Como se sabe, el Imperialismo es una fase superior del Capitalismo, en la cual algunos países que han acumulado inmensas cantidades de capital que ya no pueden invertir en su propio país, optan por hacerlo en otros países, generalmente ricos en recursos naturales, extrayendo de ellos nuevas y enormes rentas. Esta fase, como sabiamente planteara Samir Amin, es la Teoría del Valor operando a escala mundial. A la saga de este, el Imperialismo ha pasado en el mundo por distintas fases, una mercantilista luego una industrial y actualmente una financiera. La jerarquía que ocupan los distintos países imperialistas en la división mundial del trabajo depende del lugar alcanzado por sus sistemas productivos en la actual división. Así, los imperialistas actuales más poderosos del Norte Global son los EE.UU., Japón y Alemania. Los demás estados como Inglaterra, Francia e Italia, entre otros constituyen imperialismos secundarios en la repartición de la plusvalía del mundo.
Para mantener su hegemonía, estos países capitalistas mediante distintos arreglos aseguran el flujo de materias primas desde la periferia hacia sus países. Para ello cautivan a los países ricos en ellas mediante distintas formas y cuando estos se oponen a la explotación imperial que conlleva, inventan un enemigo y si hay resistencia, raptan y matan a sus líderes. Es la triste historia del presidente Mohammad Mossadegh en Irán en 1953 defendiendo el petróleo iraní de los norteamericanos e ingleses, la de Jacobo Árbenz en Guatemala en 1954, con la expropiación de tierras baldías de la bananera United Fruits que fue compensada, para darlas a campesinos indígenas pobres, la de Allende en Chile en 1973 con la nacionalización del cobre, entre muchos otros casos y países. La historia muestra también que este Imperialismo no se desarrolla sin poderosos aliados políticos y militares internos en el país dominado. El poeta Pablo Neruda llamaba a aquellos socios “los amigos del dólar”.
Para encubrir ideológicamente su dominación en el mundo desde antiguo han inventado relatos con los cuales se dan un manto de legitimidad para así mantener su poder. Ha sido el caso del llamado Destino Manifiesto, la Doctrina Monroe que decía que América debía ser solo para los norteamericanos y la Alianza para el Progreso, instrumento de dominación para frenar la lucha antimperialista en América Latina. Cuando el imperio de turno no logra arrodillar a los países “rebeldes”, los satanizan como terroristas, bloquean su comercio, embargan sus capitales y los invaden militarmente con la más despreciable arbitrariedad, como es hoy día en caso de Cuba, Venezuela y otros países del mundo.
Asimismo, cuando los dominados comienzan a tejer alianzas horizontales armando una red de solidaridad política y protección económica, el Imperialismo ya no se manifiesta solo como la fase superior del capitalismo sino se transforma en una nueva ideología, pues lo que ahora disputa en el mundo no son solo recursos naturales y mercados de consumo, sino también zonas geográficas y las mentes humanas para su dominación del mundo. En ese camino, las autonomías culturales, el libre comercio, la capacidad militar propia, las democracias representativas, otras religiones, son temas no tolerados por los poderes imperiales. Cuando un país como Chile avanza en una razón civilizatoria, inclusiva de todas las diferencias existentes en una sociedad, con regulación de la riqueza y pensando en la democracia representativa, el Imperialismo alienta a sus seguidores internos, a superar la “crisis” mediante gobiernos de emergencia, que deben alinearse con las políticas imperiales del momento.
A su vez, la emergencia de nuevos países desarrollados en el mundo, que bajo distintas formas aseguran sus mercados, su moneda, capitales, recursos, mentalidades, territorios y representación efectiva en los organismos de decisión mundial colectivas, son percibidos como una amenaza para el “Mundo Libre”, como ellos dicen, otro cuento del Imperialismo Fascista. En ese relato, desde el siglo XIX en adelante siempre “el Comunismo” ha sido la consigna, machacada mercurialmente hasta el cansancio por sus medios de comunicación.
La fragilidad actual de sus hegemonías y el miedo a perder el control, son tierra abonada para que las tendencias fascistas de la sociedad capitalista avanzada comiencen a crecer. Añoran, los tiempos de pleno control y hegemonía del mundo. Su objetivo ya no es empujar en el mundo la modernidad capitalista central sino volver a ser grandes como países (MAGA), una epifanía hegemónica que vive solo en sus afiebradas mentes. Conducir ese renacimiento requiere un liderazgo autoritario mesiánico, como lo fue Hitler u otros líderes autocráticos y ganar el gobierno de sus países para desmontar todos los mecanismos, qué según ellos, los han llevado a la crisis y a la pérdida de su grandeza. Esos líderes en su insania declaran agotadas todas las instituciones que ayudan al mundo a gobernarse basados en reglas compartidas y en el Derecho internacional, como la ONU. Usan los aranceles de comercio de sus países sobre consumidores como una herramienta extorsiva contra los países “rebeldes” y no de convivencia pacífica o desarrollo humano. Cuando a pesar de la extorsión la resistencia continua, acuden a sus exorbitantes poderes militares para imponer brutalmente por la fuerza y la muerte, sus puntos de vista, que por la razón imperial consideran de validez universal y bendecidos por Dios.
Su desesperación imperial continúa cuando se dan cuenta que la intoxicación de sus economías debida a las enormes ganancias del capital financiero es difícil de superar. Es lo que ocurre hoy en día. El capitalismo imperial financiero, disputa aguerridamente con China y Rusia, dos poderes imperiales ascendentes, cada pequeño espacio donde colocar sus excedentes, los cuales como el monstruo Alien, obstinadamente vuelve a resurgir una y otra vez, aumentando así aún más la riqueza de unos pocos y de paso al atiborrar de capital el sistema financiero, deprecia constantemente el valor de su moneda. Este fracaso, más el orden mundial basado en reglas no les permite expandir las fronteras de sus afiebrados sueños y reinventar su sistema de dominación. De allí su denodado esfuerzo por destruirlo e imponer el Destino Manifiesto y la Doctrina Monroe, como ideología de futuro, en la cual los países de América Latina y el resto del mundo no son más que su patio trasero.
Este Holocausto del Progreso Imperialista, en su camino de implementación implica la progresiva supresión del Derecho Internacional, de los Derechos Humanos y de las numerosas identidades culturales, incluyendo la valiosa Cultura Latina. Además, un brutal agravamiento de la destrucción de la Naturaleza del Planeta Tierra, puesto que propicia un crecimiento económico irracional incompatible con la capacidad de renovación de los recursos planetarios. De igual forma, su potencia militar atómica, tras la búsqueda de la dominación mundial y la subordinación de los otros imperialismos ascendentes, asegura la más completa destrucción del planeta. Su violencia es inconmensurable, tal como ocurrió con Vietnam, donde genocidamente descargó 300 mil toneladas de bombas sobre su población o con Japón donde lanzo dos brutales e innecesarias bombas atómicas que masacraron a la población civil japonesa, el Imperialismo, como todos aquellos, no tiene más que su propia irracional racionalidad.
Para el Humanismo chileno y mundial, para preservar la vida humana y del planeta, tal como se ha conocido es imperioso luchar mundialmente contra el Imperialismo Fascista actual y sus gobiernos nacionales aliados, sumándose al gran esfuerzo de lograr un gobierno mundial democrático y multipolar del mundo.
