoa, concebidos por la anterior presidencia de Fidji, en la COP23, se transformaron en un Llamado para la Acción, que tiene por propósito establecer diálogos constructivos y transparentes, entre las partes, dejando de lado lo que las separa, a través de la utilización del relato compartido y la respuesta a tres cuestiones: ¿Dónde estamos?, ¿Dónde queremos ir? y, ¿Cómo llegamos allá?

Cuando el año 1968, el astronauta tomó la foto de nuestro planeta, inadvertidamente, nos mostró lo que el poeta persa Omar Khayam, nos había dicho desde un Damasco entonces floreciente, en el siglo XII: “todo el saber de los hombres , la nada y la tierra entera, no más que un grano de polvo flotando en el espacio infinito”, pero también nos mostró, como un espejo de la nueva era, que aquí vivimos todos, que las fronteras no existen, que los bienes comunes son de todos. Esperemos que en la preparación de la COP25, en Chile, haya diálogo constructivo y transparente, políticas públicas adecuadas, y participación de los privados y las organizaciones.  No quebremos el delicado espejo, que siempre nos refleja, sin olvidarnos de la luna.